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Gueorgui Gospodínov: «Tengo miedo de un mundo en el que las teorías conspirativas triunfen sobre la verdad»

Gueorgui Gospodínov: «Tengo miedo de un mundo en el que las teorías conspirativas triunfen sobre la verdad»

 

 

Gueorgui Gospodínov, que nació en Bulgaria en 1968, muchos años antes de la caída del Muro de Berlín, ha hilvanado una literatura rica, imaginativa, dotada de una luz nueva que ha amarrado con mucha destreza y talento. Él es una demostración de que para llegar a los lectores no hay que plegarse a géneros o modas ni tampoco renunciar a la personalidad. Principió en la poesía, que nunca ha abandonado, y desde ahí se ha internado por surcos y meandros narrativos en los que ha ido fraguando un mundo de una radical personalidad que ha sido reconocido con el Premio Strega y el Booker Internacional. Su libro Acerca del robo de historias y otros relatos, publicado por Impedimenta, es una gavilla de relatos que se abren, de manera inesperada, a acertadas meditaciones sobre lo que está sucediendo en nuestras sociedades. «Me gusta la brevedad —asegura—. Empecé escribiendo poemas y, en realidad, nunca la he dejado. Al inicio escribía en el reverso de aquellos billetes de autobús de antes. Cuando el espacio es reducido no tienes sitio para palabras superfluas, solo para las más precisas. Creo que el infinito espacio en blanco de la pantalla del ordenador nos tiene malacostumbrados y nos hemos vuelto unos charlatanes. En la antigüedad las primeras inscripciones en piedra eran ineludiblemente breves, era físicamente difícil ser verborreico. Mi primer libro de poesía se titulaba Lapidarium y contenía poemas de unas pocas palabras. También tengo un libro de relatos ultracortos, espero que también se publique en español. Me gusta el relato breve porque es lo más parecido a la historia oral, y por eso prefiero llamar mis relatos historias. La historia es más cálida y natural, aún recuerda el calor de los labios que la contaron».

 

 

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—¿De dónde vienen estas historias?

 

«Creo que el acto de narrar es mágico, las propias historias crean el milagro. O al menos lo iluminan»

 

—De niño vivía con mis abuelos y escuchaba sus historias, luego intentaba inventarme las mías. Lo que siempre me ha fascinado desde entonces es cómo unir lo cotidiano y lo sublime en una narración. Cómo lo sublime brota realmente de lo cotidiano, apareciendo ante nosotros como una iluminación al final de la historia más ordinaria. Los narradores de antaño, los mitos y la Biblia sabían cómo se consigue esto. La historia del nacimiento de un niño entre los animales del pesebre podría ser una historia de lo más ordinaria. Pero el narrador, los evangelistas, han convertido este nacimiento en la Natividad. Creo que el acto de narrar es mágico, las propias historias crean el milagro. O al menos lo iluminan.

—Estas historias, que ahora se traducen al español, se publicaron por primera vez hace doce años. ¿Cómo han cambiado? ¿Cómo las ve ahora?

—Este es mi primer libro de relatos, y aquí es donde el personaje de Gaustín aparece por primera vez en mi prosa. Resultó ser muy tenaz, pasó por la novela «Física de la tristeza», se convirtió en el protagonista de mi siguiente novela «Las tempestálidas». Pero todo su carácter ya estaba formado allí. Ocurrió una cosa interesante con el relato «Vaysha la Ciega», que trata de una chica que con un ojo sólo ve el pasado y con el otro sólo el futuro, y en realidad es ciega al mundo que la rodea. Esta historia se convirtió en un cortometraje de animación gracias al director Theodore Ushev, y llegó a ser finalista de los Oscar en 2017.

—«Peonías y nomeolvides» también tiene una historia curiosa.

 

«Ahora, al releer las historias con motivo de esta traducción, quise volver a tener la edad a la que las escribí, sólo por ese hechizo del mundo»

 

—Es uno de los relatos que más reacciones provocó. Hizo que una pareja joven se casara. Recibí una carta en la que la chica contaba cómo le había enviado el relato a su pareja diciéndole que no querría que su vida fuese como la de los personajes del relato, un gran desencuentro, y entonces recibió una propuesta de matrimonio. Y así es como los personajes de ficción juegan con la realidad. Ahora, al releer las historias con motivo de esta traducción, quise volver a tener la edad a la que las escribí, sólo por ese hechizo del mundo, por la curiosidad hacia las revelaciones repentinas que brillan en medio de la vida cotidiana, por la sensación de que el milagro está aquí.

