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Isabel Coixet: Excusas

Llegamos a la parada de metro de la basílica de Saint Denis. Hemos dejado muy atrás a los turistas que invaden estos días París. Pero sólo separan once paradas de metro este lugar de la Place Vendôme. En cuanto salimos a la superficie, nos recibe la silueta desgastada y rotunda de un edificio brutalista de principios de los setenta. A sus pies, un mercado dominguero donde se mezclan franceses de todo origen: antillanos, argelinos. senegaleses, marroquíes, tunecinos… Mujeres, hombres, niños.

Muchos velos y turbantes al lado de alambicados corsés en vinilo negro con cadenas y diminutos tangas de animal print.

La democracia, creo, también es eso: votar arrugando la nariz, porque ha costado mucho tener ese derecho y, más aún, si eres mujer. Donde se vota hay siempre algo de esperanza

Tapetes para rezar y reproducciones en metal de textos del Corán se codean con logradas imitaciones chinas de las zapatillas deportivas Yeezy. Un vendedor de gafas de sol proclama el origen italiano de estas a gritos: «Lunettes d’Italie, lunettes d’Italie, lunettes d’Itaaaaaaalie». Muchos carritos de la compra, muchas sillas con niños que no quieren estar en esas sillas. Entramos en la parte cubierta del mercado y tomamos un cortado en una barra que todavía guarda una separación en plástico entre camareros y clientes. El propietario habla con un hombre. Mi pareja les pregunta por quién votaron: uno, por Macron; el otro, que en la primera tanda había votado por Mélenchon, en esta se abstuvo. «Todo está manipulado, da igual el candidato, da realmente igual porque nuestra vida no cambiará». En las últimas semanas hemos escuchado muchas veces esa afirmación. Yo misma la he pensado muchas veces a la hora de votar en mi país y, sin embargo, aunque he estado tentada muchas veces de abstenerme, he acabado votando. La democracia, creo, también es eso: votar arrugando la nariz, votar porque ha costado mucho tener el derecho de votar y, más aún, si eres una mujer. Votar porque en los sitios donde se puede votar hay siempre un resquicio de esperanza. En los otros, no la hay. De eso estoy segura.

Los del bar nos recomiendan que vayamos a la fiesta de los tulipanes en el parque de la Legión de Honor. Vamos y una auténtica avalancha de tulipanes de todos los colores nos recibe. Hay niños corriendo por la hierba y una orquesta de hombres en pantalón de peto. Mujeres africanas, de Costa de Marfil, cocinando; puestos de copas de champagne a tres euros, zumos, galletas, vinos naturales; adolescentes haciendo ejercicios con aros al ritmo de Stromae.

Pedimos un cuscús en una de las terrazas y nos sirven una olla hasta los topes con caldo y verduras y pollo y merguez y sémola en cantidades industriales. Me traslada inmediatamente a Fez: sabe tan auténtico como los que comía allí casi cada día. Hablamos con la camarera, que es portuguesa, y nos dice que la cocinera es una mujer serbia de 75 años. Y nos cuenta que está ayudando a la mujer y a su marido, que hace poco que han reabierto el lugar, después de la Covid. Se ha abstenido en las elecciones –dice– porque trabaja en una asociación que acoge a gente sin hogar y, como en los últimos meses han aumentado mucho, no ha podido prestar atención a los candidatos. Probablemente, esta sea la mejor excusa para la abstención que he oído nunca: no he votado, dice, porque llevo un año duchando y cortando el pelo y vistiendo a personas que hacía meses que no se lavaban. Los que no hacemos eso no tenemos excusa.

 

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