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«¿Por qué no te callas?».

 

Por qué no te callas | Granada

 

«Cállate, viejo», fue lo que pensó decir mi amigo en medio de un discurso en el seno de un partido político en Venezuela. Debo aclarar que ni mi amigo ni yo tenemos nada en contra de las personas mayores. Además, entendemos que la edad es algo transitorio y que todos, a fin de cuentas, vamos para allá. Siento un profundo respeto por las personas mayores, esas que tienen la mochila cargada de kilometraje, de experiencias, de situaciones hostiles, de seres queridos que han enterrado y que, aun así, siguen en pie. Siento un profundo respeto y admiración por esos viejos que, con una palabra de compromiso, lucidez, reflexión, y mediante la constatación y el cotejo de la realidad, hacen ver el mundo de una manera diferente. Esos viejos sabios, de los que hoy quedan muy pocos en Venezuela, quizá fueron en su juventud redomados idiotas, pero se preocuparon por instruirse, leer y, con el paso de los años, aprendieron a hablar con cordura y sapiencia. Se dedicaron a prepararse para las trampas del presente con los libros que tenían a su alcance.

La historia nos da muchos ejemplos de cómo las personas mayores, con su experiencia, han ayudado a que el mundo sea mejor. Tenemos el caso de Winston Churchill, quien, a los 65 años, se convirtió en primer ministro del Reino Unido durante uno de los momentos más oscuros de la humanidad: la Segunda Guerra Mundial. Benjamin Franklin, a los 70 años, colaboró y firmó la Declaración de Independencia de los Estados Unidos; y Nelson Mandela, a los 75 años, fue elegido presidente y ayudó a salvar a su nación. Hollywood también nos ha mostrado la importancia de la edad y de la experiencia. En la película La Roca (The Rock), un grupo de soldados estadounidenses, liderados por el general Francis Hummel, toma la prisión de Alcatraz y captura a un grupo de turistas como rehenes. Hummel amenaza con lanzar misiles cargados con un arma química sobre San Francisco si el Gobierno no cumple sus exigencias. Para detenerlos, el FBI recurre a Stanley Goodspeed (Nicolas Cage), un especialista en armas químicas, y a John Mason (Sean Connery), un antiguo agente británico que es el único prisionero que consiguió escapar de Alcatraz y que conoce perfectamente los túneles y pasadizos de la isla. Sean Connery tenía 65 años cuando hizo la película y el personaje que interpretaba, John Mason, tenía aproximadamente esa misma edad. Connery ofrece una actuación espectacular, demostrando que la experiencia, la condición física, la inteligencia y la capacidad de actuar bajo presión no tienen por qué desaparecer con los años. Tampoco podemos olvidarnos de Sócrates, quien, en su etapa de mayor apogeo, tenía alrededor de 60 años. Iba descalzo por todos lados, con perfil bajo, presentándose como el más ignorante de todos y, siendo maestro, se comportaba como un discípulo; así derrotaba a sus adversarios con facilidad. Sócrates creía que el proceso de aprender desafiaba la vanidad y que, hasta el final de la vida, se podía seguir aprendiendo.

Lamentablemente, la vida ha dado de baja a algunos veteranos en Venezuela que nunca dejaron de combatir a Chávez y su combo, como el historiador Manuel Caballero. Pero debemos celebrar que todavía quedan señores con la cabeza muy bien amueblada que siguen al pie del cañón, como Gustavo Coronel, Germán Carrera Damas, Elías Pino Iturrieta, Milos Alcalay o Rodolfo Izaguirre, y seguramente se me escapan muchos otros. Tenemos la suerte de contar todavía con varias personas mayores coherentes en medio de tanto desorden.

Pero el problema que hoy radica en Venezuela, y que sale a flote, es que no todos los viejos que tenemos en el ámbito de la política —y fuera de ella— se formaron así. «Más sabe el diablo por viejo que por diablo», dice un refrán que, para mí, es odioso porque incita a la trampa, a la viveza criolla o a lo que en la jerga política venezolana se expresa cuando un joven inocente y cándido quiere incursionar en la política: «A ese muchacho lo que le falta es burdel». Al parecer, esta vieja guardia, esta generación antigua, estos señores mayores, estos viejos que fueron imbéciles cuando muchachos, nunca dejaron de serlo; solo cambiaron el discurso mientras se babean sobre su historia y su ego. Es lamentable ver a hombres jóvenes que frisan los 19 años embelesados por señores imbéciles, aferrados a ideologías que se fueron al carajo hace mucho tiempo.

Dejando claro que no tengo ningún problema con los viejos: algunos piensan que toda persona mayor debería gozar de un respeto automático; cederle el asiento en el autobús, dejarlo pagar primero o darle el paso con el carro al entrar a un estacionamiento. Todo esto me parece muy bien, pero lo que no podemos permitir ni ceder es aceptar que, por ser mayor, viejo o anciano, se le toleren las cabronerías, los actos de corrupción y el dinero robado a la nación para hacerse millonario. ¿Hasta cuándo vamos a escuchar a estos viejos decir las mismas estupideces? Hay muchos viejos imbéciles que han vivido del cuento y del discursito político durante muchos años. El problema es que lo que hoy se vive en Venezuela es distinto. Los gobiernos de antes no se habían manchado con el narcotráfico y la delincuencia como lo hicieron Chávez, Maduro y su claque. Por eso me parece demencial que un señor mayor, criado en democracia, sea capaz de defender a quienes hoy están en el poder, pasando la mayor vergüenza de su vida y de la izquierda mundial. Por eso es por lo que hoy resulta legítimo, y debería ser casi obligatorio, que cuando escuchemos a un viejo hablar pendejadas y defender a Delcy y a Maduro, lo más correcto sea decirle: «¿Por qué no te callas?».

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