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«Kamiwaza es una asignatura de Japón que debería estar en todos los colegios, no ya de España, sino del mundo»

Fernando Botella, autor de ‘Salta contigo. ¿Y si eliges ser valiente?’ considera que con frecuencia los padres están llenos de temores que trasmiten a sus hijos: «Hay que enseñar a los niños que lo normal es vivir en entornos de inseguridad porque el mero hecho de comprender esta realidad les va a hacer más fuertes cuando sean adultos».

 

Para el autor de ‘Salta contigo. ¿Y si eliges ser valiente?, Fernando Botella, es fundamental educar a los hijos en la valentía y enseñarles que este es un mundo hecho para valientes y darles argumentos para que entiendan lo importante que es que ellos también lo sean. «Y, cuidado, porque con valentía no me refiero a enseñarles a ser insensatos, sino a atreverse a afrontar con naturalidad las muchas incertidumbres que se les van a presentar durante su vida».

¿El valiente, nace o se hace?

En todos los casos, tanto para el que se atreve como para el que no, se hace; es una cuestión de aprendizaje, de la educación que recibimos cuando somos jóvenes. Hay que dejar a las personas equivocarse y enseñarles a aprender de sus errores.

Y hay que mostrarles que el camino más directo hacia la consecución de los propios objetivos es el del coraje, y que a veces no queda más remedio que tomar algunos riesgos para avanzar. Que necesitan atreverse a hacer cosas. A dar el salto. Sin incurrir en la imprudencia, pero tampoco en el conformismo. A veces la obsesión por movernos siempre en entornos de seguridad es el mayor de los peligros.

¿Cómo pueden conseguir unos padres limar la inseguridad de los hijos? ¿O es que los padres lo son también?

Una técnica fundamental es acompañarlos en sus retos. Durante su vida, nuestros hijos afrontan diferentes desafíos de todo tipo, y nosotros tenemos que estar cerca de ellos en esos momentos cruciales. No para resolvérselos como harían esos padres ‘helicóptero’ que no pueden soportar la idea de sus hijos se estrellen, sino para entenderles, para escuchar lo que tengan que decirnos y para hacerles preguntas. Esa labor de indagación de los padres es esencial para identificar las inseguridades de sus hijos y ayudarles a superarlas.

Eso sí, para poder educar en valentía, hay que predicar con el ejemplo. Y el problema es que con frecuencia los padres también están llenos de temores que trasmiten a sus hijos. Lo ideal es enseñar a los niños desde pequeños que lo normal es vivir en entornos de inseguridad, porque el mero hecho de comprender esta realidad les va a hacer más fuertes cuando sean adultos.

¿Cuáles son las principales barreras que nos impiden arriesgar?

Con frecuencia se hace referencia al miedo como la gran barrera a superar. Pero me gustaría romper una lanza en favor del miedo, que es una emoción perfectamente natural y un magnífico mecanismo de defensa que nos ha permitido a los seres humanos llegar muy lejos. Los problemas llegan cuando el miedo se convierte en tóxico y toma el control de las personas, atenazándolas. Cuando empezamos a imaginarnos que no vamos a conseguir nuestros objetivos y que vamos a fracasar en aquello que queremos emprender antes incluso de empezarlo.

Otra barrera es el exceso de cautela. La prudencia en sí misma es una virtud que nos ayuda a tomar mejores decisiones. Pero, una vez más, en dosis excesivas nos bloquea y nos impide ponernos en movimiento.

Finalmente, la educación también puede actuar como obstáculo. Fundamentalmente porque, por regla general, se nos educa para seguir la corriente, lo establecido, no para desafiarlo. Y ser valiente implica un poco de rebeldía frente a la norma comúnmente aceptada.

¿Qué hace falta para atreverse a saltar?

En mi opinión esencialmente hacen falta tres elementos. El primero es generar entornos de confianza que sean permeables al error y fomenten el autoaprendizaje. Un segundo factor es permitir la autonomía. Una autonomía acompañada, en el caso de los niños y los jóvenes, pero con suficiente entidad para que ellos puedan tomar sus propias decisiones. Y el tercero es apoyar el fracaso cuando llegue –y llega– para comenzar a reconstruir sobre él.

