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Héctor Mujica, un político honesto, por su 94 cumpleaños

Esta fotografía, hecha por Tito Caula, en 1978, nos da una clave de la personalidad y la vida de Héctor Mujica (Carora, 1927- Mérida 2002). La asimetría del rostro, una mitad reflexiva, con una mirada de angustiosa melancolía, y la otra, luminosa, dulce y bonachona, nos habla de una ambigüedad y un cierto combate interior. Mientras que la ropa, -no por audaz en la combinación, carente de calidad; sobre todo el blazer, bien cortado y de tela elegante-, la ropa, decíamos, muestra el contraste de lo claro y lo oscuro: lo apolíneo y lo dionisiaco, la disciplina y la disipación, lo logrado y lo que nunca fue.

Héctor Mujica nació en Carora, estado Lara, el 10 de abril de 1927. Esta semana hubiera cumplido 94 años. Era lo que entonces se llamaba un hijo natural (nacido fuera del matrimonio) del eminente pediatra Pastor Oropeza y Águeda del Carmen Mujica, lo que no significa, por cierto, que creciera sin padre. Por el contrario, si el doctor Oropeza no le dio su nombre, tampoco le negó el apoyo cuando el hijo, ya convertido en luchador social y militante del partido comunista de Venezuela, se metió en serios problemas con la dictadura de Pérez Jiménez.

—Yo soy comunista desde muy muchacho, desde los 16 años -les dijo a Sofía Imber y a Carlos Rangel, cuando estos lo entrevistaron, en abril de 1978, a propósito de la candidatura electoral de Mujica por el PCV-. Creo que soy el primer larense candidato a la Presidencia de la República y, por supuesto, el primer caroreño candidato. Me hice comunista en Caracas, cuando vine a estudiar el 5° año de bachillerato en el Liceo Andrés Bello (porque en Barquisimeto para el año académico 44 – 45 solo había un liceo, y hasta 4° año, que era el Lisandro Alvarado, y el Colegio La Salle, donde estudiaron Escovar Salom, mi coetáneo, Luis Herrera y José Vicente Rangel, pero ahí había que pagar y, por supuesto, mi madre no tenía con qué). Estudié la primaria en la Escuela Lara, de Barquisimeto; en el Liceo Lisandro Alvarado, la secundaria hasta 4° año; en el Andrés Bello, el 5° año de bachillerato; y luego hice Filosofía en la UCV, con Ernesto Mayz Vallenilla. Es la primera promoción que se graduó en Filosofía [1951]. Hacerme comunista que ha sido la decisión más afortunada de mi vida, porque creo en la imperiosa necesidad de construir una nueva sociedad.

Militante devoto

Se había unido, en 1944, a Unión Popular Venezolana, fachada legal del PCV; y por esa misma época, como muchos comunistas, se inició en el periodismo de opinión, actividad, como dijo Pompeyo Márquez de sí mismo, escorada más a la militancia que al oficio reporteril. De hecho, el primer artículo de Mujica se publicó en El Nacional, en septiembre de 1944. Después de eso desarrollaría una intensa carrera en diversos medios venezolanos y de otros países. Es tarea pendiente la publicación, en una página de web, del periodismo de Héctor Mujica. Al egresar de la UCV, se fue a París, con una beca del Centro Cultural Venezolano-Francés. Obtendría un Certificado de Estudios Superiores en Psicología y Psicopatología, de la Universidad de París y el Hospital Santa Ana.

Por cierto, los liberales Imber y Rangel, que no se caracterizaban por ser zalameros con sus entrevistados -con nadie, en realidad-, se mostraron siempre muy respetuosos con el comunista Héctor Mujica en las repetidas ocasiones en que lo convocaron al estudio de televisión. En julio de 1976, cuando la célebre pareja tenía su programa en RCTV, lo invitaron para hablar de su reciente triunfo en los comicios del CNP (Colegio Nacional de Periodistas), donde Mujica fue electo presidente del gremio. Sofía abrió fuegos diciendo que «el limpio éxito» de Mujica «nos enorgullece a todos, que somos colegiados» y un instante después estaba afirmando que ese triunfo sorprendía porque Héctor era militante «del partido más cerrado y sectario de la izquierda marxista venezolana, que es el Partido Comunista ortodoxo».

—Devoto -deslizó él-. Militante devoto.

