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Poemas para la vida: ‘Used words’, de Juan Luis Panero

Panero. El apellido por si sólo habla de una peculiar estirpe de escritores y, entre ellos, Juan Luis (Madrid, 1942 – Torroella de Mongrí, Gerona, 2013), poeta de palabra honda en la que destellan trazos de Elliot, Cavafis y Cernuda, sin perder un tono narrativo y desencantado muy personal que una y otra vez vuelve sobre la vida, el amor perdido, el tiempo y la muerte.

El mayor de los tres hijos del versificador Leopoldo Panero y de la escritora Felicidad Blanc, Juan Luis era hermano de Leopoldo María y sobrino de Juan Panero, también poetas. Mucho se ha hablado de su familia. Madre y hermanos protagonizaron El desencanto, la última película mutilada por la censura del momento, un documental dirigido por Jaime Chávarri en el que con la mirada puesta en el desaparecido padre sus familiares trazaban un agrio y esclarecedor retrato de una España tradicional y tradicionalista en blanco y negro.

Formado en centros de El Escorial y Londres, Juan Luis pronto mostró su cara rebelde y se apartó del acomodado ámbito familiar. Viajó por el mundo en lo que él mismo definía como “mis peregrinaciones”. Especialmente por Latinoamérica, en donde pasó largas temporadas y trabó relación, entre otros, con Octavio Paz, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges.

A través del tiempo supuso en 1968 su carta de presentación poética, al que siguieron Los trucos de la muerte, en 1975; Desapariciones y fracasos, en 1978; y Juegos para aplazar la muerte, en 1984. Con Antes que llegue la noche ganó en 1985 el Premio Ciudad de Barcelona. Con Galerías y fantasmas, el Internacional de Poesía de la Fundación Loewe en su primera convocatoria, y con Sin rumbo cierto, el Comillas de Biografía, Autobiografía y Memorias. En 1993 publicó Los viajes sin fin y seis años más tarde Enigmas y despedida, su último poemario. Tras la publicación en 1997 de su Poesía Completa, en 2009 La memoria y la muerte recogía su obra poética editada hasta entonces.

Convencido de que el oficio de poeta supone un duro destino, pues se escribe por fuerza y desde la conciencia de que “las palabras se levantan inútiles frente a la realidad de quien pide simplemente vivir”,  Juan Luis Panero murió el 16 de septiembre de 2013 en su casa de la población gerundense de Torroella de Montgrí, en donde había establecido su residencia desde 1985.

“La larga, lenta lengua de la muerte ha lamido la mano del que escribe, lucidez o locura, nadie sabe: sólo quedan palabras, palabras deshaciéndose”, escribe.

Con el tono próximo y elegíaco de muchas de sus composiciones rescatamos el poema Used words del libro Desapariciones y fracasos:

 

Con palabras usadas,
gastadas por el tiempo y la costumbre,
cuyo último temblor ya no se siente.
Con palabras, como sueños, quemadas por la vida,
esta noche de lluvia hablo contigo,
trato de hablar al menos, ligeramente ebrio,
construyendo cada sílaba en el país de nunca jamás,
y sintiendo esa repentina lucidez
con la que, de pronto, rompemos la rutina de ser y conocemos,
sintiendo, digo, esa rara sensación, distante y desangrada,
del whisky, de la noche y el silencio,
de la entusiasta desesperación con que aceptamos la derrota,
de ese vértigo, a veces, sólo a veces, tuyo y mío,
donde morimos sonriendo con los ojos abiertos.
Sintiendo lo poco que es un beso al fondo de tu lengua,
o tus ojos mirándose en los míos,
o nuestras manos unidas en el aire,
recorriendo un museo de aceptados fracasos.
Desfilan, batallón desolado de fantasmas,
nombres y nombres con distinto eco.
Pretendemos, con abolidos rostros, fechas caducadas, ciudades imposibles,
contestar una vieja pregunta
cuya respuesta sólo la muerte ya conoce.
Años y años, voluntarios exilios de seres y países,
los hijos que no quise tener, los que tú sí tuviste,
el temblor del deseo que aún guardas en tu piel,
mi repetido navegar de cama en cama,
se reúnen y afirman su destino
frente a la ceremonia del amanecer.
Y todo lo sabemos y está escrito en tus ojos,
sin embargo hoy, este día con sol, -tan raro en Bogotá-
de finales de julio, de algún año cualquiera,
te propongo mi amor, sé que tú aceptarás,
con palabras usadas, te propongo mentirnos.
Pasada ya la noche, quietos frente al espejo,
mientras yo me afeito y tú pintas tus labios,
te propongo mi amor, decir que nos queremos.
Decir -y son tan sólo ejemplos- «hoy existe la vida por nosotros»
o «tú no te morirás nunca»
o, tal vez, «aún hay noches y noches que esperan
nuestros brazos, ese especial calor de dormir abrazados».
Olvidando, tratando de olvidar nuestro pasado,
ignorando el futuro, sin duda inalcanzable,
con palabras gastadas, decir y repetir
-es otro ejemplo- «gracias mi amor por haber existido».
Al menos por un rato -a nadie molestamos-
con palabras usadas mentirnos y mentirnos,
mentirnos contra el tiempo, despreciar su victoria.

Envío:
Te dejo este poema
confuso, absurdo, largo,
para que tú lo tengas como un pañuelo viejo
a los pies de tu cama, para que tú la tengas,
y un día te lo encuentres, confuso, absurdo, largo,
un día como éste -cuando ya no estaremos-
y recuerdes, debajo de la ducha,
que alguna vez te quise -mentiras y mentiras-
que alguna vez te quise -era un día de julio-
con palabras usadas, como un disco rayado,
que recuerdes, mi amor, esta letra de tango.

 

 

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