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Sánchez, Feijóo y el Dios medieval

La oposición debería preguntarse por qué a medio país le da igual que le engañen

«Creo porque es absurdo». La frase condensa una cita algo más compleja de Tertuliano, Padre de la Iglesia del siglo II, que para expresar la grandeza de la fe señaló que las convicciones religiosas pueden y deben rebasar el orden racional de la inteligencia humana. Esa ‘absurditas‘ es el fundamento de la creencia que inaugura una forma de conciencia que trasciende a los hechos y al juicio ordenado. Si asumimos la tesis de Raymond Aron, tantas veces replicada, de que la política no es más que una religión de sustitución, las palabras del viejo Tertuliano quizá nos sirvan para interpretar el escándalo constante al que asistimos.

¿Puede hablar de desinformación el presidente que más ha faltado a su palabra en nuestra democracia? ¿Es compatible lamentar la degradación de la palabra pública con la elección de un perfil como el Óscar Puente? ¿Podemos creer a quienes lamentan que se fiscalice a familiares de políticos al tiempo que imprimen sobre una lona la cara del hermano de Isabel Díaz Ayuso, sobre el que no pesa acusación formal alguna? Evidentemente no, e intentar razonar o señalar las contradicciones de quienes maniobran de forma semejante es ridículo. La estrategia de Pedro Sánchez se asemeja a una forma de luz de gas grupal en la que se niega, con una sonrisa, lo que está a la vista de todo el mundo. El propósito de su discurso no es engañar ni hacernos creer nada, puesto que su mensaje es abierta y explícitamente falaz. Su artimaña, sin embargo, es eficaz por un motivo. Sus devotos seguidores asentirán a lo que diga el líder no por la adecuación entre sus palabras y los hechos, sino por la propia condición mesiánica de quien lo enuncia.Uno no cree en Sánchez por lo que dice: el verdadero creyente prueba la calidad de su fe cuando cree en lo imposible.

Este desafío epistémico no sólo es efectivo entre quienes apoyan al presidente. Su mayor éxito se demuestra entre sus adversarios, que sumidos en el orden de una racionalidad modesta se desesperan intentando desactivar la coartada. Otro absurdo, pero en esta ocasión perfectamente yermo. Toda España es consciente de las mentiras del presidente. La oposición, en lugar de señalar con el dedo las contradicciones que son evidentes para todos, debería preguntarse por qué a medio país le da igual que le engañen y por qué la gente prefiere las mentiras de otro a sus supuestas verdades. De vuelta a la filosofía medieval, me escudaré en la estrategia de quienes abrazaron la teología negativa. No tengo ni idea de cómo habría de enfrentarse al sanchismo, pero parece evidente que no es suficiente con señalar sus mentiras ni sus contradicciones. La gente necesita creer en cosas y, como expresó Tertuliano, para creer de verdad en algo, la razón no es suficiente. O traducido al lenguaje político: para ganar unas elecciones, no basta con tener razón.

 

 

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