Félix de Azúa: Dos principios
«El hundimiento de la educación en Occidente es pavoroso. No ya en España, un país que la ha desdeñado durante siglos (y así nos va), sino en lugares como Reino Unido»

Ilustración generada mediante IA.
Si hay algo sin cuerpo en el pensamiento de nuestros días es el enigma del mal. ¿Qué y quiénes son los malvados? Hay muchos ejemplos en los siglos XX y XXI de malvados gigantescos, con dos colosos de la maldad en cabeza, Hitler y Stalin, los cuales caracterizan las dos maldades convencionales, la de derechas y la de izquierdas (lo que muestra la inanidad de la diferencia), con cientos de millones de víctimas. Pero no es tan importante entender a los grandes asesinos como a los pequeños. En el detalle está Dios, como decía Aby Warburg.
Desde la Antigüedad sabemos que, en buena medida, la maldad es el fruto de la ignorancia. Si Occidente se puso a la cabeza civilizada del mundo fue porque combatió la ignorancia mejor que nadie. Y si en este momento son los países islámicos los que generan mayor número de malvados, es por la destrucción de la educación entre ellos. Si eliminas de la pedagogía a la mitad (femenina) de la población, ya sabes lo que vas a provocar en la otra mitad.
Todavía un viejo como yo estudió latín en el bachillerato. Algunos de quienes se creen moralmente superiores hacen burla de estas cuestiones por ignorancia; sin embargo, es mediante el conocimiento del espíritu de cada lenguaje por donde puede uno empezar a conocerse a sí mismo. El hundimiento de la educación en Occidente es pavoroso. No ya en España, un país que la ha desdeñado durante siglos (y así nos va), sino en lugares como Gran Bretaña o EEUU. Las universidades en otro tiempo más prestigiosas, pongamos que Cambridge o Harvard, están saliendo en los periódicos por su escandalosa estupidez caritativa. La bondad, en tiempos inciertos como los nuestros, es el caladero preferido de los malvados.
El primer problema con la maldad es que, como todo lo demás, su conocimiento ha tendido a tecnificarse y estatalizarse. El Estado, ese monstruo que todo lo devora, ha constituido un ejército de psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas (nadie sabe cuántos miles de integrantes hay en este colectivo) para controlar la maldad desde la técnica. Naturalmente, lo primero que hace el ciudadano cuando se enfrenta con la maldad o la sufre es recurrir al servicio técnico del Estado. Y el resultado no es la neutralización del mal, sino su mutación en bondad.
La función de los técnicos que controlan el mal en la sociedad es hacerlo desaparecer. Como resulta imposible borrarlo de las vidas humanas, lo convierten en una enfermedad, un desarreglo psíquico, la consecuencia de un profundo trauma biográfico y otros lavados que permiten creer que no existe el mal y que, por supuesto, no hay malvados, solo enfermos o traumatizados.
«Para buena parte de la religión de las izquierdas, la pobreza, como anunció Jesucristo, ‘heredará la tierra’»
Como es lógico, esto no vacía las cárceles, las cuales forman una maquinaria enorme y carísima (casi tanto como la colosal máquina de la «seguridad») con miles de funcionarios que han de vivir de la cosecha de malvados. Cosecha que no puede detenerse, aunque ahora sabemos que no son ladrones y asesinos, sino enfermos, víctimas e irresponsables. En su versión más autocomplaciente, no hay malvados, sino «pobres». Para buena parte de la religión de las izquierdas, la pobreza, como anunció Jesucristo, «heredará la tierra». No puede, por tanto, castigarse a un solo «pobre» y ello incluye la prohibición de los suspensos en el bachillerato. Las mentiras de la comunidad catalana sobre la formación de sus alumnos son deslumbrantes.
Pero la maldad no es un fenómeno psíquico, sino cósmico. Hay maldad para que pueda haber bondad. Los humanos preferimos que el prójimo nos considere buena gente. Por lo tanto, escondemos, disimulamos y tecnificamos la maldad para que nos tomen por una especie bondadosa, unos peluches analfabetos. Bien es verdad que es inútil, porque la maldad es cada día más fuerte gracias a los ejércitos funcionariales que viven de ella y, por lo tanto, la alimentan. Somos creadores de maldad a gran escala. Pero ponemos carita de niños buenísimos.
