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María José Solano: Mi barco

En el fondo no buscamos un barco, sino algo mucho más raro y maravilloso: la posibilidad de creer que, a estas alturas, el mundo conserve intacto algún hermoso secreto

Fotografía facilitada por la Fundación Arca de Noé de la gigantesca y natural réplica del arca

Fotografía facilitada por la Fundación Arca de Noé de la gigantesca y natural réplica del arca. (EFE

 

El verano da para todo. Mar y montaña. Cielo y tierra. Hay quienes buscan lo extraordinario ahí arriba, en forma de efímero eclipse, o allá abajo, en los eternos barcos hundidos. Para algunos, la arqueología subacuática y sus misteriosos pecios es una fascinación en sí misma. Yo, en cambio, tengo debilidad por un solo barco. Acumulo desde hace lustros toda publicación o noticia sobre este tema. Somos un grupo disperso pero incansable: los buscadores del barco de Noé. La última entrega ha llegado desde las laderas del Ararat, donde un equipo internacional vuelve a estudiar la misteriosa formación Durupinar en Turquía. Los investigadores hablan de anomalías detectadas mediante radar, diferencias químicas en el terreno y restos cerámicos en los alrededores. Nada concluyente. Si algo caracteriza a la búsqueda del Arca es que siempre parece encontrarse exactamente a medio camino entre la ciencia y la leyenda.

Quizá por eso me sigue fascinando aquella historia ocurrida hace más de un siglo. En 1916, durante la Primera Guerra Mundial, el explorador ruso Roskovitsky aseguró haber sobrevolado el Ararat y divisado una embarcación semienterrada en el hielo. El informe llegó a San Petersburgo y el zar mandó una expedición de científicos que ratificaron los hallazgos. Entonces estalló la Revolución. El Imperio ruso desapareció, los documentos se esfumaron y Roskovitsky acabó exiliado en USA. Nadie ha logrado demostrar que la historia del ruski fuera cierta. Ni lo contrario. Y eso me fascina. Porque ya casi no quedan misterios en el mundo, y tal vez la consecuencia es que hemos sustituido las novelas de misterio por las novelas policiales. Antes se buscaba un secreto, pero ahora se busca un culpable. Parece un matiz, pero es un síntoma. Y, tanto en las novelas como en las series, el detective acaba resolviendo el caso y dando carpetazo al asunto. Sin embargo, el misterio auténtico, el de pata negra, siempre permanece.

Por eso, supongo, me gusta formar parte de este grupo de diletantes del Arca. Porque en el fondo no buscamos un barco, sino algo mucho más raro y maravilloso: la posibilidad de creer que, a estas alturas, el mundo conserve intacto algún hermoso secreto.

 

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