—Asegura que la mitad de las cosas que se leen aquí han ocurrido y que la otra mitad son inventadas. ¿Cuál es el pulso que juegan aquí la realidad y la imaginación?

—Me parece que la imaginación también es parte de la realidad. Una parte fundamental. Y también una forma de soportarla. Para mí las dos siempre han estado relacionadas. Algunas de estas historias nacieron de una sensación particular, a las tres de la tarde, digamos, con una oleada innombrable de tristeza, o algo así. Otras son historias que oí de niño a mi abuela o a mi padre. Hay otras que he percibido en la calle o que me las han regalado. La mayoría ocurrieron realmente, pero cuando las conviertes en relato no sabes si fueron verdad o no. Hay una historia, «La octava noche», que juega con un cuento de Borges sobre la ceguera, contraponiéndole la paulatina pérdida del oído del protagonista, y se trata de una experiencia personal. Años más tarde, cuando una vez fui al otorrino por un problema de oído, él sacó mi relato de su cajón y me dijo: «¿Sabe usted? Enseño este relato a mis estudiantes de medicina para que puedan entender todas las sensaciones y miedos de un paciente con una enfermedad así».

 

 

 

 

—A propósito de este relato, ¿cree que debemos mirar lo que está ocurriendo a nuestro alrededor y pararnos a escuchar lo que sucede?

—No había leído la siguiente pregunta y acabo de hablar de «La octava noche». Sí, allí hay una lista de las cosas que tienes que oír antes de quedarte completamente sordo. Cosas sencillas, como el rascar de un lápiz duro sobre el papel, o el sonido de una sandía demasiado madura reventando. Uno realmente debería callarse un rato, o empatizar con los que no pueden oír para poder «oír» los sonidos realmente importantes. Los relatos y la literatura en general son como la concha de caracol que nos ponemos a la oreja para oír nuestras propias historias personales no contadas.

—Vivimos un mundo donde predomina el individualismo más que lo individual y que, además, es masivo. ¿El escritor es más necesario que nunca hoy?

 

«Viví veintiún años en un sistema totalitario, más tarde me dediqué a recopilar historias personales sobre la época del comunismo, y tengo claro que los totalitarismos no soportan la historia personal»

 

—Creo en la importancia de narrar historias personales. Me parece que es la historia personal la que nos salva de la masificación del mundo. Viví veintiún años en un sistema totalitario, más tarde me dediqué a recopilar historias personales sobre la época del comunismo, y tengo claro que los totalitarismos no soportan la historia personal. No encaja bien en su matriz, se sale de su cliché, se vuelve peligrosa. Por eso me gustan las historias, son siempre personales. Sabemos que la historia con mayúsculas la escriben los vencedores, pero las pequeñas historias, las historias personales, las escriben los vencidos, son su salvación. Y ellas me resultan más interesantes.

—En otra historia afirma: «Las personas que no hablan el mismo idioma son las que mejor se entienden». Me gusta, pero creo que muchos nacionalistas no estarían de acuerdo. ¿Qué opina de este regreso a lo nacional en detrimento de lo internacional?

—Las historias personales de cada uno de nosotros, independientemente del idioma en que se cuenten, son universales. Esta es una de las maravillas de la narración y la literatura: lo personal es universal. El nacionalismo, como cualquier ideología, intenta saltarse lo humano, revestir lo humano de otras categorías, intentar que lo nacional sea más importante que lo humano. Pero la persona es mucho más antigua que la nación. Y para mí siempre seguirá siendo más importante.

—En otro cuento el protagonista reconoce que no tiene una experiencia propia que contar a pesar de haber leído tanto. ¿Es tan importante la experiencia para escribir? 

