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Los mirlos visitan al psiquiatra

El peso de la vida para un escritor es mayor que el de cualquiera. ¿Pájaros? ¿Psiquiatras? Es seguramente que el mundo está de cabeza. Microcuentos con Manuel Mejía G.

Caminaba calle arriba con los hombros pesados, un mal día lo tiene cualquiera, caminaba y sentía cargar un piano de tres mil toneladas. No sé qué es eso en peso, ¿tres mil toneladas?, no lo concibo, sólo soy un escritor más de los muchos que habemos, un inventor de mentiras que desconoce esas verdades de la física, pero para hacer más real la escena aún, que el lector pueda compenetrarse  y yo logre ser comprendido y que entre nosotros dos se cree aquello que llaman la magia, digo que el piano pesa, digamos, diez mil toneladas, que ya me suena un número redondo y con peso. Pues voy con mi piano de diez mil toneladas calle arriba, pensando en los vericuetos de la vida, en la cantidad de armarios en los que hay que esconderse para no enfrentar las vainas y las cosas, calculaba los días que faltan para llegar a treinta y uno y los días que sobran para no llegar a treinta y uno. Estaba con todo esto martillando la cabeza, pim, pam, pum, dele que dele sin respiro, ¡es que vivir vale una vida!, cuando algo llama la atención allá arriba. No era Dios, eran pájaros. Venían en manada, por trillones, y cuando enfoco la vista veo a uno que aletea diferente, y cuando detallo en todo, veo sus alas agitar de otra forma, en otra armonía y, al centrarme, caigo en cuenta de lo que no había notado antes: el pájaro de mi interés vuela de para atrás, en reversa, parece volver. Seguramente tiene cita con el psiquiatra ya que no tiene puestas las luces de marcha atrás. A veces pienso que el mundo es un demente.

 

 

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