María José Solano: Sin Tetis no hay paraíso
Durante milenios, el arte decidió cómo debían ser las diosas. Y un desconocido, hace veinticinco siglos, se permitió imaginar una distinta
Nut, en el Museo Egipcio de Barcelona. (ABC)
Tetis era una ninfa marina, hija de Nereo, esposa de Peleo y madre de Aquiles. Una diosa menor, si se quiere, pero con una maternidad de primera categoría. Los egipcios tenían una versión bastante más ambiciosa de aquella madre divina. Se llamaba Nut y no se conformaba con proteger a un héroe: se ocupaba del universo entero. Nut era la diosa del cielo. Cada noche se tragaba el sol y cada mañana volvía a parirlo, garantizando así que el mundo siguiera funcionando. Los artistas egipcios la representaban desnuda, arqueada sobre la tierra, apoyada en manos y pies, con el cuerpo sembrado de estrellas. Una bóveda celeste de carne femenina. Hermosa metáfora para una civilización que entendía la muerte como un trámite hacia la eternidad.
Pero resulta que Nut acaba de dar una sorpresa en Barcelona. En el Museo Egipcio, una institución nacida del entusiasmo del empresario y coleccionista Jordi Clos, que comenzó comprando una figurilla funeraria en Luxor en 1975, se ha presentado un extraordinario sarcófago de hace 2.500 años. Y allí, en el interior de la tapa, aparece nuestra diosa con unos pechos de dimensiones verdaderamente insólitas.
Porque el arte egipcio, tan riguroso en sus convenciones, nos acostumbró a mujeres estilizadas, cinturas estrechas y senos discretos. Y he aquí que un artesano decidió regalarle a Nut un busto generoso, unas caderas rotundas y una anatomía que se salta varios siglos de disciplina estética.
Los expertos discuten si la mancha negra que cubre su pubis es un tanga o, sencillamente, vello púbico. A mí, francamente, me interesan más sus pechos porque demuestran hasta qué punto confundimos el canon con la realidad, la convención con la belleza y la repetición de un modelo con una verdad universal.
Durante milenios, el arte decidió cómo debían ser las diosas. Y un desconocido, hace veinticinco siglos, se permitió imaginar una distinta. Lo divertido es que, mientras averiguamos asombrados lo poco que en realidad sabemos de la verdad de las cosas, Nut continúa haciendo lo que siempre hizo: tragarse el sol cada noche y devolvernos la luz cada mañana. Con sus pechos, naturalmente, por delante.
