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¿Morir por la COVID-19 o morir de hambre?

Mientras la experiencia internacional y el sentido común indican que lo mejor es resguardarse, en Cuba se escuchan con espanto tales consejos de cuarentena

LA HABANA, Cuba. – Si no pudiesen salir a la calle por la COVID-19, muchos cubanos morirían de hambre. Lo más probable es que los estómagos vacíos terminen imponiéndose a la pandemia en un país donde el desabastecimiento no es un asunto “coyuntural” ni llegó acompañando al patógeno.

La carestía en Cuba es un mal que convirtieron en endémico quienes siempre han visto en la iniciativa privada un enemigo más temible que los grupos opositores, aún cuando dejarla crecer y prosperar, despojarla de trabas burocráticas y zancadillas legales, en el momento que pudieron hacerlo, hoy les hubiera permitido una mejor respuesta, en términos de capacidad financiera, frente a una enfermedad que, todo parece indicar, causará enormes estragos.

Los pocos negocios privados que existían, así como varias empresas mixtas y de capital totalmente extranjero, casi todos dependientes del turismo, han sido obligados a cerrar por la situación epidemiológica, y probablemente después que termine todo, muchos continuarán cerrados por largo tiempo, incluso para siempre, teniendo en cuenta que la pandemia dejará ruina a nivel mundial.

No importa las exenciones tributarias o las moratorias que les aprueben aquí en Cuba a los privados y empresas extranjeras, la realidad es que no se habla —porque no se podrá— de ayudas financieras, de rescates para, terminada la cuarentena el día que termine, puedan enfrentarse —con alguna posibilidad aunque mínima— al posible hundimiento económico mundial, teniendo en cuenta los pronósticos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de decrecimiento de -1,8% del PIB para las naciones, especialmente las que dependen del turismo.

El régimen cubano jamás permitió que los privados participaran en todos los aspectos de la economía donde pudieron haberlo hecho con mayores posibilidades que la fracasada empresa estatal socialista.

Los circunscribió a los servicios al turismo, así como ordenó contratar “solo temporalmente” a quienes se vincularan como trabajadores en las empresas mixtas y extranjeras, y ahora se encuentra con el fenómeno de poco más de dos millones de personas en edad laboral que se han ido a la calle por cierre, viéndose obligadas a exprimir los ahorros no se sabe por cuánto tiempo, todos abrumados por la incertidumbre y los miedos a que las cosas se pongan peor.

Dos millones de trabajadores, un cálculo más que conservador basado en los datos de  empleo publicados por la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) y de lo que aparece muy disperso y a cuenta gotas en la prensa oficialista, pero que pudiera, por carambola, convertirse en el doble cuando pasemos a la fase más crítica de la epidemia en la isla y, en ese “país del día después” la economía sea tierra arrasada.

Esperemos que no lleguemos a ese punto pero países con mejores economías ya pronostican un escenario complicado.

En Cuba, arrendadores de vivienda, camareros, cocineros, personal de servicio y de oficinas, choferes, guías de turismo, traductores y promotores, cuidadores de niños,  revendedores, agricultores, artistas y artesanos —con producciones ya contratadas y que, por las circunstancias, no cobrarán lo pactado y, por tanto, traducirán en pérdidas rotundas las inversiones realizadas—, integran desde hace semanas esa multitud de desempleados y, en muchos casos, de personas tan desesperadas que, posiblemente, vean el contagio como el menor de los males, aún cuando vino a “ponerle la tapa al pomo”.

Quienes ganaron lo suficiente como para guardar una reserva, quizás la estén pasando menos terrible pero se sabe que, en Cuba, esos “excepcionales” suelen reenviar sus ganancias al exterior o invertir casi el total de estas en otros “negocitos por la izquierda”  (ilegales) que les puedan rendir un poco más, como la importación y el contrabando de mercancías, el alquiler de autos y viviendas, y la venta de alimentos elaborados, actividades que han quedado paralizadas, muchas sin aún haber amortizado los costos de inversión.

He podido conversar con varios cuentapropistas —arrendadores de casas y autos, así como revendedores de mercancías— que hablan de pérdidas de decenas de miles de dólares y hasta de endeudamientos con prestamistas privados (garroteros), lo que pudiera poner en peligro sus vidas. También he sabido de trabajadores de los servicios al turismo que han ido al desempleo en los últimos días sin que se les asegure un retorno. De estos últimos muchos dependían de las ganancias mensuales para crear fondos que les permitirían crear negocios futuros o comprar la vivienda donde crear una familia.

A toda esta ola de decepciones, frustraciones y planes rotos se sumará, sin duda, la contracción significativa en los envíos de remesas desde el extranjero, sobre la cual no solo se sustentan las economías familiares sino, además, buena parte del esquema financiero estatal.

Un panorama que se agravará en la medida que las empresas estatales se vean obligadas a cerrar por completo, afectando las dinámicas habituales del mercado negro, al que probablemente hoy acuda más del 80 por ciento de la población cubana para poder sacar algún provecho a los bajos salarios, haciendo más difícil la situación.

Así, mientras la experiencia internacional y el sentido común indicarían que lo mejor es resguardarse en la casa para evitar el contagio, en Cuba se escuchan con espanto tales consejos de cuarentena por la sencilla razón de que es como poner a escoger al moribundo entre morir de una cosa o de otra. Entre la COVID-19 y el hambre, el primero es mucho menos letal. Al menos por ahora.

 

 

 

Incluso, habría que estudiar las tasas de suicidio en Cuba antes y posterior a la pandemia, teniendo en cuenta que el desempleo, la pérdida de los negocios, el corte en las remesas, los encierros y la tragedia en sí misma, si llegara a alcanzar el dramatismo que en Italia y España, psicológicamente colocará a muchos al borde del precipicio.

Quienes aconsejan el enclaustramiento total durante al menos dos semanas, al parecer desconocen o quieren desconocer que hacerlo requiere, primero, del aprovisionamiento  suficiente de alimentos y productos de primera necesidad; segundo, poseer una vivienda más o menos adecuada para el propósito y, tercero, mantenerse comunicados de manera regular con el resto de los miembros del círculo familiar en un contexto donde poseer un teléfono con suficiente saldo para hacerlo es privilegio de unos pocos.

Pedirles a los cubanos y cubanas que se encierren en sus casas para protegerse de una enfermedad es ignorar, a veces muy convenientemente, que los salarios estatales  en la isla son quizás los más bajos del mundo, que el racionamiento de productos básicos, la escasez y los precios excesivos impiden que las familias dispongan de reservas para enfrentar eventualidades y que “vivir al día”, mejor traducido por “sobrevivir diariamente”, nada tiene que ver con la idiosincracia, como intentan fijar en la mente esas “caricaturas folcloristas” donde la gente es feliz “pedigueñando” el poquito de arroz y la aspirina al vecino de al lado.

Cuba es un país ya de por sí encerrado por una ideología que no admite disidencias y donde, para muchos, salir a la esquina y sentarse a tomar el sol, hablar con el amigo en voz alta de lo que se puede y por señas de lo que está prohibido, constituyen el  máximo límite de las libertades. De ahí que muchos se pregunten si encerrarse para cuidar lo poco que “viven” servirá de algo.

 

Ernesto Pérez Chang (El Cerro, La Habana, 15 de junio de 1971). Escritor. Licenciado en Filología por la Universidad de La Habana. Cursó estudios de Lengua y Cultura Gallegas en la Universidad de Santiago de Compostela.

 

 

 

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