Carlos ‘El Chacal’: «Maté a 83 personas con mis manos. Otras mil murieron por orden mía. Solo lamento que algunas escaparan»
El histórico terrorista lleva más de treinta años preso. En esta inusual entrevista, en la cárcel donde cumple cadena perpetua en Francia, no muestra el más mínimo arrepentimiento.
El Chacal, con sus características gafas oscuras en los años setenta.
Bien entrado en los setenta y tres décadas después de su encarcelamiento en una prisión francesa, este hombre todavía sabe cómo hacer una entrada triunfal. Crece el murmullo a lo largo del pasillo mientras el preso número 11939, despacio pero erguido, camina desde su celda hasta el vis a vis. Se giran las cabezas al oír su voz, preservado su tono de barítono, si bien más ronco de lo que nos remite la memoria.
«Monsieur Carlos, bonjour», saludan los guardias a su paso y él devuelve el gesto con movimientos de cabeza o alzando los puños para simular un golpe de boxeo. No cabe duda, la Maison Centrale de Poissy, histórica cárcel de máxima seguridad a treinta kilómetros del centro de París, es un mundo reducido donde Carlos el Chacal es toda una celebridad. El condenado recibe a su invitado con una sonrisa. Viste vaqueros color caqui, suéter, cazadora de cuero marrón y gorra a juego. Se la retira, se alisa sus ralos cabellos blancos y se disculpa por su barba de varios días.
Mi encuentro con Carlos el Chacal tuvo lugar en esta prisión donde cumple cadena perpetua, una de las tres penas impuestas en los múltiples juicios celebrados tras su captura en 1994. Fue posible tras meses de solicitudes y la culminación de un proceso de investigación de dos años para mi libro The Jackal: the rise and fall of Carlos, the world’s first super-terrorist (‘El Chacal: auge y caída de Carlos, el primer superterrorista del mundo’), sin traducción al español.

Ilich Ramírez Sánchez, su verdadero nombre, fue condenado por el asesinato o intento de asesinato de decenas de ciudadanos franceses, delitos de los que jamás ha mostrado arrepentimiento. Como periodista que lleva dos décadas escribiendo sobre terrorismo, quería reexaminar su violenta trayectoria para, lejos de glorificarlo, comprender las fuerzas que lo moldearon en un momento crucial de la historia de los movimientos terroristas.
Conversaciones clandestinas
Tras aceptar múltiples restricciones –nada de cámaras o equipos de grabación, compromiso de no publicar una entrevista literal que le sirva de plataforma…– pude pasar con él algo menos de 90 minutos. Sin embargo, además de mis notas, tuve acceso a las transcripciones de las casi doce horas de conversaciones telefónicas grabadas a escondidas entre el Chacal y el cineasta israelí Yaron Niski, registradas a lo largo de varias semanas con ayuda del abogado del condenado.
«Deberían haberme matado cuando era adolescente. Dios me ha protegido. Alá me ha protegido. Y sigo vivo»
Trasladado de una prisión francesa a otra durante años, pasa hoy sus días en una celda cómoda pero solitaria. Recibe pocas visitas y sus principales compañeros son los guardias y reclusos, incluidos jóvenes que apenas tienen una idea vaga de quién es. La falta de interacción social se hace notar. Carlos se repite y, a veces, pierde el hilo cuando relata historias de hace años; hay detalles que su mente septuagenaria no logra recuperar.

El olvido, sin embargo, siempre le ha resultado conveniente. En el primer juicio tras su detención, el 14 de agosto de 1994, aseguró no recordar nada sobre el asesinato de dos policías y un informante en 1975, momento en que el criminal venezolano se ganó su célebre apodo. En dos juicios posteriores replicó de igual modo al ser cuestionado sobre el lanzamiento de una granada en un centro comercial en 1974 y sobre una campaña de atentados en Europa Occidental y el Líbano tras la detención de dos miembros de su grupo, en 1982.