Y cuando Mujica explicó que la fortuna de su candidatura no había sido reclamada por el PCV como una victoria comunista, aunque sí lo era «de la línea política del PC, que es una cosa distinta, puesto que es una política de mano tendida, de mano abierta, de unidad gremial», Sofía Imber insistió en que el entrevistado había devenido presidente del CNP por su «prestigio como gremialista, como periodista, como docente en el periodismo», por su «simpatía personal» y por «la brillante campaña dándole la vuelta al país, no para arengar multitudes, que no votan en estas elecciones, sino para hablar directamente con los periodistas colegiados». Si esto fuera poco, Carlos Rangel, le preguntó por qué en ese no estaba en la directiva del PCV, siendo «el más brillante de los dirigentes comunistas y el más prestigioso (apartando los grandes viejos del PC), con mucha simpatía, con mucha cancha…». Lo dejó responder y entonces le lanzó una recta al pecho:

—¿Aquí no hay «gusanos», entonces? -le dijo Rangel, a quien Mujica, en calidad de director de la Escuela de Periodismo de la UCV (1958-64 y 1969-70), había incorporado como profesor.

—No creo que haya «gusanos». Yo creo que hay hombres, hombres y mujeres sobre la Tierra. Y creo en el espíritu. Porque yo no discrimino a nadie, Carlos. Jamás he discriminado a nadie. Me resulta odiosa toda discriminación.

Este intercambio de caballeros no impidió que Mujica le dijera a Rangel que su libro «Del buen salvaje al buen revolucionarlo» era «inadmisible» y que él quería rebatírselo al autor. «Debatirlo con Carlos, pero soy incapaz de escupirle a Carlos Rangel… Eso lo hace Pinochet pero no lo hace Héctor Mujica. Eso no lo hace un comunista y eso no lo hace un revolucionario».

Una candidatura pedagógica

Antes de ser presidente del CNP, Mujica había sido diputado suplente en el Congreso Nacional por el Distrito Federal electo por el PCV (1959-64); diputado principal por el estado Lara (1969-74); y presidente de la AVP (Asociación Venezolana de Periodistas), Distrito Federal (1967-68). Al concluir su periodo como líder gremial, en 1978, se convirtió en abanderado de su partido para las elecciones del 3 de diciembre de ese año. Era la segunda vez en la historia que el PCV concurría con candidato propio, la ocasión anterior había sido en 1948, cuando Gustavo Machado se enfrentó al triunfador Rómulo Gallegos y obtuvo un 3,5% de la votación nacional.

Como hicieron con todos los aspirantes a la Presidencia, Sofía y Carlos entrevistaron a Mujica varias veces. En diciembre de 1977 (estaban en Venevisión), lo invitaron por primera vez (como candidato) y empezaron el diálogo interrogándolo sobre el sentido de aquella aspiración, que desde luego no tenía ninguna posibilidad de hacerse con la primera magistratura del país.

Héctor Mujica no perdió ni un instante en mostrarse triunfalista o apostar a un avatar mágico. «Mi candidatura», explicó, «tiene varios sentidos. En primer término, enarbolamos la bandera de la unidad de las fuerzas progresistas, revolucionarias, democráticas, conscientes de que la revolución venezolana solo se puede dar con la unidad del pueblo venezolano y no sólo con los partidos de izquierda, sino con el pueblo adeco y el pueblo copeyano. […]  Y segundo, mi candidatura tiene un sentido de pedagogía política, porque en el proceso electoral hay que enseñar a los trabajadores de la ciudad y del campo a defenderse, a señalar sus derechos y a decirles qué se propone un candidato comunista y qué haría de llegar al gobierno».

Esta idea, de la campaña electoral como oportunidad para ejercer una pedagogía política, sería repetida por Mujica cada vez que un reportero le planteaba lo desesperado de su ubicación en la pizarra: de último. «Nuestro principal objetivo es educar al pueblo en su unidad, fundamentalmente en la unidad pueblo-trabajador y de los agrupamientos políticos que preconizan el socialismo. Yo he recorrido toda Venezuela, le he dado una y media vuelta al país, y he encontrado que este es un anhelo unánime de los trabajadores, ¿por qué no se unen?, me dicen. Si nosotros logramos, en lo que nos queda legalmente de tiempo, un candidato único de la izquierda, se convierte en una alternativa de triunfo, porque el descontento en Venezuela es muy grande, porque el deterioro de los dos partidos del sistema es muy grande y porque además muchos problemas no han sido solucionados».

La efigie del tirano

En abril de 1978, Imber y Rangel lo volvieron a invitar. Carlos Rangel le dedicó un elogio exquisito: «En Venezuela está ocurriendo algo novedoso, que se sale de la norma común de los partidos comunistas del mundo, acostumbrados a poner de candidatos a hombres de aparato, y es que el PCV ha lanzado a Héctor Mujica; esto es como si el PC francés hubiera lanzado a Aragón, o si el PC italiano hubiera lanzado a Passolini, o el PC español a Tapiés, o sea, un artista, un intelectual».

