Jorge Vilches: Me duele Europa
«El continente carece de proyecto de futuro, está en una parálisis moral, se deshace por momentos, y las nuevas generaciones no sienten apego a la democracia liberal»

Ilustración de Alejandra Svriz.
riticar a Europa y a su Unión está muy visto. Ya sabemos cuáles son sus defectos, su conversión en unresort asistencial y la falta de protagonismo internacional. Conocemos de sobra el suicidio de Occidente y la letra de la Decadencia. La cantinela es tan frecuente que se ha convertido en un género ensayístico. Unos hablan del próximo apocalipsis «ultra» y otros de la negligencia y traición de las élites europeas. Por un lado se dice que la globalización y la inmigración, el multiculturalismo, el pacifismo infantil y el ecologismo nos han hundido como civilización, y por otro lado se extiende el miedo al conservadurismo identitario y a la reacción popular y juvenil frente a la estafa política. A su vez, todos dicen que nos hemos vendido a alguna potencia exterior, ya sea EEUU, Rusia o China. En fin, el fenómeno es tan sabido que podemos ya pasar del «Me duele España» al «Me duele Europa» como eslogan del actual Zeitgeist.
El nuevo orden mundial ha dejado a Europa en su sitio: somos espectadores de la actual Guerra Fría entre EEUU y China. Es la segunda vez desde 1945, cambiando a la URSS por el gigante oriental. No tenemos fuerza militar, ni tecnológica ni cultural. No pintamos nada más que como lugar de refugio de los desplazados por los conflictos que generan las grandes potencias. Los europeos, no solo sus dirigentes, han destruido las raíces occidentales impulsados por una falsa idea de progreso basada en el desmantelamiento de lo que somos. Nos concebimos como un error histórico, y criamos generaciones de acomplejados de su país y su cultura, de su sociedad, su estructura familiar y sus creencias.
Somos responsables de lo que ha pasado. Por ejemplo: permitimos que este Gobierno socialista cierre las centrales nucleares —salvo en Cataluña— perjudicando profundamente nuestra autonomía energética y, por tanto, económica, y no hacemos nada. O nos contentamos con un «No a la guerra» sin matices, en un idealismo autolesivo, sin percatarnos de que nos aleja del resto de países europeos y favorece a nuestros enemigos, como Rusia, China y el islamismo radical. O volvemos la cabeza cuando España se ha convertido en la puerta de entrada de la inmigración ilegal en Europa. Y nos callamos ante ministros de Cultura posmodernos que desprecian el legado occidental y pretenden deconstruirlo para satisfacer la ideología de la izquierda woke.
¿Cómo no va a doler Europa? El continente carece de proyecto de futuro, está en una parálisis moral, se deshace por momentos, y las nuevas generaciones no sienten apego a la democracia liberal. Hemos volcado nuestros esfuerzos en el bienestar material, y ahora la gente prefiere un gobierno autoritario que le proporcione empleo y vivienda a elegir democráticamente a sus dirigentes. Han adoctrinado tanto sobre cómo no debemos ser y pensar, cómo ser un buen ciudadano europeo progresista, ecologista y feminista, que los jóvenes se revuelven ante tanta imposición. Y en su ceguera, el establishment político y mediático los llama «ultras».
Estaría bien que en esta ocasión no cayéramos en el «Me duele España» de Unamuno, aquel grito regeneracionista que negaba el presente y el pasado y se aferraba a un sentimentalismo estéril. Va a ser difícil porque vivimos en la dictadura de las emociones, de las identidades y el victimismo, de los gestos y la demagogia. Los intelectuales nos muestran su pesimismo crítico, mezclado con intolerancia y wokismo de derechas y de izquierdas, más atentos a negar que a construir. De hecho, no tomamos conciencia, sino que nos señalamos los unos a los otros como responsables de los errores. Estamos rodeados de nuevos regeneracionistas virtuosos del «yo ya lo dije», y de algunos que solo hablan a los suyos para conseguir su aplauso.
«Una civilización no se salva con consignas ni administrando nostalgias, sino recuperando la voluntad de pensarse a sí misma»
No en vano, quienes piensan en la deriva totalitaria de la izquierda, o en su práctica desaparición en algunas regiones europeas, añoran los tiempos de la hegemonía socialdemócrata pero no dicen cómo volver a ella. Otros se afanan en buscar enemigos de la situación, señalando al liberalismo, por ejemplo, y recrean con la enfermedad de la nostalgia un pasado que no volverá. Si hubieran reflexionado sobre la historia, como señaló Jakob Burckhardt, se darían cuenta de que nada vuelve a su forma primigenia. No hay marcha atrás en la historia.
No obstante, hay cosas que se pueden hacer para evitar ese dolor de Europa. La primera es convertirla en una potencia militar con voz propia en el orden internacional, invertir en tecnología y vender caro. La segunda es dar entrada solo a quienes vienen a aportar, no a aprovecharse. Es lo que hace cada uno de nosotros en nuestra propia casa o vida. La tercera es reforzar la autonomía energética del continente, con nucleares, para evitar la dependencia. La cuarta es sentir orgullo por quienes hemos sido, como hacen China y Rusia, y resaltar el legado cultural de siglos. Putin ha incorporado el zarismo y el estalinismo -agua y aceite- a su discurso histórico, y China se piensa como un pueblo milenario y superior al cambiante y acomplejado occidental. Por último, ser conscientes de que hemos fallado y tenemos una estructura europea que ahora no funciona. Burke nos diría: conserva lo que funciona, reforma lo que ya no sirve. Va siendo hora.
Quizá Europa solo pueda dejar de dolernos cuando aceptemos, con la serenidad que da la conciencia histórica, que una civilización no se salva con consignas ni administrando nostalgias, sino recuperando la voluntad de pensarse a sí misma. Solo entonces volveremos a ser dignos herederos de aquello que decimos defender.
