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Nicolás Redondo Terreros: A la búsqueda de un caudillo

«Todos sabemos que el PSOE no tiene solución hoy, tampoco después de las elecciones; sabemos que hoy se trata de defender la España democrática»

A la búsqueda de un caudillo

Ilustración creada con IA.

 

Américo Castro, superando el momento histórico que le hacía vivir en el exilio, debido a la dictadura de Franco, al que sus admiradores y la propaganda oficial consideraban «el Caudillo», decía que los españoles siempre hemos estado a la espera de un caudillo en el que concentrar nuestras esperanzas y nuestra energía. A falta de proyectos colectivos de largo alcance, hemos concentrado nuestra historia, que está escrita con letras de oro, en hazañas épicas, que están lejos de la labor rutinaria y premiosa de una sociedad en pos de un objetivo, y héroes que concentraban en su energía los impulsos de un pueblo.

Hace unos días, una reunión de ocho amigos, en la que comimos un delicioso marmitako, se amplió a 40 personas; todo gracias, supongo, al reclamo de la presencia de Felipe González. Así se convirtió la comida de amigos en un esperanzador cónclave de disidentes para una parte de los medios de comunicación. Éramos casi todos socialistas muy veteranos, yo estaría entre los más jóvenes, que no compartíamos ni una amistad intensa ni siquiera un trato frecuente. Sin embargo, teníamos en común algo muy importante, vivido intensamente por todos los presentes: el protagonismo, en muy diferentes grados, de un tiempo, de un periodo histórico, del que nos sentimos orgullosos en términos generales, y que, sin embargo, también es el origen de una nostalgia excesiva por tiempos pasados. Yo, por ejemplo, tenía cercanía especial con los dos comensales que no pertenecieron nunca al PS, habiendo tenido uno de ellos un relevante protagonismo en la UCD, partido sin el que no se entendería el esfuerzo y el éxito, estos sí nacionales, de la Transición. Alguno de los presentes, en estos momentos en los que la transformación aguda del «PSOE recordado» ha contaminado a la España constitucional, esperaba que González recuperara el papel de antaño y nos señalara claramente el futuro y el papel que podríamos desempeñar.

Alguno, pasados casi todos los 70 años, parece seguir necesitando una luz, una palabra de Felipe González. Sin embargo, González estuvo educado, diplomático e inusualmente breve, aunque demostrando, en esa fugaz intervención, que no ha perdido ni la capacidad de atracción ni la elocuencia envolvente que le caracterizó en sus tiempos mozos. Creo que el expresidente hace mucho tiempo que ha decidido que su papel es reflexionar en público sobre la situación política, muy especialmente con referencias a España y el futuro de la izquierda, y muy concretamente el de su partido. Y yo agradezco que desempeñe ese papel, lejos de liderazgos y activismo tan inútiles como inapropiados y extemporáneos.

Contemplando a los comensales del marmitako, noté una gran paradoja. Allí no estábamos los que antaño habían depositado en el liderazgo carismático de González todas sus esperanzas, todas sus expectativas políticas y hasta personales, como prestigio personal y prosperidad económica. No estaban algunos a los que convirtió en políticos con reconocidos méritos siendo simples mediocres. Un grupo importante de los comensales nunca había dependido de él, otros habían dejado la primera línea en un momento de plenitud en su vida; y algunos en ocasiones habían discrepado cuando su liderazgo resplandecía. Supongo que González siente a estas alturas de su vida la amargura de ver cómo los que más le deben, en los que depositó más confianza, algunos de los que más le aplaudían, han buscado otro caudillo en el que poner sus esperanzas y no pocos sus intereses.

No estaba ninguno de los que se significaron notablemente cuando la tensión entre la UGT y el PSOE nos rasgaba el alma a «los hijos del partido». Algunos de aquellos han recobrado «el espíritu revolucionario» de juventud, olvidando convenientemente su etapa de entusiastas felipistas, que ahora pontifican a favor de Pedro Sánchez y en contra de los «traidores», los apóstatas del PSOE. Viendo cómo se reían Cándido Méndez y Paco Castañares hablando con Felipe González y contemplando a los 40 integrantes del cónclave gastronómico, me vino a la cabeza, sin hacer mucho esfuerzo, lo que podrían decir dos de los personajes más señeros de aquel tiempo pasado recordando su compartido destierro en Extremadura: «¡Coño, otra vez solos!».

Américo Castro, superando el momento histórico que le hacía vivir en el exilio, debido a la dictadura de Franco, al que sus admiradores y la propaganda oficial consideraban «el Caudillo», decía que los españoles siempre hemos estado a la espera de un caudillo en el que concentrar nuestras esperanzas y nuestra energía. A falta de proyectos colectivos de largo alcance, hemos concentrado nuestra historia, que está escrita con letras de oro, en hazañas épicas, que están lejos de la labor rutinaria y premiosa de una sociedad en pos de un objetivo, y héroes que concentraban en su energía los impulsos de un pueblo.

