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Horacio Biord C.: La gente, la pandemia y yo. El mundo, Venezuela y los venezolanos

La gente tiene miedo y yo también. Miedo de contagiarse, de morir, y yo además de no saber cómo será el camino de regreso a una progresiva normalidad o, más bien, su errática construcción. La gente tiene rabia, frustración. Yo no o no tanto. Rabia por tener que estar confinados sin saber muy bien por qué o por cuál causa en verdad; frustración por tantas cosas detenidas, entre ellas las laborales y económicas (que no son menores) así como personales y afectivas.

 

En este país que vive agónicos días contrapuntean voces agoreras. Por un lado, se predicen sin cesar catástrofes que, no obstante y gracias a Dios, nunca llegan o no han terminado de llegar, como apagones definitivos, colapsos inminentes de todos los servicios, situaciones insostenibles en todos los ámbitos. Casi como por arte de magia esas calamidades se mitigan de alguna manera y se prolongan así la escasez, la irregularidad y la corrupción generada en torno a bienes y servicios escasos. Por otro, relatos cercanos a la posverdad, expresados muchas veces en la neolengua de la pospolítica, hacen todo más oscuro, deconstruyen la realidad y la rehacen a la medida de determinados intereses, tornando más incomprensibles las situaciones. Para ello se emplea el canto falaz y en sí mismo pervertido de un supuesto paraíso amoroso. El contrapunteo entre narrativas contrapuestas se mantiene y los cantores en duelo, con amplias barras que aplauden hasta sin saber por qué ni cuándo han de hacerlo, no logran imponerse. A veces confundimos al Diablo con Florentino o no logramos identificarlos en medio del duelo incesante que nos arrastra sin cesar. La gente, yo, todos tenemos razones objetivas para estar desconcertados.

 

Me desconcierta de manera particular lo que ineluctablemente habrá de pasar, lo que habrá de pasarnos quiero decir, en esos días que desde ahora llamamos, añorándolos, «pospandemia». Se trata de una especie de territorio incierto, imaginado sin escollos de ningún tipo por las fantasías que cada quien se formula desde su propio imaginario. Ha de ser, sin embargo, un tiempo radicalmente complejo o, si se prefiere, un terreno muy anfractuoso, nada plano y quizá muy distinto a la imagen del Paraíso Terrenal nunca destruido para alimentar así el sueño de un estadio menos caótico que este que vivimos. Su concreción real, sin embargo, se puede prever con un mínimo de sindéresis, lógica prospectiva y objetividad.

La gente, mucha gente, se autoflagela y martiriza. Yo no; al menos no por esa fantasía de la pospandemia. ¿Para qué sufrir con los densos nubarrones que ha traído y dejará la pandemia en el mundo y en Venezuela? ¿No es demasiado ya el sufrimiento y la muerte de tantos miles de personas, la partida de tantos amigos en otras latitudes? Aquí aún no tenemos listas de seres queridos afectados, rostros visibles más allá de los casos reportados por las autoridades con énfasis excesivo en la procedencia de los afectados y la posible forma de los contagios.

La gente, mucha gente, al menos, se imagina que las personas al no más empezar a transitar los parajes supuestamente luminosos del reino feliz, resguardado e infranqueable de la pospandemia serán más generosas, solidarias y, en muchos sentidos, más «humanas» y menos «masa». Llevado esto al plano de las relaciones internacionales y las instituciones, mucha gente cree, o podría creer, que nos esperan gobiernos e instituciones también más justas y orientadas más a las personas y menos a sus propios intereses coyunturales. Aquí, en mi opinión, fenece la utopía. Ni la gente, ni los aparatos gubernamentales de cada de país ni las instituciones (exceptuando, por supuesto, a las organizaciones con fines humanitarios) se transformarán por el solo efecto de la pandemia. A la llamada Gripe Española de 1918, ocurrida tras la también devastadora Gran Guerra o Primera Guerra mundial y pese -para los creyentes- al amable mensaje de la Virgen aparecida en Fátima, le siguieron dos décadas de crecientes tensiones y luego la Segunda Guerra Mundial.

