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El Rey defiende que la democracia «no se agota en unas elecciones» y pide «cuidar sus formas e instituciones»

Ante el 29N pide «seguir garantizando nuestra convivencia» y «la búsqueda del bien común»

 

biografía de Felipe VI

 

Hay escenarios donde la arquitectura institucional de España adquiere su máxima expresión y simbolismo. El Teatro Campoamor de Oviedo, engalanado una vez más para acoger la cuadragésima sexta edición de los Premios Princesa de Asturias, se convirtió este viernes en el atrio desde el cual Su Majestad el Rey proyectó un mensaje de hondura política, constitucional y democrática. En un momento de especial trascendencia para el país, con el horizonte fijado en la cita electoral del próximo 29 de noviembre, Felipe VI alzó la voz para recordar que el sistema de libertades exige un compromiso constante, alejado de la superficialidad y cimentado sobre el respeto estricto a las reglas del juego institucional.

«También requiere tiempo, en una sociedad madura como la nuestra, el ejercicio de la democracia. No se agota en unas elecciones como las que pronto viviremos, donde los ciudadanos tendrán, una vez más, la altísima responsabilidad de definir la orientación política de nuestro país», advirtió con sobriedad el Rey desde el escenario del coliseo ovetense.

En el núcleo de su discurso, el Rey subrayó que «la democracia requiere de un compromiso diario, cívico y exigente, de un cuidado de sus formas e instituciones, de un cuidado de sus formas e instituciones, para seguir garantizando nuestra convivencia, para alumbrar esa búsqueda del bien común que atienda y equilibre del mejor modo posible los legítimos intereses de todos los ciudadanos».

Esta defensa sin fisuras del marco constitucional y el «bien común» conectó directamente con la memoria histórica de la Transición, un proceso político que Don Felipe quiso reivindicar como el gran hito de madurez colectiva de los españoles. Recordando las cinco décadas transcurridas desde la aprobación de la Ley para la Reforma Política hasta la actualidad, el Rey enfatizó que aquel tránsito modélico hacia las libertades se edificó «sobre la generosidad y la altura de miras». El resultado fue una Constitución, la de 1978, concebida expresamente para «acoger a todos los españoles sin distinción alguna. Y un camino que sigue adelante, que se renueva año tras año,; que nos obliga a todos a ser humildes, a mantenernos alerta, a renovar también como ciudadanos nuestra constante voluntad de aprender y mejorar».

En definitiva, Su Majestad el Reyhizo una defensa sin ambages de la Transición: «Nos permitió nada menos que pasar pacífica y admirablemente de la dictadura a las libertades».

Siguiendo el hilo conductor de la reflexión institucional, el Felipe VI enlazó la madurez democrática con la dimensión humana del esfuerzo y el valor insustituible de la experiencia.

Estando en Oviedo, el Rey quiso evocar la figura de Leopoldo Alas «Clarín», de cuyo fallecimiento se cumplen 125 años, y cuyo impulso estuvo ligado a la propia existencia del teatro que albergaba la ceremonia. «Las lecciones del mundo están escritas en un idioma del que no se puede traducir nada; el de la experiencia», recordó citando al célebre escritor asturiano. Una máxima que, en opinión de Don Felipe, define con precisión quirúrgica el espíritu de los galardones ovetenses frente a la vertiginosa aceleración de un presente dominado por el flujo incesante de datos y la irrupción de la inteligencia artificial.

Frente a la pretensión de los algoritmos de replicar y sintetizar el conocimiento humano con una inmediatez asombrosa, el Rey contrapuso la autenticidad del trabajo artesanal, el sacrificio y el tiempo necesario para madurar los grandes logros: «El proceso, casi artesanal que va del »yo« a la sociedad, del potencial al resultado, requiere tiempo», subrayó.

Don Felipe reclamó así paciencia y confianza colectiva para alcanzar la mejor versión de uno mismo, cerrando su intervención con una evocación a Jorge Luis Borges y la necesidad inexcusable de la sinceridad en cualquier actividad humana.

La Princesa se eleva

El discurso del Rey tambien dejó otro detalle que entronca con el papel más relevante y ennsolitario que, año tras año, gana la Princesa en estos galardones que llevan su nombre: «Es un orgullo ver cómo Leonor, la Princesa de Asturias, sigue dando pasos firmes como presidenta de honor de la Fundación, mientras se forma y acumula experiencias valiosas en su aprendizaje vital, como hace también la Infanta Sofía».

Así, ​si el discurso del Rey aportó el anclaje del mensaje constitucional de la propia de la Corona, la edición de este 2026 queda marcada por el paso definitivo dado por la Princesa de Asturias. La Heredera al Trono no se limitó a cumplir con el protocolo de presentación de los galardonados, sino que protagonizó una intervención de mayor altura -intelectual y generacional- evidenciando una madurez de mensaje que consolida su papel al frente de la Fundación.

