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Lo personal no es político

Sánchez aborda la crisis con Milei como si fuera un asunto de Estado y retira a la embajadora española de Argentina de forma permanente

Movido por una estrategia electoralista, Pedro Sánchez ha decidido prolongar su conflicto con Javier Milei más allá de cualquier límite. No cabe duda de que las palabras del presidente argentino, en las que tildó de corrupta a Begoña Gómez, estuvieron fuera de lugar y que resultan inadmisibles en un jefe de Estado. No es menos cierto que quien primero quebró las normas de cortesía no fue el mandatario argentino, sino el ministro Óscar Puente, quien había sugerido que Javier Milei podría consumir drogas. Por paradójico que parezca, el jefe del Ejecutivo español no exigió ninguna disculpa a su subordinado, de quien es responsable, y sí ha reclamado a Milei que se retracte de su ofensa. La sobrerreacción de Pedro Sánchez y de sus ministros es tan descaradamente inverosímil que la clave electoral es la interpretación más benevolente que puede hacerse. Pese a todo, Sánchez ha inaugurado un nuevo límite de irresponsabilidad política al convertir una cuestión estrictamente personal en un asunto de Estado, retirando de forma definitiva a la embajadora española en Buenos Aires.

El Gobierno de Sánchez y Javier Milei iniciaron una escalada de violencia verbal que resulta sonrojante a ojos de cualquier observador mínimamente educado. Es muy probable que a uno y a otro este tipo de espectáculos grotescos les procure algún beneficio entre sus bases. No contento con el rendimiento que cree que puede extraer de esta agria disputa verbal, Pedro Sánchez ha decidido convertir por su cuenta y riesgo un asunto privado de índole puramente personal en una cuestión de Estado. Confundir la vida particular con los intereses de la nación es un dislate inasumible para un gobernante democrático. Recordemos que no hace demasiados días el secretario general del PSOE llegó a identificarse personalmente con la democracia misma, pero hasta la fecha no había dado muestras de una desmesura suficiente como para convertir la legítima honorabilidad de su esposa, Begoña Gómez, en una cuestión nacional.

La misión de la embajadora de España en Argentina no es otra que velar por los intereses de nuestra nación y nuestros conciudadanos en aquel país hermano. Someter nuestra misión diplomática a los intereses personales de familiares de un político es un gesto inédito en los países de nuestro entorno. Nadie tiene derecho a dañar la reputación de Begoña Gómez o de cualquier otro ciudadano, máxime cuando no existe ninguna sentencia que establezca su culpabilidad, pero confundir la honorabilidad de la esposa del presidente con la democracia o con las instituciones estatales, como llegó a expresar el ministro Albares, es una exageración que resulta casi esperpéntica.

Gómez es la mujer del jefe del Gobierno, no ostenta ningún cargo oficial y su capital reputacional sólo tiene interés público en la medida en la que su trayectoria profesional pueda haberse visto favorecida por la acción u omisión de su marido o de los subordinados de éste. Que Sánchez prolongue el conflicto con Milei, además de regalarle una renovada visibilidad al escrutinio público de la ejemplaridad de su esposa, sólo sirve para exhibir nerviosismo y demostrar, una vez más, el doble rasero de nuestro Gobierno. Mandatarios como AMLO o Nicolás Maduro han intentado ofender en numerosas ocasiones a la Corona y el presidente del Gobierno jamás ha reaccionado ante esas afrentas. Probablemente era la actitud más inteligente. Resulta delator que Sánchez calle ante las injurias ajenas a personas que sí son instituciones del Estado y que reaccione de este modo cuando el ataque se dirige contra su círculo íntimo.

 

 

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