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Jorge Fernández Díaz: El nacionalista repentino

Todo parece teatro y negociación, pero el mundo está hoy bajo una bandada de cisnes negros y todo esto es un inofensivo dominó que juegan unos locos con pistola al cinto

Javier Milei habla ante la Asamblea General de las Naciones Unidas
Javier Milei habla ante la Asamblea General de las Naciones Unidas. (EFE)

Le prometieron que le darían una gran primicia y lo citaron una noche de 1966 en el Aeroparque Metropolitano de Buenos Aires; eran todos jóvenes nacionalistas y el reportero creyó que habían descubierto el lugar donde estaba enterrado el por entonces desaparecido cadáver de Evita. Pero se trataba de otra cosa: el avión de línea que abordaron se dirigía a la Patagonia y en pleno vuelo los jóvenes extrajeron dos pistolas, obligaron al piloto a desviarse hacia las islas Malvinas y, al aterrizar en ellas, izaron una bandera. Querían producir un acto simbólico contra la usurpación inglesa y encender la mecha soberanista. El único que ganó algo con toda esa payasada heroica fue aquel colega que fotografió plano por plano la peripecia y escribió un reportaje legendario; los jóvenes atrevidos, hinchados de patrioterismo, terminaron en la cárcel. Acaso con el mismo sueño pero felizmente con mucha menos atontada temeridad, otros muchachos sin ideología, que pernoctaban en la ciudad norteamericana de Atlanta y que estaban prestos a presenciar el duelo de honor que su selección jugaría contra la escuadra de Inglaterra durante el último Mundial de Fútbol, cortaron una sábana en el hotel donde se alojaban, compraron pintura negra, escribieron «Las Malvinas son argentinas», introdujeron subrepticiamente el cartel en el estadio y, sobre el dramático final, al ver que los agentes de seguridad estaban a punto de arrebatárselo, lo arrojaron al campo de juego. Giovani Lo Celso –Real Betis– se acercó al trapo, lo levantó y comenzó a desplegarlo: se sumaron otros integrantes del equipo argentino y compusieron una imagen épica que dio la vuelta al mundo. En el medio quedó la triste guerra de 1982, cuando la dictadura militar –acorralada por la economía y el desgaste– recuperó las islas por la fuerza creyendo que el Reino Unido se avendría a negociar. Pero Thatcher en Londres –acosada por otras calamidades domésticas– movilizó a su flota y retomó el control de las Malvinas a sangre y fuego.

El pequeño Javier Milei recibió una paliza cuando se atrevió a decirle a su padre que la decisión del general Galtieri le parecía un disparate y que esa aventura acabaría muy mal. Ya de mayor, el León se hizo fan de la Dama de Hierro y se alejó cuanto pudo de la «causa sagrada», como la llama ahora. Boris Johnson, que fue agasajado hace un tiempo en la Casa Rosada –los descabellados se entienden–, explicó que Milei era anglófilo y thatcherista; trascendió incluso que se ofreció a interceder ante Mick Jagger porque el libertario quería conocerlo en persona. Después del partido agónico que el equipo de Messi le ganó al imperio británico hubo una oleada de nacionalismo folklórico en el sur del mundo, y se hizo evidente que Milei había quedado en falsa escuadra: nunca había demostrado ningún interés por el tema. Agreguemos a esto que el consumo, la producción y el empleo se niegan a obedecer las infalibles reglas de la Escuela Austríaca y que muchos ciudadanos de las clases media y baja de mi país se aguantaron el ajuste de la motosierra esperando vanamente a Godot, y que la paciencia se agota: casi todas las encuestas muestran un creciente malestar social con las políticas libertarias y peligra la reelección. Aprovechando el enojo de Trump con el Gobierno laborista de Londres –éste le retacea acompañamiento militar, sobre todo en el estrecho de Ormuz–, y que el magnate sugirió la posibilidad de revisar la histórica neutralidad estadounidense en la disputa por las Malvinas, los ‘ingenieros del caos’ de Milei aconsejaron reencender la máquina narrativa y declarar una guerra comercial a las empresas de la Pérfida Albión que pretendan extraer recursos naturales de las islas y a la vez participar de Vaca Muerta, un yacimiento que podría convertir la Patagonia en una nueva Arabia Saudita.

Es así como, de la noche a la mañana, Milei pasó de ser un anarcocapitalista empeñado en seguir devastando hasta el presupuesto de las Fuerzas Armadas –«soy el topo que vino a destruir el Estado desde adentro», dijo alguna vez– a transformarse en un patriota indignado, capaz de soltar pasta para seguir construyendo una base naval en Tierra del Fuego –congelada por la austeridad fiscal–, robustecer los servicios de inteligencia y, hasta donde se pueda, mejorar las condiciones de las estructuras militares para que tengan operatividad razonable en la vigilancia de los confines. El Ejército, la Marina y la Aviación fueron destrozados durante las últimas cuatro décadas: se trató de un plan sistemático, operado muy especialmente por exintegrantes de Montoneros, aquella banda que mezclaba el peronismo con las ideas guevaristas. Esos personajes se beneficiaron de una lavada de cara durante la democracia y tuvieron un insólito acceso a las purgas de las instituciones castrenses; fue como poner a etarras retirados a depurar los cuadros y ascensos de la Guardia Civil.

Todo se hizo a la luz del día, aprovechando la mala conciencia de una sociedad que se arrepentía de haber sido complaciente con la atroz dictadura de Videla y haber apoyado con fervor la guerra de Malvinas. Tiraron al bebé con el agua del baño: queriendo acabar para siempre con el autoritario ‘partido militar’ que había protagonizado todos los golpes de Estado, degradaron poco a poco el salario de los oficiales y suboficiales democráticos, muchos de los cuales se ven obligados hoy a tener hasta dos trabajos más para sobrevivir. Un PIB promedio de 0,7 por ciento para la defensa es el reaseguro de que los aviones no vuelen, los buques no naveguen y los fusiles no disparen. Y algo de toda esa precariedad sostenida en el tiempo explica la tragedia del submarino ARA San Juan, que durante 2017 desapareció en el mar argentino con 44 tripulantes: 19 países participaron en la búsqueda, y la nave fue finalmente localizada a 907 metros de profundidad. Había sufrido un desperfecto y había perdido el control: se precipitó en un abismo oceánico e implosionó.

Milei amaga con recuperar todo ese aparato militar deteriorado, algo que es imposible de un día para otro, y que además va contra su política de ajuste estatal permanente. No tiene ánimo bélico sino diplomático, y ciertamente está pensando más en el frente interno y en su alicaída imagen, pero Gran Bretaña ya anunció que renovará su flota de aviones para garantizar la seguridad en las islas y el inefable presidente de los Estados Unidos advirtió que el asunto podría desembocar en «un desastre», puso en duda que los ingleses pudieran repetir una movilización de tropas como en 1982 y se regocijó con la idea de intervenir en caso de que el conflicto escalara. Trump pide con seis y se planta en dos y medio. Todo parece teatro y negociación. Pero el mundo está hoy bajo una bandada de cisnes negros y todo esto es un inofensivo dominó que juegan unos locos con pistola al cinto.

 

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