Hace unos días, una reunión de ocho amigos, en la que comimos un delicioso marmitako, se amplió a 40 personas; todo gracias, supongo, al reclamo de la presencia de Felipe González. Así se convirtió la comida de amigos en un esperanzador cónclave de disidentes para una parte de los medios de comunicación. Éramos casi todos socialistas muy veteranos, yo estaría entre los más jóvenes, que no compartíamos ni una amistad intensa ni siquiera un trato frecuente. Sin embargo, teníamos en común algo muy importante, vivido intensamente por todos los presentes: el protagonismo, en muy diferentes grados, de un tiempo, de un periodo histórico, del que nos sentimos orgullosos en términos generales, y que, sin embargo, también es el origen de una nostalgia excesiva por tiempos pasados. Yo, por ejemplo, tenía cercanía especial con los dos comensales que no pertenecieron nunca al PS, habiendo tenido uno de ellos un relevante protagonismo en la UCD, partido sin el que no se entendería el esfuerzo y el éxito, estos sí nacionales, de la Transición. Alguno de los presentes, en estos momentos en los que la transformación aguda del «PSOE recordado» ha contaminado a la España constitucional, esperaba que González recuperara el papel de antaño y nos señalara claramente el futuro y el papel que podríamos desempeñar.

Alguno, pasados casi todos los 70 años, parece seguir necesitando una luz, una palabra de Felipe González. Sin embargo, González estuvo educado, diplomático e inusualmente breve, aunque demostrando, en esa fugaz intervención, que no ha perdido ni la capacidad de atracción ni la elocuencia envolvente que le caracterizó en sus tiempos mozos. Creo que el expresidente hace mucho tiempo que ha decidido que su papel es reflexionar en público sobre la situación política, muy especialmente con referencias a España y el futuro de la izquierda, y muy concretamente el de su partido. Y yo agradezco que desempeñe ese papel, lejos de liderazgos y activismo tan inútiles como inapropiados y extemporáneos.

Contemplando a los comensales del marmitako, noté una gran paradoja. Allí no estábamos los que antaño habían depositado en el liderazgo carismático de González todas sus esperanzas, todas sus expectativas políticas y hasta personales, como prestigio personal y prosperidad económica. No estaban algunos a los que convirtió en políticos con reconocidos méritos siendo simples mediocres. Un grupo importante de los comensales nunca había dependido de él, otros habían dejado la primera línea en un momento de plenitud en su vida; y algunos en ocasiones habían discrepado cuando su liderazgo resplandecía. Supongo que González siente a estas alturas de su vida la amargura de ver cómo los que más le deben, en los que depositó más confianza, algunos de los que más le aplaudían, han buscado otro caudillo en el que poner sus esperanzas y no pocos sus intereses.

No estaba ninguno de los que se significaron notablemente cuando la tensión entre la UGT y el PSOE nos rasgaba el alma a «los hijos del partido». Algunos de aquellos han recobrado «el espíritu revolucionario» de juventud, olvidando convenientemente su etapa de entusiastas felipistas, que ahora pontifican a favor de Pedro Sánchez y en contra de los «traidores», los apóstatas del PSOE. Viendo cómo se reían Cándido Méndez y Paco Castañares hablando con Felipe González y contemplando a los 40 integrantes del cónclave gastronómico, me vino a la cabeza, sin hacer mucho esfuerzo, lo que podrían decir dos de los personajes más señeros de aquel tiempo pasado recordando su compartido destierro en Extremadura: «¡Coño, otra vez solos!».

Por otro lado, González no podía decir nada que unificara suficientemente a todos los que allí nos congregamos, porque cada uno de nosotros, con la edad que tenemos, estamos en posición distinta respecto a cuestiones políticas fundamentales. Yo, por ejemplo, considero que hoy el reto no es recuperar al PSOE, es defender las consecuencias de la Transición y, muy especialmente, la nación democrática y cívica, cuya expresión máxima es la Constitución del 78. El PSOE con Sánchez entró en una nueva dispensación, término teológico utilizado por Lilla para definir periodos nuevos con reglas distintas. Aquella organización está sepultada para un tiempo superior al que nos permitiría a los asistentes al refectorio hacer algo eficaz.

Cuando Cerdán, por orden de Sánchez, fue a Waterloo a rubricar su rendición ante Puigdemont, para disfrutar de una presidencia secuestrada, y no hubo en el PSOE rebelión, ya se oyeron las primeras y lúgubres campanadas; cuando concedió la amnistía a los protagonistas del levantamiento catalán, volvieron a repicar, y periódicamente, con cada cesión a Junts, a ERC, al PNV y a Bildu, han vuelto a sonar. El desastre de Ceuta, las vacaciones del presidente como si no pasara nada, la claudicación ante Rabat, el ensañamiento frío y calculado con los españoles de Ceuta del Gobierno solo nos hablan del peligro que afronta la nación. Cada aplauso del grupo parlamentario socialista cuando se eligió al Gobierno, cuando se aprobaron los indultos generales o la amnistía o cuando Sánchez, moreno y fresco, ha vuelto de La Mareta son paladas de arena al pasado y al PSOE que reivindicamos.

Los que degustamos el marmitako ni siquiera estaríamos de acuerdo en lo que deseamos en un futuro imaginado. Yo, por ejemplo, no participaré en un PS que mantenga la relación política y orgánica de servidumbre que el socialismo español ha mantenido, casi durante 50 años, con los que se dicen socialistas catalanes, ni en uno que no defienda la nación y se empeñe en ser una alternativa al tribalismo nacionalista o la extrema izquierda travestida de «buenismo cósmico». Así que sí, González estuvo en su papel e hicimos una comida muy agradable para gente que piensa por sí misma, que no necesita caudillos ni salvadores. Todos sabemos que el PSOE no tiene solución hoy, tampoco después de las elecciones; sabemos que hoy se trata de defender la España democrática, cuyo origen es la manoseada Constitución del 78, y cada uno sabe lo que hará: unos aferrarse a un pasado que no volverá, otros se irán a casa saqueados y constituirán tertulias de alto valor intelectual y otros seguirán defendiendo lo que construyeron con quienes hoy estén dispuestos a hacerlo.

 

 

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