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María José Solano: La metáfora del delfín

Mimmo, el delfín que nadaba en los canales de Venecia mientras una ciudad discutía cómo protegerlo de las hélices. El otro, una cría de delfín mular que llegó desorientada a una playa de Ceuta, acabó muerto a palos

Traslado de inmigrantes asentados en la playa de Benítez

Hace exactamente un año escribí en este diario una columna sobre un delfín. Se llamaba Mimmo y nadaba por los canales de Venecia, ajeno al peligro de los canales, la contaminación y a esa decadencia acelerada en los últimos tiempos. La tesis de la columna no era animalista en sentido estricto. El delfín (que era real y se hizo viral en redes) en mi texto servía de metáfora; una especie de espejo de Venecia y más ampliamente, de un mundo mediterráneo amenazado, pero todavía capaz de belleza. La imagen entonces me parecía muy adecuada: una criatura fuera de lugar que sin embargo decide quedarse; vulnerable entre góndolas, vaporettos, hélices y turistas, igual que la propia Venecia es vulnerable bajo el turismo masivo, la despoblación y su deterioro físico y simbólico. Proclamé a aquel pequeño delfín como «el guardián silencioso de una ciudad que se está olvidando de sí misma» y terminé reclamando la necesidad urgente de escuchar lo que la naturaleza todavía intentaba decirnos.

Un año después tengo que contradecirme, pues los recientes acontecimientos en Ceuta me han hecho, como a todos, reflexionar y plantearme ciertas cosas que dábamos por hechas. No era la civilización lo que sobraba. Era precisamente la civilización lo que protegía al delfín.

Porque entre Mimmo, afortunado delfín veneciano y la pequeña cría aparecida hace unas semanas en la playa del Trampolín, en Ceuta, no hay sólo unos cuantos miles de kilómetros de Mediterráneo. Hay algo mucho más antiguo y más frágil. Hay siglos de construcción de un orden en el que los hombres decidimos ponernos límites a nosotros mismos.

Desde Grecia y Roma hasta nuestros códigos actuales hemos tardado más de dos mil años en construir esa idea. Primero aprendimos que no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo. Después fuimos extendiendo lentamente ese principio a los débiles, a los vencidos, a los extranjeros, a los animales, al paisaje, al mar. Hasta llegar a esa sofisticación extraordinaria según la cual un delfín no es una cosa que aparece en la playa y pertenece al primero que consiga agarrarlo. Es una especie protegida. Y hay una ley que lo protege incluso de nosotros.

El episodio ocurrió el pasado septiembre en la playa del Trampolín, en Ceuta. Las imágenes que circularon por las redes sociales eran auténticas y la localización fue verificada. En ellas aparecía un grupo de inmigrantes que permanecía en esa zona después de las entradas irregulares de finales de julio, y uno de ellos lleva en brazos una cría de delfín mular.

La asociación ecologista ceutí Daubma presentó una denuncia formal ante la Guardia Civil. Su versión, basada según la asociación en fotografías, vídeos y audios entregados a los investigadores, es bastante más grave que lo que permite ver el vídeo viral aislado: sostiene que el animal llegó vivo y desorientado hasta la orilla, que varias personas lo agarraron y sacaron del agua y que fue golpeado en la cabeza con un palo. Daubma señala además que en las imágenes se aprecia sangre debajo de uno de los ojos.

‘El Faro de Ceuta’, que siguió el caso desde el principio, publicó asimismo que «la cría estaba nadando muy cerca de la orilla, fue capturada y, ya fuera del agua, uno de los individuos le propinó un golpe en la cabeza con un palo». Es importante escribirlo exactamente así: eso es lo denunciado. Determinar qué ocurrió y quién fue responsable corresponde ahora a la Justicia. Y ahí comienza la segunda parte de esta historia.

Dos semanas después, concretamente el 17 de septiembre se conoció que el Juzgado de Instrucción número 2 de Ceuta había abierto diligencias previas por un posible delito contra la fauna, encargando al Seprona averiguar las circunstancias de la muerte y quiénes participaron en los hechos. Por tanto, ya no estamos únicamente ante una polémica de redes o una denuncia ecologista: existe una investigación judicial abierta. Además, se trata de un delfín mular (‘Tursiops truncatus’), especie protegida. Esa circunstancia es precisamente una de las razones por las que Daubma reclamó que el asunto llegara a la Fiscalía de Medio Ambiente. La identidad de los responsables todavía debe establecerse.

Después vendrán informes, identificaciones, declaraciones, instrucción y, si existen indicios suficientes contra personas concretas, las siguientes fases del procedimiento. Nadie puede saber hoy cuánto tardará ni cuál será su resultado. Así funciona la civilización. Despacio. Y ésa es precisamente su grandeza y su terrible debilidad cuando enfrente tiene el caos. Porque la ley necesita pruebas, identificación, garantías, defensa, plazos y jueces. Para sacar un delfín del agua basta una mano. Para golpearlo, si eso fue lo que ocurrió, basta un palo. Para determinar quién lo hizo y castigarlo conforme a Derecho necesitamos todo lo demás. Ésa es la asimetría que deberíamos empezar a mirar sin miedo. Porque las fronteras europeas no son únicamente líneas dibujadas sobre un mapa. Son también la frontera de un determinado orden jurídico. Y cuando una frontera queda desbordada por miles de seres humanos empujados por la necesidad, la desesperación, la oportunidad o intereses que pueden utilizar los movimientos migratorios como instrumento de presión, no entra solamente gente. Entran también conflictos entre normas, costumbres y concepciones distintas acerca de qué puede hacerse cuando nadie parece estar mirando.

Conviene no confundir las cosas. La barbarie no tiene nacionalidad y la civilización tampoco viene garantizada por un pasaporte. Europa conoce muy bien su propia barbarie como para dar lecciones antropológicas a nadie. Pero precisamente por haberla conocido construyó durante siglos un sistema destinado a contenerla: leyes, jueces, procedimientos, derechos y obligaciones. Un orden que obliga al europeo, al recién llegado y al Estado que debe proteger a ambos. Por eso una frontera sin control no es solo un problema territorial. Puede convertirse en un problema jurídico y cultural cuando el Estado pierde capacidad para hacer cumplir, con rapidez y para todos, las mismas reglas.

Y entonces vuelvo a aquellos dos delfines. Mimmo, el delfín mular, nadaba en los canales de Venecia mientras una ciudad entera discutía cómo protegerlo de las hélices. El otro, una cría de delfín mular que llegó desorientada a una playa de Ceuta, acabó muerto a palos mientras ahora policías, ecologistas, jueces y fiscales intentan reconstruir qué ocurrió durante aquellos pocos minutos. Hace un año escribí que debíamos olvidar por un instante la civilización y escuchar a la naturaleza. Me equivocaba. Porque cuando llega la barbarie, lo único que se interpone entre el delfín y el palo es precisamente eso que llevamos más de dos mil años construyendo y que ahora debemos reforzar, defender y si es preciso, actualizar: las bases de nuestra civilización.

 

 

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