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«El principal logro de la Revolución cubana es su exilio»

La periodista y el escritor durante la presentación del texto en MadridEl autor, entrevistado por Maite Rico e Ignacio Vidal-Folch en la presentación de su libro en Madrid / 14ymedio

MADRID/“Hay muchas maneras de haberse encontrado con las revoluciones rusa y cubana, y acabar lastimados por ellas. Muchísimas”, dice Jorge Ferrer (La Habana, 1967). El escritor y traductor ha querido indagar en las historias que conoce mejor: las de una familia, la suya, sacudida por el totalitarismo. Su libro De Rusia a Cuba. Contra la memoria y el olvido (editorial Ladera Norte), que acaba de presentar en Madrid, narra los avatares de tres generaciones que bregaron de diferente manera con los destinos que les fijó el castrismo.

Sus protagonistas son tres Ferrer. Federico, el abuelo, nacido en España, el aventurero que terminó de policía de Batista, personaje novelesco, de amores excesivos, que prefirió servir copas en Nueva York antes que languidecer como un excluido, un inadaptado, eso que en la URSS llamaban byvshi y en Cuba gusano, lumpen o escoria. Su hijo, Jorge, lo repudia y opta por abrazar los nuevos tiempos en su condición de apparatchik meticuloso, “criatura perfecta para crecer en los mundos cubano y soviético”, donde fue destinado como alto funcionario. Y el nieto, Jorge, el pioner, que no es otro que el propio autor, estudia en Cuba y en Rusia, donde vive la perestroika, y regresa a la isla imaginando una apertura similar, para acabar exiliado en el país de sus ancestros.

En el relato aparecen personajes como Joseph Brodsky y Heberto Padilla; Marina Tsvetáieva y José Martí. Lezama Lima y Dulce María Loynaz

Pero Ferrer no se queda en la narración biográfica. El libro es un riquísimo tapiz tejido con hilos que se entrelazan y se separan, y las más de las veces transcurren en paralelo. Pasan por La Habana, Moscú y Miami. Recorren el siglo XX y quedan sin rematar en la trágica invasión rusa de Ucrania, o en la visita a la Cuba de 2023.

Otros personajes entran en este juego de espejos y enriquecen el cuadro: son poetas, rusos y cubanos, con vidas igualmente rotas: Joseph Brodsky y Heberto Padilla; Marina Tsvetáieva y José Martí. Lezama Lima y Dulce María Loynaz.

Nos sumergimos en el drama de los nostálgicos byvshie en la Rusia bolchevique, en las relaciones ruso-cubanas desde los años batistianos a la actualidad. En la idiosincrasia cubana y su regodeo en la excepcionalidad (como los españoles). En el papel de los intelectuales y los periodistas devenidos coristas de la dictadura.

Ferrer rinde también homenaje a los maltratados exiliados cubanos, a su generosidad, a su capacidad de perdonar. “El único, principalísimo logro que la Revolución puede ostentar sin sonrojo es su exilio: su nobleza, su entrega, su amor por Cuba y por los cubanos. El músculo económico con el que ha mantenido a los vecinos de la isla. El nervio de los afectos con los que ha mantenido unida, él y solo él, a la  nación cubana”, escribe.

De Rusia a Cuba es una peripecia vital y una reflexión sobre el desarraigo, la memoria y el olvido. Es una búsqueda de las raíces y un viaje de introspección. Ferrer no juzga a los protagonistas, reos de la historia, que bracean como pueden entre el destino y el albedrío. Pero sí apunta a los autócratas. Y a una Revolución en cuya “extenuante duración se cifra su genuina crueldad”. “Moledora de generaciones, la Revolución ni siquiera ha necesitado matar demasiado, porque al durar, nos ha ido dejando morir. Y viéndonos morir. Nos ha matado el tiempo, como las balas del reloj y el fuego graneado del calendario”.

 

 

 

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