Félix de Azúa: Acerca de ser súbdito
«'El tesoro de Simbad' me consuela de las sevicias políticas que sufrimos porque su autor, como buen estoico, es un lúcido conocedor del Estado»

Ilustración generada mediante IA.
El anuncio de las elecciones me pilló leyendo un libro en el que avanzo a paso de tortuga porque cada página me alivia de la presión a la que estamos sometidos los súbditos del poder infame. Ya digo, de entrada, que es un libro muy especial y que no todo el mundo lo puede leer. Se trata de El tesoro de Simbad, de J. A. Martínez Climent y lo ha publicado la exquisita editorial KRK en un volumen de bolsillo con tapa dura y cintilla. No espere nadie aventuras exóticas tipo Joseph Conrad. Es un cuaderno de reflexiones sobre nuestra decadencia, pero con un sesgo inaudito.
Su autor, Climent, viene a ser como un centurión romano de las milicias de Marco Aurelio, al que partieron la espalda en la guerra de los germanos y ahora, bastante perjudicado, vive en la parcela (la célebre sorte) que el imperio concedía a los soldados retirados con honores (honesta missio) del campo de batalla. No cabe duda de que se trata de un filósofo rústico y armado.
Antes dije que este libro me consuela de las sevicias políticas que sufrimos porque Climent, como buen estoico, es sobre todo un lúcido conocedor del Estado. Con mayúscula porque no se trata de este o de aquel Estado, sino del Estado absoluto, que es en el que vivimos la casi totalidad de los humanos actuales. Aunque, eso sí, unos más que otros. Por ejemplo, los habitantes del círculo polar ártico, que Climent conoce muy bien porque estuvo allí viviendo, soportan menos Estado que nosotros, los españoles, sometidos a un régimen autocrático de tipo latino, es decir, ineficaz, caótico, ignorante, desvergonzado y ladrón.
El filósofo rural va anotando en su cuadernillo, por un lado, las vicisitudes que le son dadas en su sorte; así, por ejemplo, la llegada de una bandada de estorninos que quiere tomar un gran álamo como residencia, a lo que se oponen las cornejas que son sus actuales inquilinas. El derecho de propiedad, que para nosotros es una prerrogativa del Estado, entre las aves sólo depende de quién grita más y sabe imponer su fortaleza simbólica. En cambio, por otro lado, Climent hurga en la casi inconsciente servidumbre a la que estamos sometidos por parte del aparato técnico del Estado, el cual controla todos y cada uno de nuestros pasos, incluida la vida íntima.
La ventaja de Climent sobre sus lectores es que él ha conseguido establecer relaciones con la divinidad, aunque por supuesto no la cristiana, sino la de su establecimiento rural. De modo que puede dedicar a Ceres un pequeño sacrificio con el fin de que crezca con salud un romero recién plantado, o ve el rayo de Hermes (ese canalla) en las chapuzas de la casa de correos.
«Su escritura, aplomada, cervantina, elegante y mordaz, es, a mi modo de ver, una de las mejores del país»
Lector de Heidegger, de Proust, de Benet, de Jünger, de Ferlosio, de Cioran, de los clásicos, sabe cómo debe usarse la prosa literaria cuando trata un asunto de cierta envergadura mental. Y así como Benet añoraba el grand style, pero nunca osó ponerlo en práctica, también Climent conoce la cimera prosa de sus maestros, sin por eso querer superar la condición agraria. Su escritura, aplomada, cervantina, elegante y mordaz, es, a mi modo de ver, una de las mejores del país.
No vaya a creerse que el anarquismo de Climent es del tipo de los actuales movimientos sectarios de herencia residual comunista, todos ellos de una sumisión al Estado que raya con lo grotesco. La de Climent es anarquía verdadera, la del emboscado de Jünger. Y no denuncia nada, aunque no se guarda de exponer algún caso, pero no como acusación sino como eixemplo. Así, pone de modelo al lince restaurado por el Estado y ahora abundante. Los que él ha podido observar son, en la actualidad, no los astutos cazadores de antaño, sino clientes de basureros y escombreras urbanas donde se alimentan por pereza. Han perdido por completo el ánimo de lucha y renegado de su dignidad. Todo lo cual, a cambio de que unos funcionarios pequeño burgueses se sientan moralmente superiores y exhiban su amor por los animales.
Volvamos a nuestra decadencia: las elecciones suelen calificarse pomposamente, en los medios, como «la fiesta de la democracia». Para los estoicos es tan sólo la fiesta del dominio técnico estatal sobre sus vasallos. Vean la que ha armado el beocio de Sánchez con los «españoles» y las urnas y cómo Feijóo se lo toma en serio. La reducción de «lo nacional» a un asunto contable y mensurable para uso de codicias políticas es un ejemplo muy evidente de nuestra sumisión: hoy es «español» el que conviene a la codicia de un funcionario. Y no tiene remedio porque, como decía Ferlosio, mientras no cambien los dioses, nada cambia.
