Jorge Vilches: Populismo de sauna
«Sánchez no pretende hacer una campaña con datos y sentido de Estado, sino con una niebla de emociones»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La inmigración iba a ser el motor emocional que impulsara la campaña electoral. Al PSOE le serviría para atraer al voto de la extrema izquierda, alimentar a Vox en la derecha (lo que divide el voto de la oposición) y dejar fuera de juego al PP, que no tiene una propuesta propia en este tema. Sin embargo, Ceuta estropeó el plan. La invasión hizo imposible vender la España de regularización masiva y la cantinela de «¿quién va a pagar las pensiones?». La Unión Europea culpó de la situación ceutí tanto a Marruecos como a Sánchez, y presentó a nuestro país como víctima de la guerra híbrida. El desastre validó la idea de que tanta inmigración ilegal crea más problemas de los que resuelve y resulta más costosa en términos económicos de lo que aporta como beneficio a las arcas comunes. El colmo fue cuando se dijo que tantos inmigrantes habían aumentado la demanda de vivienda, y que eso la había encarecido desorbitadamente. Con este panorama, sacar la inmigración como tema estrella en las elecciones generales era un error para el PSOE.
Pero el sanchismo es especialista en usar las desgracias y en politizar el dolor. Así, el PSOE vio una oportunidad cuando la extrema izquierda moribunda intentó resucitar utilizando a Maricarmen para denunciar el problema de la vivienda. El activismo vistoso de la Puerta del Sol atrajo a los medios y creó el relato. Esa combinación de emociones y victimismo en nombre de la justicia social es un anzuelo muy conveniente para pescar electores progresistas. De esta manera, el sanchismo encontró una solución al motor gripado de la inmigración: arrebatar a los extremistas su tema estrella, el de la vivienda, y absorber su voto. Lo hizo consciente de que el trabajo para convencer al electorado es mucho mayor: debe ocultar su incompetencia durante ocho años con una batería de decretos de urgencia y con muchísima demagogia.
Para hacer creíble este cambio de motor, ha potenciado el populismo contra el orden institucional y jurídico. En su discurso, Sánchez ha sustituido la legitimidad de las Cortes por la de las calles. Esto lo ha hecho por dos motivos. El primero es que necesita esconder que no ha sido capaz de aprobar nada en el Parlamento para «beneficio del pueblo». Así, Sánchez se presenta como verdadero representante de la ciudadanía por encima del veredicto de las urnas, de las mayorías parlamentarias y del procedimiento legal. Quiere ser identificado como el portavoz del malestar social. De ahí la demagogia de los decretos de urgencia, la culpa atribuida a la derecha y la huelga general contra el PP y Vox. Sin embargo, esto, que funciona desde la oposición, no es creíble cuando ha estado ocho años en el Gobierno. La sensación que tiene la ciudadanía es que llega tarde -en el mejor de los casos- o que está mintiendo -lo más natural en Sánchez-.
La segunda razón para usar el lenguaje de la extrema izquierda para deslegitimar las instituciones -no solo las Cortes, sino también el Poder Judicial- es absorber su voto. De otro modo, esa representación de hombre radical no sería creíble. El presidente debe parecer un antisistema para convencer al electorado de Podemos, Sumar y demás grupos de que él es el refugio de la izquierda y el epítome de sus aspiraciones colectivistas. Además, esa jerga populista que enfrenta a las instituciones y al pueblo es muy útil para la polarización y la movilización que necesita. Pensemos que cuantas más emociones haya en la campaña, menos realidad y datos habrá y, por tanto, menos se podrá demostrar que el suyo ha sido un Gobierno fallido y nefasto.
La desesperación de Sánchez, en suma, nos coloca frente a una campaña singular. Tenemos al frente del Ejecutivo al populista más irresponsable de nuestra historia. Habrá que ver cómo responde la sociedad española a esta farsa tras cincuenta años de vida democrática. Me espero lo peor. Además, serán, por primera vez, unas elecciones para salvar el orden democrático. Sánchez quiere un sistema de gobierno personal, sin controles ni contrapesos, con el Estado a su servicio. Feijóo y Abascal encarnan -o eso parece a día de hoy- el deseo de reforzar las instituciones democráticas, su independencia y fortaleza, de cara a evitar a los próximos tiranos. Y, por último, estaremos atentos al CERA y al voto por correo en la cuestión de la ‘ley de nietos’. Unos cientos de votos en las circunscripciones adecuadas pueden cambiar la historia de un país.
Sánchez no pretende hacer una campaña con datos y sentido de Estado, sino con una niebla de emociones. Cuanto más caliente esté el ambiente, menos preguntas habrá sobre su balance de gestión. Al fin y al cabo, esa es la esencia del populismo de sauna.