Democracia y PolíticaHistoria

La revolución cubana 60 años después: un fraude histórico

Acaban de cumplirse el pasado primero de enero sesenta años de la entrada de los guerrilleros de Fidel Castro a La Habana.

Extrañamente, el suceso no ha sido destacado por ningún bando, ni el que lo apoya –cada vez más reducido–, ni aquel que lo rechaza, ahora mucho más extenso que en sus inicios.

El hecho objetivo es que “ha pasado por debajo de la mesa”, sin grandes celebraciones ni manifestaciones en contra. Tal vez todo ello se explique porque, hoy en día, casi todo el mundo sabe que la llamada Revolución Cubana terminó siendo desde hace por los menos 40 años un fraude histórico, tal vez el más grande a nivel continental. Lo que se supuso un sueño de liberación y progreso para el pueblo cubano sólo ha sido desde 1959 una cruel pesadilla de opresión y pobreza para los hoy martirizados habitantes de Cuba.

Por desgracia, desde que el castrocomunismo asumió allí el poder siempre ha habido una relación entre nuestros dos países. En los años sesenta, Fidel Castro y su régimen encandilaron a un sector izquierdista de la juventud venezolana, provenientes del PCV y de AD, luego convertido en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR),  que pretendió imitar la guerrilla castrista triunfante en Cuba dos años antes. Pero aquí aquella aventura fracasó, como era de esperarse.

Aquella fue una experiencia trágica, un error lamentable, como lo han reconocido posteriormente casi todos sus actores principales. Y ello, además de las ya señaladas, por otras dos circunstancias: 1) Sus promotores no conocían a profundidad la guerra de guerrillas, su instrumentación y organización. Nunca se prepararon para adelantarla más allá del romanticismo de la mayoría. 2) Nunca contaron con el apoyo de una población que, por el contrario, los percibía como un puñado de aventureros violentos y terroristas, pero nunca como una alternativa al régimen democrático.

Sin embargo, en su momento, otro sector de la juventud venezolana se opuso al castrocomunismo y sus agentes guerrilleros en Venezuela. Lo liderizó la Juventud Revolucionaria Copeyana (JRC), que nunca se sintió encandilada por aquel fenómeno de moda, ni tampoco creyó -ni ha creído en estos sesenta años- que la llamada Revolución Cubana trajera consigo algo positivo al pueblo de Cuba.

AD no tuvo entonces ninguna participación importante en aquella lucha. La razón era obvia: el partido eje de gobierno se había quedado sin cuadros juveniles al desertar con el MIR la mayoría de ellos. Correspondió entonces a los jóvenes socialcristianos la dura tarea de defender al gobierno democrático de Betancourt en los sectores estudiantiles y universitarios, y al escudar aquella gestión lo que defendían -en realidad- era nada más y nada menos que a la naciente democracia frente a la embestida insurreccional alentada y dirigida por comunistas y miristas, librada no sólo desde las guerrillas o mediante acciones terroristas, sino también desde liceos y universidades.

Hoy se puede afirmar, sin hipérbole alguna, que la democracia de esos días ya lejanos le debe mucho a la hidalguía, el coraje y la convicción de los jóvenes copeyanos de entonces. Porque, ciertamente, si no hubiera sido por la lealtad de las Fuerzas Armadas y de Copei, cuya vanguardia en los momentos más dramáticos fue precisamente la JRC, aquel difícil ensayo -que en lo fundamental obviamente sostuvo la entereza de Betancourt- hubiera naufragado en medio de las complejas circunstancias en que se desarrollaba. El apoyo de los socialcristianos amplió la base popular que sostenía al régimen, junto al respaldo del partido de Betancourt, a pesar de su división interna y del desgaste sufrido en ese quinquenio.

Por eso hoy, cuando algunos dicen que se sienten engañados por haber apoyado la Revolución Cubana, los jóvenes socialcristianos –antes y ahora– pueden sentirse orgullosos de haber combatido en todos los terrenos esa perversión histórica.

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