«La experiencia humana no sólo incluye lo que hemos vivido personalmente, también incluye lo que le hemos oído contar a otro»

 

—Sí, para mí la experiencia personal es un recurso muy importante del que se nutre un escritor. Pero la experiencia humana no sólo incluye lo que hemos vivido personalmente, también incluye lo que le hemos oído contar a otro. Y por supuesto, incluye los libros que hemos leído. Lo que hemos leído también crea experiencia, crea memoria. Junto a esta comprensión más amplia de la experiencia humana viene otra cosa fundamental, creo yo, y es lo no sucedido. Aquello con lo que hemos soñado y no ha sucedido, aquello en lo que pensamos y por lo que sufrimos en nuestras tardes y noches también forma parte de nuestra experiencia.

—También parece reflexionar aquí sobre el «patriotismo» y «el turismo de souvenir», que en parte es consumo y que inculca ideas equivocadas.

—¿Se refiere usted al relato en el que hablo del mundo denegado, el mundo fuera del alcance de la persona común durante el comunismo?

—Sí, en efecto.

—Cuando el mundo estaba cerrado para los búlgaros, para la generación de mis padres, la única forma de tenerlo era inventárselo, leer sobre él, coleccionar los souvenirs de ese mundo que te llegaban accidentalmente. Era un pequeño conocimiento de souvenirs del mundo más allá del telón de acero. Había una anécdota sobre un hombre que tenía un souvenir de la torre Eiffel con un pequeño termómetro, y cuando fue por primera vez a París estuvo mucho tiempo dando vueltas alrededor de la verdadera torre buscando su termómetro. De niños pensábamos que el extranjero era un país aparte y sólo allí había chocolates enormes, pantalones vaqueros y todas las demás cosas con las que sueña un niño. No olvidemos que en aquella época vivíamos en un sistema de déficit. El déficit no era solo de artículos, sino también de libertad. Y esto es algo más complicado que el consumismo.

 

 

 

 

—En «El regalo tardío» hay una reflexión sobre la pantalla y la observación. Hoy estamos inmersos en un mundo de pantallas y todos nos miran. Y lo hacemos voluntariamente en las redes. ¿Qué le parece?

 

«Ya no podemos estar completamente solos, lo que, paradójicamente, aumenta el nivel de soledad»

 

—Sí, «El regalo tardío» es un relato sobre esta duplicación de la vida a través de la pantalla. Es sobre una etapa temprana, el comienzo de esta omnipresencia de la pantalla en nuestras vidas. Era importante para mí, entonces, en el primer año del nuevo siglo, transmitir esta sensación de que se avecinaba un mundo en el que no sólo nosotros miraríamos las pantallas, sino que también las pantallas nos mirarían a nosotros. Ya ha quedado patente que los nuevos medios y las redes sociales recopilan constantemente información sobre nosotros. Se nos ha privado de una condición humana básica: la posibilidad de quedarte solo. Ya no podemos estar completamente solos, lo que, paradójicamente, aumenta el nivel de soledad.

—Su país estuvo al otro lado del Telón de Acero. ¿Imaginó que las sociedades libres se entregaran con tanta facilidad al control?

—En realidad, Bulgaria y España tienen una historia reciente muy similar. La vida bajo el comunismo y la vida bajo el franquismo guardan muchas similitudes. En algunas de mis historias me interesa cómo uno encuentra su hueco en la vida cotidiana, cómo encuentra la razón y el sentido para vivir en una sociedad cerrada. Las sociedades totalitarias también eran sociedades de vigilancia constante, nada inofensiva. Después de 1989, la gente de mi generación pensó que nos esperaba a todos una vida feliz y tranquila. No ocurrió exactamente así. Ahora el control es diferente, mucho más pérfido. Nosotros mismos somos cómplices de este control, a veces sin ser conscientes de ello. Esto es lo alarmante.

—¿Tiene miedo de estas sociedades tan vigiladas?

 

«Ninguna sociedad puede sobrevivir mucho tiempo si se rodea de un muro»

 

—Tengo miedo de estas sociedades estrictamente autovigiladas. Y de acercarnos a un mundo en el que las teorías conspirativas triunfarán sobre la verdad. Un mundo en el que nuestras palabras e historias serán tergiversadas y vaciadas de sentido por parte de trolls y populistas. Por eso debemos contar constantemente nuestras propias historias, pero también tener oído para las historias de los demás. Los seres humanos no somos sistemas cerrados. Y ninguna sociedad puede sobrevivir mucho tiempo si se rodea de un muro. Como personas que hemos vivido en sistemas totalitarios, usted y yo lo sabemos bien.

