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La ajetreada jubilación de Angela Merkel, la dama de hierro alemana

La excanciller no se ha retirado para cuidar de su huerto, sino que se dedica a trabajar en su despacho, escribir sus memorias y seguir atenta a las crisis en Israel o Rusia

              La excanciller Angela Merkel visita la localidad de Bad Münstereifel en mayo de 2023 AFP

 

Después de 16 años liderando Alemania y en buena medida Europa, Angela Merkel (69 años) hizo mutis por el foro y desapareció de la vida pública, como ella misma había adelantado. Sigue viviendo en el mismo apartamento de Berlín, frente al Museo de Pérgamo, aunque, al menos en los primeros meses, pasó más tiempo en la casita con huerto del distrito brandeburgués de Ucker, a media hora de la capital alemana.

Pero no, Merkel no se ha dedicado al cultivo de las coles, idea con la que coqueteaba cuando era canciller, y el huerto sigue más o menos igual de descuidado. Ahora se ocupa más de su salud y está más en forma. Ha confesado que ve series y películas, como ‘The Crown’ o ‘Babylon Berlin’. Camina escuchando audiolibros y viaja. En junio de 2022 cumplió con la promesa de visitar a los Obama en Washington y se hizo una foto con Barak en un museo. Sus rutinas, naturalmente, han cambiado. Ya no viste sus coloridos ‘blazer’ y ya no va arreglada a diario de peluquería ni maquillada. Se percibe en ella una cierta liberación al respecto.

Tampoco compra ya los viernes en el supermercado Edeka de la calle Friedrichstrasse, como solía hacer al salir de la Cancillería, pero baja personalmente a por los panecillos de desayuno a la panadería Wiener Brot, propiedad de Saarah Wiener, que en 2019 se presentó a las elecciones europeas como candidata independiente por Los Verdes austriacos y que, desde mucho antes, se dedica a la restauración y a la divulgación televisiva de cocina.

Sin descanso

Después del desayuno, Merkel suele ir a su despacho en Unter den Linden 71, desde el que rechaza cargos, membresías, invitaciones y solicitudes de entrevista. Ahora acude a su oficina a diario y pasa allí muchas horas porque está escribiendo a toda velocidad sus memorias, que la editorial Kiepenheuer & Witsch publicará en otoño, al mismo tiempo en Alemania y en EE.UU.

La excanciller trabaja bajo gran presión por los plazos de entrega, dicen en su entorno, junto con la que fue directora de su oficina y figurará como coautora del libro, Beate Baumann. La tercera pata del equipo de Merkel, apodado en círculos gubernamentales ‘girl camp’, era la asesora Eva Christiansen, que empezó una nueva vida profesional tras las últimas elecciones en la consultora de comunicación FGS Global.

Su también hombre de confianza, el exportavoz del gobierno Steffen Seibert, se recolocó como embajador de Alemania en Israel, y sigue en contacto con él. Quizá, por eso, una de las declaraciones públicas de Merkel desde que salió de la Cancillería ha advertido contra el antisemitismo. Semanas después de la matanza del 7 de octubre, su oficina difundió una declaración en la que advertía que «la mayoría democrática de nuestro país tiene que estar alerta» y que «la lucha contra cualquier forma de antisemitismo, ya sea de derecha, de izquierda o de motivación islamista, es nuestra obligación estatal y ciudadana». «Los judíos tienen que poder sentirse seguros en Alemania», insistió.

Solo otra vez hemos escuchado a la excanciller y fue con motivo de la muerte de Alexéi Navalni. «Me ha conmovido mucho al enterarme. Ha sido víctima de la violencia represiva del Estado ruso», declaró en un comunicado. «Es horrible que una voz valiente y comprometida con su país haya sido silenciada con métodos terribles».

Sobre las relaciones con Israel, pero sobre todo sobre con Rusia y Ucrania, ha sido consultada por teléfono por el canciller Olaf Scholz, que durante los tiempos de la gran coalición fue su ministro de Finanzas y es uno de los pocos a los que responde al teléfono.

Mucho más fría es la relación con su partido, la conservadora CDU, con el que ha cortado la comunicación. En el congreso de tres días que la CDU ha celebrado esta semana en el Hotel Estrel de Berlín, Merkel ha sido la gran ausente. En enero abandonó incluso la Fundación Konrad Adenauer. Merkel no ha permitido que la CDU defina su papel en el partido como excanciller porque lo ha definido ella misma: ninguno.

Legado centrista

El distanciamiento no es solo fruto de la desafección que sienten mutuamente excanciller y partido, sino también de su convicción de que se ha convertido en arma arrojadiza entre las familias cristianodemócratas. «Su estilo de hacer política mantenía unida a la sociedad», defendió al inicio de la reunión el presidente regional de Schleswig-Holstein, Daniel Günther. «Echo de menos eso, el rumbo centrista de Angela Merkel fue una receta para el éxito».

Pero su alabanza era un ataque velado al actual presidente, Friedrich Merz, y a la nueva generación de conservadores que pide pista. Así fue leída por las juventudes del partido, la Junge Union. Su jefe, Johannes Winkel, respondió en redes: «Estimado Daniel Günther, ¿a qué partido pertenece usted? Estoy asombrado e irritado. Nunca antes lo había visto como un político que piensa hacia atrás y vive en el ayer».

Nunca ha sido un secreto que Merkel no era querida por su partido y que seguía al frente solo por su capacidad de ganar elecciones, pero el nivel de antipatía ha quedado recientemente en evidencia, cuando, a la muerte de Wolfgang Schäuble, se han conocido pasajes de su diario que anotan reiterados intentos de golpe contra su liderazgo. El metódico silencio de Merkel facilita que propios y extraños manejen ahora su legado a conveniencia, en el discurso político alemán. Sobre todo su política energética está siendo sometida a una relectura muy crítica. Pero «ella sabe que el tiempo lo pondrá todo en su sitio», dice una persona que sigue colaborando con ella. «Y no le asustan las críticas porque su más dura crítica es ella misma».

 

 

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