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Hundimiento y política venenosa

«Esa 'política venenosa', que ha emponzoñado la salud y la economía del país, es lo único que ha salido más fuerte (de la primera ola) de la pandemia»

“¡Cómo va a prosperar un país cuando un portal sí y otro no es un bar, y en el del medio venden vino!”. La cantinela, repetida con la cansina percusión de la edad avanzada, forma parte de los sonidos de mi infancia. Dejé de oírla a finales de los setenta (del siglo pasado) porque la biología no perdona. Pues verá usted, abuelo, ese país pudo prosperar, y mucho, en buena medida gracias a que un portal sí y otro no alojaba un bar; un bar cada día más limpio, atractivo y moderno, y sí, en el del medio puede que siguieran vendiendo vino, pero ya era de creciente calidad. Este país tan aficionado al ocio, al jolgorio, a la celebración diaria, fue capaz de prosperar, y mucho, cuando esa forma alegre y despreocupada de encarar la vida estuvo acompañada de seguridad, tranquilidad y una mínima dosis de solvencia. Llegamos a ser casi campeones mundiales en la atracción de turismo internacional, en dura competencia con Estados Unidos y Francia, nada menos. El turismo se convirtió en la primera industria nacional en creación de riqueza y empleo. La primera, sí. Con bares, terrazas, restaurantes, cuidada gastronomía y fantásticos vinos como sellos del pasaporte hispano para el festejo vacacional de la buena vida.

¿Qué cambió para que un lastre puritano se transformara en motor de prosperidad? Pues verá usted, abuelo, cambió mucho lo importante, y poco todo lo demás.  El clima y el paisaje siguieron, como siempre, combinando benignidad y sorpresa. Redescubrimos, y empezamos a enseñar, tesoros de nuestra Historia que estaban ahí desde siempre, demasiadas veces demasiado abandonados. Y llenamos las playas de casas y de gente; de más casas y mucha más gente. Pero lo que realmente cambió, y logró que España fuera tan atractiva para tantos en todo el mundo, es que logramos ser un país seguro y fiable; con frecuentes trenes y aviones que lo conectaban todo y que -¡sorpréndase!- llegaban a su hora; con la tranquilidad de un sistema sanitario capaz de cuidar al visitante si tenía la mala pata de caer enfermo; con niveles de delincuencia inferiores a los de los países de nuestro entorno, y hasta con la misma moneda que casi todos los vecinos europeos, para evitar el engorro de estar cambiando dinero en frontera. Todo eso son cosas, útiles pero no decisivas, porque lo que realmente nos convirtió en un país seguro y fiable son esos valores intangibles del Estado de derecho y la democracia, y también de pertenencia a Europa, con las puertas abiertas al mundo y voluntad de competir con los mejores del mundo.

Ocurrió. Ya es pasado. Un pasado reciente y ojalá recuperable. La hecatombe que desató en marzo la pandemia llevó a cero, exactamente a cero, las entradas de viajeros internacionales en abril y mayo, y casi a cero en junio. No ha habido recuperación del turismo en julio y agosto, y lo previsible es un frenazo adicional para lo que queda de año. Poco va a aportar esa “primera industria” nacional al escuálido PIB de este año (de momento, un 74% menos que el año pasado). De enero a agosto, la cuarta parte de lo que aportó en esos ocho meses de 2019, y eso gracias a que contamos los ingresos de enero y febrero, antes de la pandemia. Por comparar, un último dato: la suma de ingresos por turismo internacional en los seis meses que van entre marzo y agosto de este año equivale al importe de esa partida solo en abril del año pasado. Un seis por uno. ¿Quién da más?

Pero lo peor no es todo lo que ya ha ocurrido, sino todo lo que queda por venir. “The pain in Spain” fue un juego de palabras que puso de moda la revista The Economist en la anterior crisis. Henchidos de éxito, es célebre su portada con la “S” de Spain cayendo sobre la cabeza de un españolísimo toro. Lo han vuelto a hacer esta semana: “Spain’s poisonous politics have worsened the pandemic and the economy. Its record is Europe’s worst on both counts”. Esa “política venenosa”, que ha emponzoñado la salud y la economía del país, es lo único que ha salido más fuerte (de la primera ola) de la pandemia. Y su promotor principal, el inefable presidente del Gobierno, parece encantado de su capacidad para seguir inoculando veneno (en esta segunda ola) hasta hundirlo todo. Eso sí, con la excusa de criterios técnicos tan fiables como sus fantasmagóricos comités de expertos. Porque el veneno, en primer lugar, destruye esos intangibles en los que se basa la confianza: la seguridad jurídica, la institucionalidad, la garantía de que las decisiones políticas se toman por criterios objetivos y no ad hominem con el propósito de hundir al contrincante… esas pequeñas cosas que separan democracias de autocracias.

Con Madrid, Su Persona ha ensayado todas las formas de esa política venenosa que utiliza la pandemia como palanca de poder para la destrucción del adversario, en lugar de buscar las palancas correctas para minimizar la pandemia y reflotar la economía. Hay días en los que parece que todo el Consejo de Ministros se hubiera contagiado de esa afición letal, tan preciada por el comunismo, por inventar un “hombre nuevo” masacrando al hombre (y a la mujer) que hay. Pero aún sin revoluciones culturales chinas ni degeneraciones chavistas -más allá de la retórica podemita- avanza imparable la desconfianza que genera la arbitrariedad.

Un ejemplo políticamente incorrecto. Es bien sabido que la primera ola del Covid hizo estragos en las residencias de mayores: una vez entraba allí un contagiado, en esos meses sin test ni mascarillas ni EPIs ni nada, la expansión de la enfermedad entre los ancianos era -además de rápida- letal. Se les abandonó a su suerte, a su mala suerte. Ahora, desde el verano, esta segunda ola ha concentrado sus brotes más descontrolados entre personas jóvenes que conviven muchos en muy pocos metros, por la sencilla razón de que el hacinamiento hace imposible mantener la distancia interpersonal y toda la higiene que exige el Covid. Además, la mayoría de esos jóvenes contagiados son asintomáticos y solo van al médico en caso de extrema necesidad. Se mueven, trabajan, sobreviven… viven aunque vayan contagiando sin saberlo.

Sí, es políticamente incorrecto decir que lo eficaz, lo que recomiendan los expertos, es una política de rastreo, detección y cuarentena, obligatoria siempre, sufragada siempre que sea necesario. Hacerlo así sería mucho más eficaz y tendría un coste muy inferior a cerrar sin más Madrid y sus ciudades-satélite de más de 100.000 habitantes. Nada. Es más cómodo esgrimir igualitarismos y cerrarlo todo. Da igual que el coste sea hundir una economía ya muy hundida. ¿Por qué? Pues porque en la política venenosa lo de lo menos es el virus y lo de más el juego de ventajismo político.

Solo decirlo es políticamente incorrecto. Hasta que deje de serlo. Para entonces, la política venenosa habrá avanzado demasiado en el hundimiento de todos nosotros.

 

 

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