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Guadalupe Sánchez: Españoles, qué coño nos pasa

Españoles, qué coño nos pasa

Ilustración generada mediante IA.

Hace 20 días fue invadida una ciudad española: Ceuta. Cerca de 80.000 personas —casi tantas como habitantes tiene censados— atravesaron una frontera deliberadamente desguarnecida a ambos lados por España y Marruecos y desbordaron la ciudad, mientras el resto de los españoles contemplaba el asalto con esa mezcla tan nuestra de estupor, incomodidad y mansedumbre.

Los jueces han denunciado que los asuntos penales se han multiplicado hasta alcanzar un 800% más de lo habitual. Se acumulan las denuncias por robos, reyertas y agresiones sexuales. Quince en 15 días, según la cifra que ha provocado la alarma judicial y social: una diaria. Los vecinos denuncian asentamientos insalubres, miedo, comercios cerrados y calles por las que algunas familias procuran no transitar. Padres que temen por sus hijas. Mujeres que alteran sus rutinas. Comerciantes que enfrentan robos. Ciudadanos españoles a quienes se les ha confiscado la normalidad.

Y aquí no pasa nada.

¿Dónde están las multitudinarias manifestaciones? ¿Dónde las asociaciones que levantan campamentos por cualquier causa situada a 8.000 kilómetros? ¿Dónde las feministas institucionales del «hermana, yo sí te creo», tan diligentes para convocar reuniones de urgencia por unos pinchazos fantasma, por una agresión homófoba simulada o por unos cánticos en un colegio mayor y tan prudentes cuando los agresores llevan aparejado el adjetivo musulmán? No son más que una banda de vagas e hipócritas que parasitan nuestros bolsillos.

La cobertura mediática merece un capítulo aparte. Desde el primer minuto, demasiados medios se apresuraron a rebautizar la invasión como «crisis migratoria», «emergencia humanitaria» o «entrada masiva». Cualquier eufemismo servía con tal de no llamar a las cosas por su nombre. Porque nombrar una invasión obliga a identificar al agresor, defender al agredido y preguntar al Gobierno por qué permitió que una frontera española quedara abierta de par en par. Y eso exige hacer periodismo, no recitar el argumentario que Moncloa wasapea cada mañana.

«Si expresan miedo, son xenófobos. Si exigen seguridad, insolidarios. Si pedían expulsiones, ultras»

Ahora estamos en plena fase de romantización de los que entraron ilegalmente. Diarios y televisiones seleccionan cuidadosamente las imágenes, los testimonios y hasta las palabras para construir un relato en el que quienes asaltaron la frontera aparecen como las únicas víctimas, mientras los ceutíes quedan reducidos a figurantes malhumorados de su propia tragedia. Si expresan miedo, son xenófobos. Si exigen seguridad, insolidarios. Si pedían expulsiones, ultras. No sólo les han arrebatado la normalidad, ahora pretenden también privarles del derecho a quejarse.

Pero la indecencia mediática no termina romantizando la invasión. También la han banalizado convirtiendo los platós en un espectáculo obsceno cuyo único propósito es fabricar la polémica viral del día. En lugar de explicar cómo pudo ser asaltada una frontera española, exigir responsabilidades al Gobierno o dar voz a quienes padecen las consecuencias, reparten minutos y micrófonos entre personajes indignos y vergonzosos que sólo buscan su instante de notoriedad. Cuanto más grotesca sea la provocación, más posibilidades tendrá de convertirse en un corte viral. Y cuanto más viral sea el corte, menos importará la verdad. Y nosotros consumimos esa basura como organismos mononeuronales: escogemos bando, jaleamos al bufón de turno y compartimos su exabrupto como si participar en el espectáculo fuera una forma de compromiso político.

Mientras tanto, nuestros compatriotas ceutíes no pueden desarrollar una vida normal. Temen por sus hijos y por sus mujeres cuando salen a la calle, modifican sus rutinas y evitan determinados lugares de su propia ciudad. Pero su miedo importa menos que la siguiente polémica.

Nos tienen bien calados. Saben de sobra que los españoles consumimos ávidos cualquier basura de retórica engolada y simplista que haga pasar por humanidad lo que no es más que manifiesto infantilismo cuando no imbecilidad, que pretende gestionar la excepcionalidad con argumentos y herramientas no concebidos para tales fines.

