Carlos Granés: Colombia y el terremoto
Esta es la primera prueba de fuego para Abelardo. Veremos si el terremoto acaba siendo un arma en la batalla cultural, o si se enfrenta con seriedad y respeto por los colombianos
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Unos ciudadanos caminan frente a un edificio destruido por el terremoto, en Quibdó. (EFE)
El rompimiento de la placa se dio a mucha profundidad y eso matizó el efecto de las ondas sísmicas. Aun así, tres cordilleras y 240 kilómetros más allá del epicentro, la energía liberada por el terremoto les dio los buenos días a los bogotanos sacudiéndolos de lado a lado. De haber tenido un origen más próximo a la superficie, no esos cien o ciento diez kilómetros hacia el corazón de la Tierra que se calculan, los 7,4 grados en la escala de Richter habrían sido mucho más destructivos, como lo fueron en Venezuela. En cuestión de terremotos, sin embargo, ni siquiera las buenas noticias son del todo buenas: cuanto más profundo es su origen, mayor es el territorio que compromete su impacto.
En todo el Occidente, desde Cali a Manizales, tronaron el metal y el concreto. «Absurda es la materia que se desploma, la penetrada de vacío», decía José Emilio Pacheco en un poema que escribió tras el terremoto de México de 1985. Giramos en el espacio sostenidos por el fuego, y a veces las bombas no caen del cielo sino que ascienden desde el núcleo de la Tierra. Decenas de edificios se desplomaron en Cali, Pereira y Manizales, y cientos de viviendas han quedado inhabitables en municipios más pequeños del Chocó y del Valle del Cauca. El Cairo, un pueblo cafetero de casas con balcones coloridos, que por su encanto y particularidad fue declarado Patrimonio de la Humanidad, tiene todas sus paredes heridas por las grietas. Y Quibdó, siempre olvidada por el resto del país, vio rodar sus casas por el suelo.
Son tantos los municipios afectados que aún no hay un balance de daños materiales. En cuanto a las vidas sepultadas, se sabe que pasan de doscientas. La Patria Milagro, como ha querido bautizar a su gobierno Abelardo de la Espriella, con apenas una semana en funciones se enfrenta a la realidad más descarnada. Es la prueba de fuego para un outsider que se la jugó en campaña por la retórica y el marketing, el gesto y el relato; por cualquier cosa menos lo real y lo concreto. Y no hay nada más concreto y real que un país destruido por un terremoto. Aquí ya no sirve de nada la división y la politización. Al contrario, la nueva administración depende de los equipos que ya existen y de toda la ayuda internacional –ideologías al margen– que pueda recabar para enfrentar la emergencia y empezar la reconstrucción de las ciudades.
En tiempos recientes la política se ha convertido en el ejercicio de negar lo real y hacer vivir al elector en un espejismo de palabras, en no aceptar responsabilidades ni rendir cuentas, y en encontrar para cada revés un culpable externo al cual pasarle la factura. Hasta las calamidades del covid y la dana de Valencia se han convertido en munición para las batallas culturales, como si el reflejo inmediato de los políticos contemporáneos fuera convertir el dolor de la tragedia en odio contra el enemigo. Esta es la primera prueba de fuego para Abelardo. Veremos si el terremoto acaba siendo un arma en la batalla cultural, o si se enfrenta con seriedad y respeto por los colombianos.