—Uno de sus personajes tiene un ojo izquierdo que solo ve hacia atrás, hacia el pasado. Permítame, acogiéndome a este pretexto, preguntarle ¿cómo ve este nuevo intento de expansión ruso? ¿Qué puede significar para la cultura?

—En efecto, a eso me refiero. Ahora mismo, el rumbo del nuevo populismo de los últimos años, con Trump, con Putin y con las fuerzas de extrema derecha en Europa, es este: vivir mirando hacia atrás. Toda ideología tiene algo del síndrome de Vaysha la Ciega, la protagonista del relato. Sólo ve hacia el pasado con un ojo y sólo hacia el futuro con el otro. Bajo el comunismo nos hicieron vivir sólo en el futuro, al comunismo no le gustaba el pasado. El mundo entero tenía que empezar con la nueva ideología, teníamos que construir el nuevo mundo maravilloso y al nuevo hombre. Con el populismo hoy la dirección ha cambiado, volver a ser grandes como antes, recordar o inventar el pasado glorioso. Ese es también el caldo de cultivo de todos los nacionalismos. Pero en el fondo ambas estrategias —vivir sólo en el futuro o sólo en el pasado— son igualmente peligrosas.

 

 

 

 

—Como Vaysha, que tiene un ojo que ve el futuro. ¿Cómo ve usted a esta Europa en la que resurgen los nacionalistas y los ultras?

—Veo un futuro demasiado aterrador, y por eso todos se dirigen a los refugios del pasado o convierten el pasado en ideología. Y de esto se alimentan o beben sangre los demonios del nacionalismo. En mi novela Las tempestálidas abordé con más detalle precisamente ese giro hacia atrás. Nadie vive en el futuro, pero este debe ser poblado con nuestras esperanzas y sueños, permanecer como un horizonte ante nosotros. Cuando hablo del futuro pienso en términos bastante cercanos. El futuro siempre tiene rostro de niño. Debemos preparar el cuarto de los niños para la próxima generación. Eso es lo más importante que podemos hacer.

—Y una última cuestión. Sus cuentos parecen subvertir lo racional, como en el caso de «Vaysha la Ciega», para encontrar algo que decir sobre el hombre. ¿Es necesaria esta insubordinación de la lógica?

 

«En el comunismo las historias personales también son peligrosas. No encajan bien en la matriz colectiva, pero asimismo pueden llegar fácilmente a oídos del poder y quebrarle la vida a una persona»

 

—El tema del silencio y de lo callado atraviesa muchos de estos relatos, pero también algunos de mis ensayos y novelas. Ahí se trata de esa particular «cultura del silencio» que hemos desarrollado en nuestra sociedad. Me parece una mezcla peculiar de herencia patriarcal y totalitaria. A la persona patriarcal no le gusta compartir sus historias y traumas personales en público, lo que ocurre debe permanecer dentro del hogar y del clan. En el comunismo las historias personales también son peligrosas. No encajan bien en la matriz colectiva, pero asimismo pueden llegar fácilmente a oídos del poder y quebrarle la vida a una persona. Esta cultura del silencio no se evaporó automáticamente tras la caída del muro. Sigue viva hasta cierto punto y condiciona nuestros pensamientos y actos. Por eso me parece que necesitamos contar nuestras historias. Porque cuando callamos, olvidamos fácilmente. Contar forma parte de la memoria. Y la memoria forma parte de la resistencia a la fácil manipulación del pasado y del presente.

—¿Es necesario insubordinar la lógica?

—Sí, creo que sí. La persona no está hecha solo de ratio, economía y política. Estamos hechos de esperanzas, dudas, tristezas. Y salimos constantemente de los límites de lo racional, vivimos con la premonición de un milagro, esto es muy importante. En estas historias me gustaría que abriéramos las puertas visibles y nos enfrentáramos a lo invisible. Que encontráramos lo sublime y lo oculto tras lo evidente.

 

 

 

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