Durante años, Isabelle Coutant-Peyre –la abogada y fumadora compulsiva que se convirtió en su tercera esposa mientras estaba en prisión– fue su gran aliada y defensora de su inocencia. Fallecida por cáncer en 2024, Carlos se ha quedado solo en sus protestas contra las calumnias que, a su juicio, se han vertido contra él. Apenas ha concedido entrevistas –y casi siempre en secreto, al margen del reglamento penitenciario–, pero nunca ha dejado de arremeter contra sus enemigos en cartas y en medios venezolanos mientras plasmaba sus ideas políticas en un manifiesto publicado en 2003.
Recibe pocas visitas y sus principales compañeros son los guardias y reclusos, incluidos jóvenes que apenas tienen una idea vaga de quién es. La falta de interacción social se hace notar
Sus diatribas se dirigen contra quienes, estima, han «ofendido su honor». Sigue enfurecido por la serie gala Carlos, de 2010, en la que, junto con sus compañeros de armas, se lo ve consumiendo drogas –«una invención sucia y deliberada»– y el actor que lo interpreta, el venezolano Édgar Ramírez, aparece con los genitales al descubierto. «Vulgar, innecesario», añade.

Apenas queda rastro físico de aquel militante audaz y desafiante que, el 21 de diciembre de 1975, lideró el asalto de seis terroristas a la conferencia de la OPEP en Viena y, tras matar a tres personas y tomar 62 rehenes, se aseguró un lugar en la historia. Nunca había ocurrido algo semejante. La imagen de Carlos, de 26 años, con chaqueta de cuero y boina ladeada en calculado émulo del Che Guevara recorrió el mundo.
Tres muertos, pero siento las molestias
Después del asalto, en el que fallecieron tres personas: un policía austriaco, el delegado libio y un funcionario, Carlos pidió disculpas a los rehenes por las molestias y, tras dejar su subfusil sobre una silla, empezó a repartir cigarrillos mientras sus compañeros colocaban cargas explosivas. Se dirigió a los rehenes en inglés, francés, árabe y español. Cuando una joven secretaria se puso a llorar, el terrorista se inclinó hacia ella y le dijo: «Eres demasiado hermosa para morir. Puedes irte a casa». Y eso hizo, corriendo. Con una serenidad pasmosa, el verdugo de sangre fría resultó ser un anfitrión encantador. En un momento dado se dirigió a sus prisioneros: «¡Soy el famoso Carlos! Sabéis quién soy». Sin embargo, aún no era tan famoso. Por si acaso, eso sí, hubo quien entre los rehenes le pidió un autógrafo.

De aquel acto terrorista, pese a sus aparentes dificultades para recordar, Carlos rememora, con una ira que le hace sonrojar, la perfidia de «ese traidor», como se refiere al difunto líder libio Muamar el Gadafi, quien tras orquestar el ataque abandonó a los miembros del comando. ¿Y qué hay de la muerte del libio al que disparó personalmente en Viena? «No recuerdo eso», replica.
Sus hazañas inspiraron libros, reportajes, películas y programas de televisión; entre ellos, la saga ‘Bourne’ y filmes de espionaje como ‘Caza al terrorista’
En los meses previos al ataque a la OPEP ya se lo había vinculado con una serie de asesinatos selectivos y atentados terroristas en Gran Bretaña y Francia. Su figura ya era pasto de la prensa sensacionalista en ambos países, donde se reseñaba su afición por los hoteles de lujo y el whisky caro, así como su obsesiva búsqueda de mujeres (afirmaba haberse acostado con más de 400). Pero tras el secuestro de la OPEP –se les cedió un avión rumbo a Argel, donde los rehenes fueron liberados– todo el mundo ansiaba obtener detalles sobre aquel joven y apuesto asesino de la boina negra.
El primer ‘superterrorista’
Con aquel golpe, Carlos se convirtió en el primero de una estirpe de ‘superterroristas’ internacionales, un fuera de la ley de dimensiones legendarias cuyas acciones abarcaron cuatro continentes y captaron la atención del mundo. A lo largo de dos décadas de actividad, las historias en torno a él adquirieron tintes fantásticos. A veces parecía estar en varios países a la vez y se convirtió en la mano oculta detrás de casi todos los asesinatos y complots terroristas de la época. Sobre su identidad se dijo que había nacido venezolano y que terminó luchando por la causa palestina. Sus vínculos con Moscú convencieron a muchos de que era un agente soviético; otros lo colocaron al servicio de la CIA o del Mossad israelí.

