El líder ayatolá Alí Jamenei. (AFP)
Alí Jamenei había previsto su muerte. Dejó una lista de sucesores por si Estados Unidos atacaba Irán y alguna de las bombas o las balas de Donald Trump acababan con su vida, como al final ha sucedido. El país afronta ahora el vacío que deja un dirigente que ha guiado el destino del país durante cuatro décadas. Aunque esa no fue su vocación inicial. Nació hace 86 años en Mashhad, al este del país, y tras los pasos de su padre y de dos de sus hermanos dedicó su juventud a los estudios religiosos. En seminarios chiís a los que acudía en Teherán conoció al ayatolá Jomeini, su maestro y el líder que cambió su vida.
Cuando se cruzaron, Jamenei era un joven y Jomeini, un veterano líder con mucho prestigio. El ‘Gran Ayatolá’ mostraba continuamente su oposición a las políticas proamericanas y proisraelíes del Sha de Irán. Como consecuencia, tuvo que irse del país, exiliado, en 1964. Jamenei fue uno de los sucesores que tomó su bandera. También lo pagó. Pasó por la cárcel en varias ocasiones y se vio obligado a vivir desterrado fuera de Teherán.
El rumbo de Irán giró por completo cuando la Revolución Islámica derrocó al Sha en febrero de 1979. Jamenei ya era un líder reconocido y apoyó a Jomeini para establecer un régimen islámico. Era una teocracia con una división de poderes insólita: el presidente del país, elegido por sufragio universal, quedaba subordinado al guía espiritual, a Jomeini, que se regía por la ley divina y que tenía bajo su control los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, así como el ejército y los medios de comunicación.
La invasión iraquí de Irán, en 1980, impulsó la figura de Jamenei, viceministro de Defensa. Consolidó el poder de la Guardia Revolucionaria, los guardaespaldas del régimen. Sufrió un atentado en junio de 1981 del que salió vivo aunque con una mano paralizada. Jomeini lo elevó aún más hasta facilitar su elección como presidente de Irán en 1981. Quedaba un último escalón. El ‘Gran Ayatolá’ dirigió su dedo hacia Jamenei y lo designó como su sucesor. El guardián de las esencias y el garante de la continuidad de la revolución.
Represión contra las protestas
Tras la muerte de Jomeini en junio de 1989, Jamenei se convirtió en el nuevo Líder Supremo, pero nunca ha tenido el respaldo popular de su antecesor. Su figura se ha sostenido con la fuerza de la Guardia Revolucionaria y las milicias aliadas en otros países. Desde ese trono espiritual, ha mantenido enfrentamientos con varios presidentes del país. La última palabra siempre ha sido suya. En paralelo, ha actuado con mano dura ante los movimientos estudiantiles y sociales en favor de la apertura del régimen.
Aplastó las manifestaciones que bajo el lema ‘Mujeres, Vida, Libertad’ llenaron las calles en otoño de 2022 y, de nuevo, este pasado mes de enero cargó contra los que protestaban por el hundimiento económico del país. En los dos casos hubo miles de muertos. La respuesta popular ha ido en aumento, pese a la fuerte represión.
Con Jamenei al mando, Irán aprovechó la invasión estadounidense de Irak, en 2003, para expandir sus redes en el país vecino. También amplió su sombra sobre Siria y el Líbano. Al mismo tiempo, Teherán desarrolló su programa nuclear. Eso desató las alarmas en Occidente y en Israel. Las negociaciones sobre un pacto atómico han registrado muchos altibajos, hasta que en junio de 2025 Donald Trump ordenó el bombardeo de las instalaciones nucleares del régimen islamista. Aun así, Washington no acabó con toda la infraestructura y estas últimas semanas se han intensificado los contactos en busca de un acuerdo. Teherán insiste en que sólo quiere energía nuclear para fines civiles. Trump, que no ha dejado de repetir que Irán «nunca» tendrá la bomba atómica, ordenó el sábado el ataque que ha acabado con Jamenei.