«Marruecos conoce perfectamente los perfiles de las masas que moviliza y las vulnerabilidades del país contra el que las dirige»

Porque una cosa es no deshumanizar al que entra y tratarlo con la merecida dignidad y otra presentarlo como un ser inmaculado, exento de toda responsabilidad y situado en el único lado admisible de la compasión. No es más que otra narrativa complaciente que olvida que Rabat no lanzó contra nuestra frontera una representación inocua y aleatoria de su sociedad: según sus propios comunicados oficiales, el régimen alauita ha concedido medidas de gracia a cerca de 68.000 condenados desde 2019. Marruecos conoce perfectamente los perfiles de las masas que moviliza y las vulnerabilidades del país contra el que las dirige. No escogió a sus médicos, abogados, ingenieros o funcionarios para asaltar la frontera, sino que se sirvió principalmente de sectores depauperados y marginales, entre los que se infiltraron no pocos individuos conflictivos o con antecedentes con la finalidad de multiplicar exponencialmente los riesgos para los ceutíes. Negarlo es ceguera aprendida. O algo peor: cobardía disfrazada de insoportable superioridad moral.

Las víctimas reales de esta agresión son precisamente quienes esa narrativa complaciente necesita sacar del encuadre. En primer lugar, nuestros compatriotas ceutíes: los que vieron colapsar su ciudad, cerraron sus negocios, modificaron sus rutinas y dejaron de permitir que sus hijos salieran solos; los que denuncian robos, reyertas, agresiones sexuales, asentamientos insalubres y ese miedo que se apodera de las calles cuando el Estado desaparece. Pero también los policías nacionales y guardias civiles enviados a gestionar las consecuencias de una invasión que el Gobierno no quiso impedir. Agentes a quienes el mismo Estado que debía protegerlos expone conscientemente, y con medios insuficientes, a reyertas, agresiones y riesgos sanitarios derivados del hacinamiento y de unas condiciones higiénicas cada vez más degradadas. Y Marlaska continúa sin dimitir.

A ello se suma un sistema sanitario desbordado. Los profesionales denuncian falta de medios, presión asistencial, enfermedades contagiosas y unas condiciones impropias de un país desarrollado. Y la respuesta de la ministra de Sanidad ha consistido en negar el colapso y lavarse las manos ante una situación cuya gestión corresponde al Estado en Ceuta. La misma ministra que montó un circo político y mediático por el hantavirus para promocionar su candidatura a la Comunidad de Madrid, se lava las manos con los problemas de Ceuta, que minimiza cuando no rechaza.

Ni los ceutíes ni los agentes desplegados allí ocupan el centro del relato gubernamental porque su testimonio lo desmonta. No encajan en el catálogo oficial de víctimas: unos recuerdan que España dejó de proteger una ciudad española; los otros demuestran que el Gobierno envía a sus servidores públicos a afrontar las consecuencias de su propia dejación. Su miedo, su agotamiento y su exposición no conmueven a los comisarios de la sensibilidad pública.

«Somos un país que ha olvidado que la soberanía que no se defiende, acaba perteneciendo a otro»

En La Mareta, entretanto, el presidente se frota las manos. Había lanzado al ruedo a su ministro más impresentable y faltón para insultar a diestro y siniestro, rescatar viejas soflamas batasunas y fabricar una polémica con la Casa Real. Pero no ha sido necesario exprimirlo, pues sus tertulianos de cabecera ya se habían encargado de reconducir el asunto.

La sociedad pandémica sigue viva: apática, obediente y dócil. Nos acostumbraron a esperar instrucciones para salir de casa, abrazar a nuestros padres o despedir a nuestros muertos, y terminamos perdiendo el reflejo de reaccionar por nosotros mismos. Veinte días después de la invasión de una ciudad española, esa docilidad colectiva vuelve a quedar al descubierto. Marruecos no sólo conoce la debilidad del Gobierno; también sabe que al otro lado de la frontera encontrará una sociedad anestesiada, incapaz de sostener su indignación más allá de unos cuantos mensajes en las redes sociales.

Nuestro vecino africano conoce la respuesta a la pregunta del título de este artículo mejor que nosotros mismos: somos un país que ha olvidado que la soberanía que no se defiende acaba perteneciendo a otro. Y que el abandono de Ceuta no sólo retrata a Sánchez. Nos retrata a todos.

 

 

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