¿Por qué da tanto miedo sentir que no se tiene todo bajo control, que no va a suceder aquello como uno quiere?

Nos da miedo porque hemos sido educados para que nos lo de, para que huyamos como de la peste de aquello que no podemos controlar. Lo cual, si lo piensas, es un completo sinsentido y una fuente permanente de frustración, porque la mayor parte de las cosas que nos suceden en la vida escapan a nuestro control. Nuestro problema no es la ausencia de seguridad, que es inevitable, sino nuestra incapacidad para desenvolvernos en entornos de inseguridad.

En el cuarto capítulo de su libro habla de que en lso colegios de Japón se estudia Kamiwaza y nos reta a atrevernos con esta materia. ¿Qué es exactamente? ¿Deberían incluir esta asignatura los centros escolares españoles?

Kamiwaza significa algo así como “divinidad del ser humano”, una divinidad que se traduce en la capacidad de hacer en cada momento aquello que debe hacerse, incluso cuando se trata de algo que nos desagrada o nos infunde temor. El Kamiwaza nos ayuda a inhibir ese temor y a actuar con valentía, perseverancia y pensamiento crítico.

Como anécdota, diré que el talent show televisivo que aquí conocemos como «Tú sí que vales», en Japón se llama Kamiwaza. Y efectivamente, allí es incluso una asignatura que se imparte en los colegios dentro de la rama de las artes. Kamiwaza es el arte del atrevimiento. Una materia tan importante o más que las matemáticas o la lengua, y que yo creo que debería enseñarse en todos los colegios no ya de España, sino del mundo.

¿Qué es lo que denomina ‘presentefilia’ e ‘incertifobia’?

La ‘presentefilia’ tiene que ver con la capacidad humana para entender que el presente es todo lo que tenemos, que no hay nada más. Por eso es muy importante aprender a habitar en ese ‘aquí’ y en ese ‘ahora’ con plena intensidad, a poner el foco en lo que nos está ocurriendo en el momento presente. Porque esa presencia con mayúsculas es, además, una condición que favorece la iniciativa y la acción.

En el extremo opuesto está la ‘incertifobia’, que no es otra cosa que un temor atávico a la incertidumbre. Es un miedo, en mi opinión, irracional y muy gratuito, que nos hace sufrir de un modo innecesario. Porque si en algo consiste la vida es precisamente en transitar lo desconocido. Como dice Mario Vargas Llosa, la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no terminas nunca de deshojar. Afortunadamente, tanto una como otra se pueden entrenar. Una para desarrollarla, la otra para superarla.

El capítulo 13 lo escribe bajo el epígrafe ¡Mueve tu culo! ¿Qué quiere transmitir exactamente?

La urgente necesidad de ponerse en movimiento, porque lo que no se mueve está muerto. ¡Mueve tu culo! es una advertencia y una llamada a la acción, para no convertirnos en un muerto en vida, en una persona atrapada por su propósito. En la literatura uno de los autores que mejor recoge este mismo concepto es el norteamericano Lyman Frank Baum en su inmortal El mago de Oz. Para Baum, mover el culo es recorrer el camino de baldosas amarillas. Dejar de pensar en lo que tenemos que hacer y empezar a hacerlo. Algo que Dorothy, la protagonista, consigue con la ayuda de tres herramientas fundamentales: corazón, inteligencia y valor, es decir, las cualidades encarnadas en los personajes que le acompañan en su aventura.

¿Cuáles son los principios esenciales para saber arriesgar en la vida?

Hay varios, y en ‘Salta Contigo’ recojo hasta 15. Pero, por resumir, podríamos reducirlos a cinco. Uno: ser consciente de que todos nuestros actos tienen consecuencias y que debemos asumirlas. Dos: aceptar que la realidad de la que partimos porque de lo contrario nos estaríamos autoengañando. Tres: interiorizar que la voluntad es nuestro mayor superpoder, aquel que nos permite mantener el esfuerzo de manera continuada en el tiempo. Cuatro: sudar la camiseta, no abandonar el partido hasta que se termina de jugar la ultima bola. Y cinco: ser agradecido y generoso con las personas con las que interaccionamos y colaboramos durante la travesía y nos ayudan a lograr nuestros objetivos.

 

 

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