DictaduraPolítica

Soledad Morillo Belloso: Confusiones del Secretario de Estado

Marco Rubio, el ejecutor de la doctrina Monroe - Especiales | Publicaciones  - Prensa Latina

 

El error de Marco Rubio —y lo digo con el mayor de los respetos— no reside en la intención de sus planteamientos, sino en pretender aplicar la precisión de un bisturí sobre un cuerpo social que no responde a la lógica de la métrica de Washington. Rubio y su equipo sufren del vicio de origen de la diplomacia estadounidense: reducir la tragedia venezolana a variables macroeconómicas e incentivos institucionales desalineados, ignorando que se trata de un tejido humano fracturado por un cuarto de siglo de desgaste. Su visión tropieza entonces de frente contra una realidad sociológica que los mapas tácticos de Foggy Bottom se empeñan en simplificar.

Ese pragmatismo endeble se evidencia, en primer lugar, en la ilusión del secuencialismo rígido. Asumir que se puede congelar la dinámica política bajo la fórmula de «estabilización primero, recuperación después y elecciones al final» desconoce que la estabilidad no es un prerrequisito de la democracia, sino su consecuencia. El venezolano no ve el voto como un trámite al final de una auditoría, sino como un acto de desagravio existencial. Pedirle a un país exhausto que aguarde disciplinadamente mientras un tutelaje y un pacto de cúpulas arreglan los números es ignorar la impaciencia, la memoria del engaño y el rechazo a cualquier administración interina sin legitimidad de origen.

En el terreno económico existe un mecanicismo similar. La propuesta confía ciegamente en la chequera petrolera y la apertura de licencias como pacificadoras automáticas. Se asume que al reactivar servicios y bajar la inflación el ciudadano se conformará, olvidando que la crisis no ha sido solo de escasez, sino de pérdida de soberanía individual, algo que está anidado en la misma historia del venezolano. Además, el capital internacional no reacciona así no más, por decreto del Departamento de Estado; requiere la seguridad jurídica de un Estado de derecho restituido. Sin instituciones independientes, la renta petrolera solo produce parches temporales, no desarrollo sostenible.

Asimismo, hay sobreestimación de la capacidad de desmantelar a los actores irregulares y la injerencia extranjera mediante la sola presión diplomática o pliegos de seguridad nacional. Fenómenos como la minería ilegal, el narcotráfico y las economías subterráneas no son elementos superpuestos al Estado, sino estructuras profundamente enraizadas en el tejido territorial e informal del país. Tratarlos como simples variables de negociación militar o geopolítica es pasar por alto la complejidad social que los sostiene. En los escenarios formales es mucho más fácil el enfrentamiento. En los informales, todo se vuelve una irregularidad.

Por último, una brecha severa está en el abordaje de la amnistía y la reconciliación como meras concesiones técnicas para acelerar la gobernabilidad. Al subordinar la justicia a la urgencia de la transición, Washington envía un mensaje de ligereza que ignora el duelo acumulado (es enorme el sufrimiento) y la cicatriz del desarraigo causado por los millones que emigraron.

La confianza para reconstruir el país no se decreta en mesas de negociación; se edifica sobre la erradicación del miedo, la posibilidad real de progreso y la reparación real. Rubio insiste en tratar a Venezuela como un paciente de laboratorio al que basta administrarle la dosis correcta de presión e incentivos, sin terminar de metabolizar y descifrar que la sociedad venezolana ya no responde a los viejos manuales de la Guerra Fría ni a la ingeniería social de los pasillos del Congreso norteamericano.

Al final, pretender salvar a un país desde la frialdad de un laboratorio geopolítico es condenar la estrategia al fracaso. Mientras Washington siga buscando fórmulas matemáticas donde solo hay heridas abiertas, dolores intensos y dignidades pisoteadas, las propuestas del Secretario de Estado seguirán sonando bien en los salones del Capitolio, pero completamente vacías en el corazón de los venezolanos, protagonistas que sienten que están siendo dejados de lado. Venezuela no necesita que la administren ni que le diseñen la transición desde un escritorio lejano; necesita que la entiendan en su dolor, en su prisa y en su innegable vocación de libertad. Pretender lo contrario es perseverar en la ceguera. Están a tiempo de rectificar.

Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba