Democracia y Política

Las conversiones milagrosas no existen

Los políticos que han hecho carrera como vociferantes dirigentes estudiantiles difícilmente se convertirán en líderes responsables y constructores de consenso solo porque la clase política hizo una tregua para despedir a un ex Presidente de 74 años de edad.

 

En los días que vienen, aquellos que comprensiblemente desean que el espíritu republicano y de amistad cívica que reinó en la ceremonia oficial del funeral de Estado para el ex Presidente Sebastián Piñera genere un ambiente afín al diálogo y a los acuerdos que tanto necesita el país se van a llevar un brusco despertar.

La polarización reinante en la élite política no se va a acabar solo porque falleció un ex Presidente. Mientras el diseño institucional siga privilegiando la fragmentación del sistema de partidos, el discurso polarizador de los que hablan a los extremos seguirá dificultando la construcción de grandes acuerdos. Lo que es peor, mientras nos sigan liderando aquellos que hicieron carrera política como líderes radicales y fundacionales, difícilmente volveremos a vivir bajo la tan injustamente denostada democracia de los acuerdos.

Después de los sentidos homenajes a Piñera que ocurrieron tras su sorpresivo fallecimiento, incluido un mea culpa del propio Presidente Gabriel Boric, por la irresponsable oposición que él y sus aliados del Frente Amplio y del Partido Comunista le hicieron durante su segundo periodo en el poder, muchos ansiaron que volvieran a soplar los vientos de los grandes acuerdos en el país. Pero, como dice un dicho en inglés: no se puede hacer un monedero de seda con la oreja de un cerdo (hay un dicho parecido en español sobre vestirse de seda, pero puede ser considerado sexista). Las condiciones del diseño institucional en Chile y las características y trayectorias de los que hoy nos gobiernan imposibilitan la construcción de grandes acuerdos.

Los incentivos de las reglas del juego impactan en el comportamiento de los actores. Las elecciones presidenciales de segunda vuelta, por ejemplo, obligan a los candidatos en el balotaje a moderar sus posiciones. La única razón por la que Boric abandonó su discurso incendiario de las primarias y de la primera vuelta en 2021 fue que, para poder ganarle a Kast, necesitaba atraer a los votantes moderados. No es que Boric milagrosamente se haya convertido en un político más moderado a mediados de noviembre de 2021. Para ganar, Boric necesitó moderar su discurso.

Los incentivos del diseño institucional importan. Los alcaldes en general son más moderados que los legisladores porque, para ser alcalde, hay que obtener la votación más alta en una comuna. Para ser legislador, en cambio, basta con hablar a los votantes de un nicho.

La reforma electoral de 2014 y 2015 fue mal diseñada. La obsesión por abolir el sistema binominal llevó al gobierno de Bachelet, pero también a muchos legisladores razonables de izquierda y derecha, a votar a favor un sistema más proporcional y establecer límites a la reelección. El resultado fue un Congreso más fragmentado y menos profesional. La calidad de los legisladores está directamente asociada con la posibilidad de que se reelijan. Si un legislador sabe que no podrá tener el mismo cargo más allá de tres periodos, va a tener menos incentivos para hacer bien su pega. Es más, en su último periodo en el cargo se dedicará a buscar su próximo trabajo y se olvidará de sus electores. Al introducir incentivos nefastos al sistema político, los resultados también han sido lamentables.

Como si eso no bastara, el gobierno que hoy dirige al país hizo carrera a partir de la idea de que los grandes acuerdos eran una traición a los principios. Sin entender que la tarea de los políticos es ponerse de acuerdo con aquellos que piensan distinto. Boric y su generación de políticos, que se formaron como líderes estudiantiles y que jamás trabajaron en el sector privado, hicieron carrera como opositores vociferantes que denostaban a sus colegas que querían dialogar. Por eso, ahora, cuando el gobierno llama al diálogo, esas palabras suenan poco creíbles y hasta sospechosas.

Hace un par de días, la ministra vocera de gobierno, Camila Vallejo, mañosamente llamó a construir un acuerdo en la reforma de pensiones, hizo referencia a un proyecto de ley presentado por Piñera que buscaba que el 3% de las nuevas imposiciones fuera a las cuentas individuales y el otro 3% a un sistema solidario. Vallejo omite que Piñera pidió eso cuando ella, Boric y los que ahora son gobierno querían removerlo de su cargo, acusándolo maliciosamente de violaciones a los derechos humanos. Repetidas veces, en los últimos meses, Piñera pidió que el 6% de nuevas imposiciones que, presumiblemente, tendrá la reforma previsional vaya directamente a las cuentas individuales. Para negociar, hay que mostrar buena fe. Pero, maliciosamente, el gobierno ha intentado sacar provecho del fallecimiento del ex Presidente Piñera para engañar a la opinión pública.

Así como muchos equivocadamente creyeron que un proceso constituyente sería la píldora mágica que solucionaría los problemas de Chile, el fallecimiento del ex Presidente Piñera llevó a muchos a creer que, milagrosamente, el Presidente Boric y su gobierno se habían convertido en políticos dialogantes y en defensores de los grandes acuerdos. Pero las conversiones milagrosas no existen y los políticos que han hecho carrera como vociferantes dirigentes estudiantiles difícilmente se convertirán en líderes responsables y constructores de consenso solo porque la clase política hizo una tregua para despedir a un ex Presidente de 74 años de edad.

 

 

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