Procrastinación
Sánchez ha agudizado la tendencia a convertir la política en un espectáculo. Es el terreno en el que se mueve a gusto y donde se sabe superior a la oposición
Pedro Sánchez en Ceuta. (EP)
Si hay una palabra que odio es el verbo procrastinar. Significa retrasar o posponer de forma voluntaria tareas, obligaciones o decisiones importantes, cambiándolas por otras actividades más placenteras, fáciles o irrelevantes. Perdone el lector que recurra a esta vocablo tan pedante, pero es el mejor que se me ocurre para definir la forma de gobernar de Pedro Sánchez.
Procrastinar la crisis de Ceuta es lo que ha hecho al cerrar los ojos ante la invasión impulsada o tolerada por Marruecos. Ha echado la culpa a las mafias y se ha ido de vacaciones, dando por solucionado el problema. La realidad es que quedan miles de menores en este enclave español. «Son cosas que ocurren», como ha dicho el ministro de Interior.
Si repasamos la trayectoria de Sánchez, encontramos numerosos ejemplos de procrastinación. Sin ir más lejos, el apagón. Prometió un informe que duerme el sueño de los justos y, que sepamos, no ha hecho nada para evitar que se repita. O el accidente ferroviario de Adamuz sobre el que existen sólidos indicios de que se produjo por un fallo de la vía. O su reiterada incapacidad para presentar unos Presupuestos, tal y como exige la Constitución.
En lo único en que se muestra diligente es en las promesas y cesiones al independentismo catalán, que ha roto con él al darse cuenta de que su palabra no vale nada. Ni siquiera es seguro que Puigdemont pueda volver a corto plazo porque la última decisión corresponde al Supremo.
En relación con esta actitud de diferir o ignorar los problemas, Sánchez jamás asume responsabilidad alguna por su actos. La corrupción le rodea, pero él no sólo no tiene ninguna culpa sino que además se siente víctima de un acoso arbitrario. La energía y los recursos que emplea para fabricar relatos que intentan demostrar que es un excelente gobernante brillan por su ausencia cuando se trata de buscar soluciones a los grandes problemas del país. Pondré solo un ejemplo: las pensiones. El elevado déficit de las prestaciones exige una reforma que el presidente elude al negar que el sistema esté en riesgo de colapsar, como advierten los expertos.
Hay muchos ejemplos de dirigentes que optaron por no afrontar los retos en la confianza de que se resolverían solos. Rajoy, por ejemplo. Pero eso no funciona. Los problemas acaban siempre por agravarse, aunque a veces estallan cuando el gobernante ha dejado el cargo.
Henry Kissinger sostenía que los dirigentes carecen de incentivos para resolver asuntos cuyas soluciones sólo son visibles a largo plazo. Esta es la esencia de la procrastinación y de la actitud de Sánchez, un político instalado en el corto plazo. Por eso, no tiene ni el más mínimo interés en resolver el caos ferroviario, el mal estado de las carreteras o la pésima atención al ciudadano en las administraciones públicas, temas sin ningún rédito electoral.
Sánchez ha agudizado la tendencia a convertir la política en un espectáculo. Es el terreno en el que se mueve a gusto y donde se sabe superior a la oposición. El inconveniente es que nos ha convertido en rehenes de su interés por seguir en el poder.