Este protagonismo creciente de Doña Leonor había quedado ya de manifiesto unas horas antes en el Hotel de la Reconquista, donde por primera vez recibió en solitario a los premiados en el Salón Covadonga, marcando un punto de inflexión en su agenda oficial.

Un detalle no menor completó la escenografía de la jornada en el Salón de Consejos, donde se renovó la decoración mural sustituyendo una estampa de la Familia Real al completo por una fotografía enmarcada de la Princesa en solitario, situada en rigurosa simetría junto a la histórica imagen de su padre, Don Felipe, cuando a su misma edad presidía los actos previos como Príncipe de Asturias. Una composición visual que resume, sin necesidad de artificios dialécticos, la continuidad dinástica y la asunción progresiva de responsabilidades representativas.

Ya sobre las tablas del Teatro Campoamor, la Princesa de Asturias articuló un discurso trenzado con referencias literarias, científicas y vitales de los galardonados, conectando las inquietudes de su propia generación con la experiencia acumulada de los premiados.

Abriendo una lúcida ventana al pasado, la Heredera recordó la intervención de la filósofa María Zambrano en la primera edición de los premios en 1981, cuando su padre contaba con apenas trece años: «Mi padre va hoy camino de los 60, pero aquella tarde tenía 13 años. En sus palabras María Zambrano se refería no sólo a la fundación, no solo a España, a aquella España de 1981. Hablaba de lo joven y lo inédito. Hablaba de esperanza».

Problemas de los jóvenes

Partiendo de aquella evocación de esperanza en tiempos inéditos, la Princesa abordó sin complejos las incertidumbres del presente —el desencadenamiento de conflictos, el populismo, la precariedad y el debate ético frente a la digitalización:

«Cómo afronta mi generación semejante complejidad. Cómo digerimos la velocidad y el desencanto, lo que muchos consideran falta de expectativas e imposibilidad de planear una vida, tener trabajo, una casa…».

La Princesa fue en este momento cuando fue a hallar respuestas en el ejemplo de los premiados de este año.

Con una oratoria precisa y cercana, Doña Leonor fue desgranando los méritos de cada uno de los premiados en una cartografía de la excelencia internacional. Se detuvo en la autoridad intelectual del historiador Timothy Garton Ash para reivindicar la necesidad de «europeizar» la defensa y reformar las políticas comunitarias en un orden postoccidental; aplaudió la artesanía meticulosa y el humanismo de los Estudios Ghibli, recordando con ternura su primer contacto infantil con las películas del estudio japonés; y profundizó en la conmovedora honestidad literaria de Julian Barnes, definido con agudeza como un «optimista melancólico».

El repaso abarcó también la dimensión universal del deporte a través de la figura de Leo Messi, de quien destacó su capacidad para «convertir lo extraordinario en rutina» subordinando el ego al espíritu colectivo; la visión global y cooperativa simbolizada en la Bóveda de las Semillas de Svalbard, custodiada a dieciocho grados bajo cero en el permafrost ártico como salvaguarda de la biodiversidad agrícola; y la lección de humildad terrenal transmitida por la astronauta Christina Koch, quien desde el espacio recordó que formamos parte de una frágil «tripulación de la Tierra».

Asimismo, la Princesa ensalzó el rigor científico de los químicos David Klenerman y Shankar Balasubramanian y del biofísico Pascal Mayer, cuya revolucionaria secuenciación masiva de ADN abre horizontes inéditos en la biomedicina moderna; para culminar rindiendo tributo a la rebeldía indomable y la autenticidad radical de la artista Patti Smith, una creadora que «no pretende gustar, sino existir y experimentar por necesidad».

Citando al poeta Václav Havel -premio Príncipe de Asturias en 1997 y héroe en la lucha contra el comunismo en Checoslovaquia-, la Proncesa recordó que «la esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certeza de que hay cosas que tienen sentido y que merece la pena defender pase lo que pase».

La Princesa Leonor -21 años cumplirá el 31 de octubre- rescató el verso de Paul Valéry recuperado en una de las obras de Hayao Miyazaki, uno de los fundadores del premiado Estudio Ghibli: «El viento se levanta… ¡Hay que intentar vivir!».

Doña Leonor cerró así una intervención llamada a perdurar en la memoria de los asistentes. Un discurso amplio, de calado. De futuro y esperanza. Con la solemnidad del evento y las gaitas del himno de España y el Asturias patria querids que, quizá, mejor encarna la ensencia de la Monarquía española. Ayer en el Teatro Campoamor padre e hija, Rey y Heredera, Felipe VI y Doña Leonor, buscaron un nuevo nexo de complementariedad entre la firmeza institucional (democracia, convivencia y bien común) y la esperanza renovadora donde también se mira una nueva generación.

 

 

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