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Pedro Nikken (1945-2019): la esperanza y la experiencia

Pedro Nikken (1945-2019) falleció en Caracas, este 9 de diciembre. Figura clave en el mundo latinoamericano de los derechos humanos, Venezuela lo pierde cuando de nuevo ―tras bambalinas― tejía vías para encontrar una salida negociada a la crisis en nuestro país, a tono con el papel que había venido cumpliendo en los últimos años.

El viernes 6 de diciembre, activo como estaba, acudió a la Universidad Católica Andrés Bello para participar del encuentro de la sociedad civil. Su voz fue y será una referencia para defensores, estudiosos y organizaciones de derechos humanos en Venezuela. En los últimos años participó en diversas misiones internacionales, lo que le permitió establecer el contraste con lo que veía en Venezuela. “Necesito otra vida para poder terminar con todas las vainas que quiero hacer”, me dijo con una de sus sonrisas pícaras la última vez que le vi, meses atrás.

A Pedro le conocí cuando ya estaba de vuelta. Siendo un peso pesado en el sistema interamericano de derechos humanos. Tras ser juez y presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (1980-1988), había decidido regresar a Venezuela, y se negaba a colgar los guantes. Trabamos amistad tras los sucesos de los años 2002-2003. En aquel entonces, bajo su dirección y la de Carlos Ayala Corao, una nueva camada de activistas venezolanos de la sociedad civil comenzamos a acudir a las Audiencias de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

La presencia de Nikken y de Ayala Corao en aquellas visitas, de las que yo participé entre 2003-2006, le otorgaban un respaldo a las denuncias que llevábamos, en años en los que en muchos foros internacionales aún no se entendía el carácter autoritario del chavismo. Pedro, aun siendo interpelado en diversos espacios, mantenía una sindéresis envidiable. Nunca perdía los estribos.

La única vez que lo vi fuera de sus casillas fue ante una insistente broma de otro colega abogado. Estábamos de visita en Washington, allá por 2005. “Tú piensas que estás haciendo una broma, pero no es graciosa, y corres el riesgo de perder una amistad genuina”, cortó Nikken.

Pedro le daba un valor central a la amistad y así lo pude comprobar. Cuando comenzamos a conversar en privado y traté de reconstruir lo que había sido su vida, una carrera admirable desde mi punto de vista, cada punto de inflexión en su vida (nombramiento de decano en la UCV, ingreso a la corte como juez, presidencia de la Corte Interamericana, entre otros) lo asociaba no sólo a su capacidad o experticia, sino al empujón que le había dado algún amigo, diciendo por ejemplo que el cargo estaba abierto o convenciéndole que se postulara.

Compartimos la dirección de la asamblea de socios del Programa Venezolano de Derechos Humanos, PROVEA, en un período álgido entre 2004-2006, cuando la polarización parecía que iba a acabar con la organización de más larga data en Venezuela. Fueron incontables reuniones con todo el equipo de planta, con asociados que sobreponían su simpatía por el chavismo y con otros colegas más centrados en defender la institucionalidad por encima del vendaval político de entonces.

Pedro condujo muchas de aquellas reuniones. Allí salieron a relucir sus dotes del negociador, del hombre empecinado en encontrar puntos en común antes que identificar las discordias. Fue un buen aprendizaje y hasta me gané el único regaño que me dio Nikken. Estábamos en la votación de un asunto crucial y yo decidí salvar mi voto. “Andrés, son los Estados los que salvan su voto, nosotros siempre debemos tomar posición”, me espetó molesto.

La falta de respuestas en el sistema judicial de Venezuela abrió las puertas para llevar casos ante la Corte Interamericana, relacionados con la libertad de expresión. Aquello fue otra oportunidad de oro para ver a Pedro moverse a sus anchas. Aquel espacio, aquellas discusiones, parecían ser su hábitat natural.

Pude asistir a San José con delegaciones de expertos que acompañaban a medios afectados, principalmente RCTV y Globovisión. En aquel momento comprendí cabalmente la impronta de mi amigo como referente latinoamericano en la defensa de los derechos humanos. Cuando Pedro pasaba, no exagero, se le daba una suerte de reverencia al doctor Nikken.

Tras varios años de amistad y de tener un camino común, en medio de un período de decisiones que marcarían mi vida, tuve el atrevimiento de pedirle a Nikken que fuese mi consejero personal. Contrario a lo que yo creía, Pedro se lo tomó muy en serio. Teniendo él, como yo, un historial de divorcios y de relaciones amorosas fallidas, selló con una frase su consejo favorable a que me volviera a casar, cosa que sucedió en 2008 y él me acompañó.

“Andrés, se trata de poner la esperanza por encima de la experiencia; es la única manera de que puedas apostar a un matrimonio después de dos divorcios”, me dijo muy serio.

Gracias, Pedro, donde quiera que estés.

 

 

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