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Jorge Vilches: El desastre marroquí del sanchismo

«Con Sánchez, España ha perdido aliados, influencia y credibilidad; y lo que es peor, ha perdido la convicción de defender sus propios intereses»

El desastre marroquí del sanchismo

Ilustración generada mediante IA.

 

Albares es uno de esos ministros que definen a un Gobierno. Su presencia y sus palabras, las decisiones que toma o incluso la forma de vestir, caracterizan perfectamente al Ejecutivo al que pertenece. En este caso, su arrogancia y negligencia, la obsesión por el relato y la imagen, reproducen con fidelidad el estilo de Sánchez. Su petulancia es equiparable a su debilidad; con tanta evidencia como sus contradicciones, responden a los intereses personales del presidente. Y es que no hay nada peor que un diplomático de partido, que sustituye la responsabilidad de Estado por la fiel representación de su jefe de filas. En realidad, la insolvencia diplomática de Albares es equiparable a la inutilidad de Óscar Puente en Transportes, la impericia de Marlaska en el refuerzo del orden público, la insignificancia de Óscar López en la Transformación Digital o el sectarismo negligente de Mónica García en Sanidad.

La crisis de Ceuta ha demostrado, así, la naturaleza de este Gobierno, sus debilidades y carencias. Mientras los invasores marroquíes, en un número igual al de ceutíes, tomaban la ciudad, Albares juraba que Marruecos es el gran aliado de España. No le faltó tiempo al ministro de Justicia del reino alauí para reclamar la soberanía de dos plazas españolas. Fue así que el Ejecutivo de Mohamed VI dejó en evidencia —una vez más— el discurso diplomático de nuestro Gobierno. Una vez que Albares —con más botones en el uniforme que buenas ideas— había establecido la doctrina oficial de la amistad del amigo marroquí, dicho amigo podía hacer lo que quisiera con España.

De hecho, ha quedado claro que la seguridad de Ceuta no depende del Estado español, sino del marroquí. Si unas 80.000 o 100.000 personas deciden invadir la ciudad fronteriza y Mohamed VI da el visto bueno, o al revés, si el rey del país vecino decide más presión migratoria, los invasores entrarán en España. Lo trágico es que con Sánchez se ha perdido la facultad que tenía nuestro Estado para salvaguardar la frontera sur de Europa, y se ha externalizado a Marruecos. De esta manera, no sería ilógico que los ceutíes reclamen seguridad al reino alauí con la misma intensidad que al Gobierno de España.

No en vano, en Melilla se está llevando a cabo una invasión gota a gota. Es un método distinto que sirve para generar tensión en la opinión pública española, además de enormes problemas para la población melillense y no pocos para el vacacional gobierno sanchista. Esta avalancha a plazos contradice tanto el supuesto interés de Marruecos por controlar la frontera como el discurso oficial de que este país es un amigo fiable. Es la prueba de que Mohamed VI juega con Sánchez para avanzar en el cambio poblacional de las dos ciudades, para introducir la idea de que son residuos coloniales (mentira) que no merecen defensa, y hacer la guerra híbrida en España creando tensión y división.

Todo esto merecería una política española más contundente y patriótica, más racional, perfectamente legal, pactada con las potencias, incluso acordada con la oposición. En cambio, no tenemos más que el espectáculo de la elusión de responsabilidades de Marlaska y Robles, cada uno con un discurso distinto, pero siempre obedientes a Sánchez, como Albares. Se puso muy gallito con Meloni, que le ofreció al Gobierno español la posibilidad de encontrar un enemigo «ultra» sobre el que construir un relato que desviara la atención. Sin embargo, desinfló el pecho cuando 22 países de la Unión Europea le llamaron la atención sobre la inoperancia de España en el cuidado de la frontera, señalando el efecto llamada de la regularización masiva y el coladero que podía suponer para terroristas y delincuentes.

«El ministro de Exteriores es la muestra de la insignificancia de España en el orden internacional»

El ministro de Exteriores es la muestra de la insignificancia de España en el orden internacional, convirtiéndose en un símbolo de la nadería que nuestro país está cobrando desde que Sánchez está en Moncloa. Ya no tenemos amigos, salvo China, lo que alimenta el recelo de nuestros aliados naturales. Esta es una mala noticia, porque ser el Estado gamberro y poco fiable para Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea es un mal negocio.

La conclusión es que España ha dejado de ser un actor respetado y ha pasado a ser un engorro cuya voz apenas pesa en las mesas donde se decide el rumbo de Occidente. Albares no es solo el símbolo de esta decadencia: es su portavoz diligente, el rostro diplomático de un Gobierno que ha renunciado a cumplir sus funciones. Con Sánchez, España ha perdido aliados, ha perdido influencia y ha perdido credibilidad; y lo que es peor, ha perdido la convicción de defender sus propios intereses.

Cuando un Gobierno convierte la política exterior en propaganda de consumo interno y la seguridad nacional en un gesto televisivo, el resultado es inevitable: un país vulnerable, aislado y cada vez más irrelevante. Esa es la herencia que deja este Ejecutivo, y el precio que pagará España si no recupera cuanto antes una política exterior de Estado, no sujeta a los intereses del propietario del móvil que Pegasus espió.

 

 

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