Fue así como despertó tanto miedo como fascinación en millones de personas. Sus hazañas inspiraron libros, reportajes, películas y programas de televisión; entre ellos, la saga Bourne, de Robert Ludlum; la novela Rainbow Six, de Tom Clancy; o filmes de espionaje como Caza al terrorista, de Christian Duguay. Tanto que, con el tiempo, esa mezcla de ficción y realidad fue ocultando al verdadero Carlos hasta el punto de que hoy la gente recuerda su nombre, pero apenas sabe nada de la persona.
Fue capturado en 1993 en Sudán por agentes de Estados Unidos y Francia, que descubrieron su escondite en Jartum mientras se recuperaba de una operación
El verdadero Carlos parece satisfecho ante la proliferación de estos mitos. Aprovecha su cita conmigo incluso para alimentarlos: «Maté a 83 personas con mis propias manos. Otras mil murieron por orden mía». Según su visión, todas fueron muertes justificadas y lo único que lamenta es que algunos enemigos lograran escapar. «En Sudán debería haber disparado a esos cabrones –dijo sobre los agentes de Estados Unidos y Francia que, en 1993, descubrieron su escondite en Jartum y prepararon su captura mientras se recuperaba de una operación–. De haberlo hecho, no estaría en la cárcel». Sus ojos, aún oscuros y llenos de vida a pesar de haber entrado en la séptima década de su vida, no revelaban nada.

Carlos fue el rostro humano de una nueva forma de insurgencia que sirvió de modelo para grupos como Al Qaeda y el Estado Islámico. Como líder de su propia banda se convirtió en el arquetipo del terrorismo patrocinado por el Estado, aprovechando rivalidades entre gobiernos para obtener acceso a armas, refugios y dinero. Vivió con libertad y lujo en Europa del Este, donde los líderes comunistas le permitieron derramar sangre inocente en países occidentales e incluso facilitar sus acciones. Su violencia puso a prueba la capacidad de los organismos de seguridad occidentales y sus políticas antiterroristas, que resultaron ser gravemente insuficientes. En los años posteriores a sus atentados, todo cambiaría.
Al servicio de dictadores
En la autobiografía grabada en su mente, él es el original, el pionero. «Fui el primer miembro extranjero de la resistencia [palestina]», afirmó en múltiples ocasiones tras su captura. Más tarde abandonaría esa pretensión para matar y mutilar al servicio de hombres fuertes y dictadores como el sirio Háfez al-Ásad o el líder comunista rumano Nicolae Ceausescu, que vieron en el terrorismo una forma eficaz y barata de infligir dolor a sus adversarios.
Autoproclamado revolucionario, es un criminal narcisista. Mataba sin remordimientos, a menudo de forma gratuita. Su crueldad procedía de una mente que ansiaba la fama y una vida de lujo y desenfreno
El comunismo ya había perdido fuerza global antes de su captura. A mediados de los noventa, las facciones marxistas de la resistencia palestina comenzaron a quedar relegadas por los grupos fundamentalistas islámicos: primero Hamás y Hezbolá, y más tarde Al Qaeda y el Estado Islámico. Los recién llegados, más fanáticos que ideológicos, estaban más dispuestos a derramar sangre, incluida la propia. Ante el nuevo fenómeno, Carlos mostró su admiración por Osama bin Laden, admitiendo, sin embargo, no comprender el fanatismo ni el impulso de sacrificar la vida por la religión o cualquier otra causa. «Toda esa gente que hoy se hace llamar musulmana… Hijos de puta», decía. Nada que lo hiciera rechazar, en todo caso, la violencia política. «El terror revolucionario es un arma legítima», afirmó, repitiendo un principio fundamental de un credo sanguinario que él mismo había redactado hacía casi medio siglo.


Autoproclamado todavía como un revolucionario, Carlos es, en esencia, un criminal narcisista. Mataba sin remordimientos, a menudo de forma gratuita. Su crueldad procedía de una mente que ansiaba la fama y una vida de lujo y desenfreno. Así resume hoy la esencia de su ideario: «Pensé que me matarían. Deberían haberme matado cuando era un adolescente. Empecé a pensar: hay algo por encima de todos nosotros. Eso es todo. Dios me ha protegido. Alá me ha protegido. Y sigo vivo».
El Chacal se sume de nuevo en sus pensamientos y la visita llega a su fin. Llega un guardia, pero la escolta es pura formalidad; no hay posibilidad de que intente escapar. Al salir del vis a vis, se vuelve hacia un guardia para dedicarle un viejo saludo marxista: el puño en alto. Luego regresa a su celda arrastrando los pies, con una sonrisa nacida de algún recuerdo lejano.