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Karina Sainz Borgo: Sobre la historia natural de la destrucción

Este verano va de ruinas. El mes entero anda servido de escombros

El momento en que se derrumbó una torre de la catedral de Manizales por el terremoto en Colombia

Manizales, Colombia

 

Son las doce de una noche de verano. En la pantalla de mi teléfono, el complejo residencial New Port implosiona. De la dignidad de su caída ya solo queda una nube de polvo. Fue uno de los pocos edificios que sobrevivió al doble terremoto de La Guaira. Ahí mi madre soñó con retirarse a ver el mar y yo leí mi primer Roald Dahl. Cierro el WhatsApp.

En Reuters veo imágenes del hospital infantil de Solomianskyi, en Kiev. Todas las plantas muestran ventanas con los cristales reventados, puertas hundidas y habitaciones arrasadas. Escuché a Xavier Colás en las noticias hablar del ataque masivo de Rusia a Kiev de este jueves. En ‘Le Monde’, una fotografía de la playa del Tarajal repleta de chanclas y flotadores ilustra un análisis sobre la crisis entre España y Marruecos. Vista sin contexto, la imagen parece un naufragio. Una civilización a la deriva.

Euronews lleva en su miscelánea unas imágenes de Salamina —sí, la de la batalla— arrasada en parte por el fuego de este verano. Dos mil quinientos años después, casi 600 personas han tenido que ser evacuadas del mismo lugar en el que buscaron refugio los atenienses que huían del avance persa. El asunto esta noche va de ruinas. El mes entero anda servido de escombros.

En Manizales, Colombia, sigue torcida la torre de su Basílica, castigada por el terremoto de 7,4 que azotó el país hace apenas unas semanas. Manizales parece condenada a reconstruirse. Un incendio destruyó su antigua catedral hace un siglo; un terremoto derribó una de las torres de la nueva, en 1962; y este 10 de agosto la tierra volvió a hacer caer parte de su fachada. El asunto no consiste en desaparecer, sino en volver a levantarse, pienso al ver a quienes esperan, acampados en la calle, a que pasen los temblores en Granada.

En 1997, el escritor alemán W.G Sebald pronunció una conferencia acerca de los bombardeos aliados sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Habló de la incapacidad que él percibía en la literatura de posguerra para representar aquella experiencia colectiva. Tengo frescas sus palabras porque acabo de hojear las páginas de ‘Sobre la historia natural de la destrucción’, el libro que recoge aquellas ponencias y que la editorial Anagrama publicó en español. El libro apareció mientras ordenaba la biblioteca. No sé cuándo lo compré. No tiene fecha ni ex libris. Quizá ni siquiera sea mío, pero aquí está. Es tarde ya, apago el teléfono. No quiero soñar con gente muerta. Y, sin embargo, me asalta la duda: ¿adónde van a parar todos los cascotes que han ido deprendiéndose sobre nosotros a lo largo de los siglos?

Todavía conservo conmigo aquel primer libro de Roald Dahl, el lugar donde lo leí ya no existe y hace ya mucho que mi madre no ve el mar.

 

 

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