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Soledad Loaeza: A confesión de parte

Andrés Manuel López Obrador informó a la opinión pública que, después de hablar con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dio personalmente la orden de suspender la operación en la que Ovidio Guzmán, hijo del Chapo, sería detenido. Dijo el presidente mexicano que había tratado el tema con el gabinete, y todos de seguro le dijeron que sí, que sí. Según dijo el presidente —título que López Obrador utiliza porque ocupa la silla presidencial—, se echó para atrás en esa decisión para evitar una batalla en la que, de acuerdo con sus cálculos, morirían 200 personas. Puede ser; pero, a mi manera de ver, cometió dos ofensas graves al cargo que ocupa y al Estado mexicano que ha protestado representar: primero, atribuyó al presidente Trump la autoridad moral para avalar lo que debió haber sido una decisión soberana; y segundo, puso a los narcotraficantes al nivel del ejército mexicano, como si la violencia de las huestes del Chapo Guzmán tuviera la misma legitimidad que las fuerzas armadas del Estado mexicano.

Es muy probable que si escuchara estas observaciones el presidente López Obrador se sorprendería, porque parece convencido de que lo que hizo es lo correcto, y además que así debe ser porque él cree que el presidente de México le pide su opinión a Donald Trump antes de tomar una decisión, (y no sólo lo hace, sino que lo platica), y también piensa que negociar con el narcotráfico es una política efectiva y astuta. Ambas políticas implican una cesión de soberanía fenomenal; el presidente tendría que saber —o al menos intuir— que con estas concesiones a estos adversarios, pierde capacidad de gobierno.

Ilustración: Víctor Solís

 

No sé qué me causó más desconsuelo, si saber que el presidente de la República Mexicana le llama al de Estados Unidos para que le haga el fuerte en una decisión; enterarme de que el primer responsable de nuestra seguridad, de la seguridad de la sociedad mexicana, haya reconocido que no puede garantizarla y que la haya puesto en manos de la delincuencia organizada; o, la conmovedora ingenuidad con la que el presidente confesó la enorme debilidad que le resta la posibilidad de gobernar, de ser verdaderamente presidente de México.

López Obrador nos ha hecho creer que es un presidente fuerte porque desmanteló la residencia de Los Pinos, para mudarse a Palacio Nacional, un edificio mucho más imponente que la casota de Molino del Rey; pretende ser muy fuerte porque impunemente dio marcha atrás a compromisos que había adquirido el Estado con inversionistas nacionales y extranjeros sin más argumento que el de que no es florero. López Obrador quiere decirnos que es muy fuerte porque toma decisiones que cercenan pedazos enteros de la administración pública, con la única explicación de que habían sido creados o habían crecido por decisión de los neoliberales; López Obrador cree que es prueba de fuerza que cada mañana se presente ante los medios a acusar y ofender a personas muchas de ellas honorables, que quedan inermes porque no tienen los recursos para defenderse que tiene el presidente para insultarlos en público. Pero que no se le atraviese la mamá del Chapo o Donald Trump porque entonces lo vemos desnudarse con toda humildad para rendir cuentas de una debilidad que, esa sí, no es como ninguna otra.

El poder del presidente no es ni ha sido nunca un asunto de personalidad pues, por muchas virtudes que tenga el jefe del ejecutivo, no sustituyen la legitimidad del Estado de derecho, todavía menos cuando sabemos que buena parte de la popularidad del presidente la paga el erario público. Ni siquiera Lázaro Cardenas, la figura más imponente de nuestro repertorio presidencial, derivaba su autoridad exclusivamente de su persona. Actuaba siempre con los pies bien puestos en la legitimidad del Estado. Dicen que era muy soberbio, como lo eran Miguel Alemán o Carlos Salinas, pero todos sabían algo que López Obrador parece ignorar, que sin Estado no hay presidente. Lo saben el Chapo y Donald Trump, y el día llegará en que se lo expliquen. Cuando esto ocurra López Obrador tal vez se dé cuenta de que ésos sus amigos, no son amigos del resto de los mexicanos.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Obtuvo el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

 

 

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