En esta oportunidad, Mujica seguía admitiendo que no tenía nada que buscar al lado de AD y Copei, pero sí confesó su fantasía de que el PCV obtendría « la más alta votación de toda su historia». Y en julio de ese año, a cuatro meses del evento electoral, cuando regresó al estudio de Buenos Días, vaticinó que la izquierda conseguiría un 20% de los votos. Esta vez los entrevistadores le lanzaron puyas con lo de la relación del PCV con la Unión Soviética, a lo que el larense contestó: «A nosotros que se nos juzgue por lo que vayamos a hacer. ¿Qué es lo que está prometiendo Héctor Mujica? ¿Meter en la cárcel a cualquier disidente que esté en desacuerdo? ¡Todo lo contrario! Yo creo que deben florecer todas las posibles corrientes de opinión en el país. Ahora, la única que no puede florecer en un gobierno democrático y popular, como el que nosotros propugnamos, será la conspiración para acabar por las armas con ese gobierno, pero el resto de disidencias pueden existir».

No sería el gobierno emergido de esas elecciones el que se intentaría acabar por las armas. Eso ocurriría en 1992, cuando Hugo Chávez y su banda empuñó las armas de la república contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez. En diciembre de 1978, el ganador fue Luis Herrera Campins, de Copei, con el 46,65% de los votos: Los cuatro candidatos de izquierda: José Vicente Rangel (MAS), Américo Martín (MIR), Luis Beltrán Prieto (MEP) y Héctor Mujica (PCV), recibieron el 7,76%: 5,14; 0,98%; 1,10%; y 0,54%, respectivamente. Sí, Mujica arañó 28.835 votos, la mitad de 1%. Una mingoña. Y al día siguiente se presentó en la Herrereña, a felicitar a Herrera Campins por su triunfo.

En 1990, fue elegido Presidente del PCV, cargo al que renunció tras el desplome de la Unión Soviética en 1991. «Para el año 2000», acota su hija, Andreína Mujica, también periodista, «ya Chávez tenía su programa Aló presidente, desde donde cambiaba gabinete, botaba empleados, amenazaba personajes públicos de la sociedad venezolana. Un 5 de marzo, le hizo una llamada en vivo a mi padre, quien le recriminó estar dividiendo a Venezuela. Ese discurso bélico y separatista traería consecuencias, él como político y verdadero humanista lo sabía y se lo hizo saber. Por eso, su muerte, ocurrida el 14 de febrero del 2002, fue doble, el Estado sepultó la memoria de mi padre con su silencio. Creo que él estaría agradecido de que no se utilizara su nombre y trayectoria para fines de apoyo a militares, no olvidemos que fue torturado y apresado en la penúltima dictadura militar en Venezuela».

—Me indigna -había escrito Héctor Mujica- ver la efigie del tirano, profusamente reproducida día tras día, en blanco y negro y a colores. Me molesta el derroche, el lujo en los avisos; la bonanza exagerada que traslucen unas páginas que, en verdad, no reflejan la situación exacta en que vive mi pueblo.

Empujones, tiros, ráfagas

Miembro del grupo literario Contrapunto, liderado por Andrés Mariño Palacios y fundado en 1946, la obra narrativa y ensayística de Héctor Mujica es tan interesante como injustamente desconocida. Son sus títulos: Pez dormido (1947), La historia de una silla (Antonio Leocadio Guzmán) (1958), El imperio de la noticia (1967), El imperio de la noticia (1967), Las tres ventanas (1970), Experiencias de un candidato (1979), Cuento de todos los diablos, La noche de los ayamanes, Chile desde adentro, Venezuela desde afuera, Los tres testimonios y otros cuentos (1967), Sociología de la comunicación (1980), El Inquieto Anacobero: Confesiones de Daniel Santos (1982), Como a nuestro parecer (1984), entre otros.

En “Los tres testimonios y otros cuentos”, está el siguiente fragmento: «Y vi dos hombres vestidos de kaki, con ametralladoras. Salía de la casa de doña Adela y llevaban al negro Julio, sí, el negro Julio, el de la señora Adela. Lo llevaban a empujones y lo hacían correr. Luego lo metieron en una camioneta grande, donde iban otros dos con kaki y ametralladoras y donde llevaban a militares y al catire Justo. Cuando prendieron los focos grandes, yo me escondí en un mogote. La camioneta enfiló hacia el río. Oí varios disparos, digo, varias ráfagas. Eso es todo».

Parece estar leyendo a las víctimas de las FAES, ante cuyos martirios el PCV de los tiempos del chavismo ha guardado silencio (para no decir que han sido sus cómplices y que han participado en el avasallamiento de la clase trabajadora operada por el bolivarianismo del siglo XXI).

Héctor Mujica murió en Mérida, donde había fijado residencia con su tercera esposa, el 14 de febrero de 2002. Ya venía muy delicado de salud y le sobrevino un paro respiratorio. Como dice su hija Andreína, los medios del Estado, entonces en manos de la coalición que integraba el PCV, no consideraron que este deceso fuera digno de mención.

 

 

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