Sin querer ser despectivo, porque creo en muchos de los valores asociados, una ingenua prédica pacifista neo-hippie y una simplona actitud de «nueva era», como la que pareció recorrer el ánimo y la industria «milenarista» (incluidos tantos vanos libros, folletos, videos, asesorías y cursos que prometían desde sanar el alma y el cuerpo hasta hacer prosperar las finanzas, etc.) en especial durante la década de 1990, se mezclan en ese deseo de supuesta superación y salvación en bloque de la «humanidad».

Tras terminarse la pandemia y producirse el desconfinamiento, gradual pero inexorable, emergerá una normalidad más real que la imaginaria. Nos reencontraremos con los conflictos no resueltos, con las injusticias y exclusiones que han generado complejos problemas políticos, con mercados aquejados por el parón económico, con una gran parte de la humanidad triste y afectada por tanto dolor y tropiezos, con ilusiones de mejoramiento y optimización que se irán resquebrajando. En la pospandemia, la epidemia, en cierta forma, continuará, tocándonos con sus largos dedos, arañándonos con sus uñas bestiales, con sus consecuencias desastrosas.

Quedarán huellas y cicatrices. Como suele ocurrir en la vida real, en eso que llamamos así para referirnos a la realidad empírica y sensorial, no habrá pócima ni conjuro que las desaparezcan de inmediato. Tendremos que lidiar con ellas.

Para mí ha sido placentero el confinamiento y lo elogio como pausa, como recogimiento; pero más allá de mi gusto personal, se impone una meditación de lo que enfrentaremos en el mundo y en nuestro país. En el todo interconectado que es el planeta quizá debería prevalecer una visión más universalista que globalizadora. La diferencia entre una y otra son la inclusión, el respeto y la valoración de la dignidad de las partes, como segmentos diferenciados con legados, aportes y derechos en un nuevo orden mundial, frente a la visión globalizadora que en nombre de premisas de igualdad y libertad termina favoreciendo intereses particulares y excluyendo a grandes sectores de la humanidad. En medio de esa tensión, debemos recordar que no hay ángeles ni solo demonios en un lado o en el otro. Demonizar una posición y absolver ingenuamente a la otra, sin la consideración de las multiformes particularidades y las acomodaticias posiciones de gran parte de las dirigencias de unas y otras, sería un craso error. Tal vez, en la ruta sugerida por el papa Francisco de declarar el año de la encíclica “Laudato si” sobre ecología y el entorno ambiental, hagamos de la reflexión sobre el hombre y las realidades bióticas y abióticas una oportunidad para repensar-nos como seres y elementos naturales interdependientes.

La normalidad venezolana, en cambio, me llena de interrogantes. El ensueño de un país de concordia y entendimiento, de inclusión y bienestar colectivo, es la utopía que anima a no desfallecer y alumbra los pasos difíciles que cada vez tornan a hacerse más frecuentes.

Si para el mundo hay una ruta en la reflexión sobre la “Laudato si”, para Venezuela solo se me ocurre una relectura crítica de nuestros clásicos, de las obras fundamentales que han alimentado y ayudado a plasmar el imaginario social sobre el país que fundamentó los modelos imperantes entre 1936 y 1986, por señalar un lapso determinante de medio siglo.

Repensar el mundo y repensarnos en el mundo, repensar a Venezuela en el mundo desde una perspectiva venezolanista, tal vez nos ayude a enfrentar las crisis de la pospandemia que ya se nos vienen encima, antes incluso de adjudicárselas al covid-19.

 

Horacio Biord Castillo: Escritor, investigador y profesor universitario

Contacto y comentarios: hbiordrcl@gmail.com

 

 

 

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