Soledad Morillo Belloso: Lectura para un domingo caluroso
En una reunión en la que participé como mirón de palo, una persona dice: “La interina me recuerda a Catalina La Grande”. Escuché tamaño disparate y de veras tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para mantenerme en silencio. Otros asistentes me rogaban que no saltara. “Déjalo pasar”. Y así hice.
Pero como no soy mujer de quedarme con la aclaración necesaria atascada en la garganta, y como mis dedos son bastante más rebeldes que mis cuerdas vocales, aquí va en unos poquitos párrafos lo que mi papá llamaba “contribución al discernimiento”.
Hay comparaciones que no calzan por ninguna parte, pero esta —La interina como Catalina la Grande— no solo no calza: Hace cortocircuito, huele a cable quemado. Es una comparación que se desmorona apenas se pronuncia, como una estatua de yeso expuesta a la lluvia. Y sin embargo, vale la pena desmontarla con paciencia, porque los dislates también merecen su autopsia.
Catalina II de Rusia, Ekaterina Alekséyevna, nació en aquella Pomerania prusiana —hoy Polonia— el 21 de abril de 1729, y murió en San Petersburgo el 17 de noviembre de 1796. Pero decirlo así, en seco, es apenas la cáscara. Catalina no fue una emperatriz por accidente ni por herencia dócil: Fue una mujer que se abrió paso como quien abre una brecha en un bosque congelado. Llegó al trono luego de derrocar a su marido, Pedro III, en un golpe palaciego que tuvo más filo que cualquier novela. Desde ese día, gobernó con una mezcla de cálculo, ambición y lucidez que muchos han querido copiar.
Pedro III era un espantajo con corona, un muñeco desmadejado que olía a humedad y a derrota incluso antes de sentarse en el trono. Caminaba por los pasillos de palacio como esos hombres que uno ve en las plazas, hablando solos, peleando con fantasmas, convencidos de que el mundo les debe reverencia sin haber hecho nada para merecerla. Tenía la torpeza de los que nunca aprendieron a sostener un vaso sin derramarlo, y la soberbia inútil de quien se cree general porque juega con soldaditos de plomo.
En la mesa era un desastre, en la cama un bostezo, en el poder un mal chiste. Catalina lo observaba como a un gallo flaco que pretende cantar al amanecer: Con paciencia, con fastidio, con la certeza de que habría de reemplazarlo antes de que arruinara la cosecha. Su reinado fue eso: Un ruido tonto, una anécdota que la historia recuerda solo para explicar cómo una mujer tuvo que barrerlo del camino para que Rusia dejara de hacer el ridículo.
El reinado de Catalina, empapado de las ideas de la Ilustración, fue una operación de rescate cultural: Rusia dejó de ser un gigante somnoliento y empezó a respirar como potencia. Se fundaron ciudades, universidades, teatros; llegaron inmigrantes atraídos por la promesa de un país que se modernizaba; Las ciencias y las artes florecieron como si alguien hubiera levantado las compuertas de la luz.
Catalina no administró un imperio: Lo empujó hacia adelante, lo estiró, lo afinó, lo volvió interlocutor de Europa. Rusia dejó de ser periferia y se convirtió en una potencia reconocida, una voz que ya no podía ignorarse en el concierto continental.
Catalina no fue grande por decreto o propaganda. Lo fue porque se abrió paso a codazos en un mundo que no estaba diseñado para que una mujer mandara.
Si es cierto, como hay evidencias que lo certifican, que era una mujer dada a las complacencias de la carne, pues bien por ella. Catalina entendió el poder como una coreografía íntima. En su alcoba, el mundo se reordenaba: Allí se decidían ascensos, se firmaban alianzas invisibles, se moldeaba el mapa del imperio. Sus amantes eran elegidos con la precisión de quien escoge generales para una campaña decisiva. Jóvenes oficiales, cortesanos de mirada ambiciosa, diplomáticos con lengua de terciopelo: Todos pasaban por ese salón privado donde la emperatriz, con una mezcla de cálculo y deseo, los convertía en piezas útiles de su maquinaria política. Pero ninguno logró ocupar el espacio que tuvo Potemkin.
Gregorio Potemkin era un vendaval con botas, un animal político que sabía entrar a una pieza como si la luz lo siguiera. Tenía esa peligrosa mezcla de encanto y ferocidad que convierte a un hombre en leyenda: Hablaba como general, seducía como cortesano y pensaba como arquitecto de imperios. Con Catalina, la cama dejó de ser un mueble y se volvió cuartel, mesa de guerra, laboratorio de ambición. Él no fue amante: Fue cómplice, sombra, espejo y tormenta. Juntos levantaron ciudades, inventaron victorias y moldearon Rusia como si fuera arcilla caliente. Él era el único que podía mirarla sin bajar la vista, el único que entendía que el poder también se respira, se muerde, se comparte como un tazón de sopa caliente en medio de una campaña militar. Le dio a Catalina algo más que placer: Visión, estrategia, músculo imperial.
Y sin embargo, en esa constelación de favoritos hubo un visitante inesperado, un relámpago tropical que cruzó la corte rusa dejando un olor a pólvora y aventura: Francisco de Miranda. El caraqueño, con su verbo de oleaje y su planta de hombre que ha visto demasiados mundos, fascinó a Catalina por un instante que todavía vibra en las biografías. No fue su amante formal —la corte era un teatro demasiado rígido para permitirle ese título—, pero sí un hechizo, una tentación intelectual, un destello que Catalina vio con la curiosidad de quien mira un animal exótico recién llegado de tierras ardientes. Miranda, que coleccionaba revoluciones como otros coleccionaban amantes, dejó en ella la marca de un hombre que no se arrodillaba ante coronas. Ella lo dejó ir, quizá porque entendió que aquel venezolano no estaba hecho para ser favorito de alcoba, sino para incendiar continentes. Y así, en la memoria de Catalina, Miranda quedó como un amante imposible, un deseo inasible, una página en la historia.
Catalina llegó a Rusia como extranjera, casi como intrusa, y terminó gobernando un imperio que se extendía como una bestia dormida sobre la estepa. Ella conspiró, derrocó, sedujo, negoció, reformó. Su ascenso fue una operación de precisión: un golpe palaciego que dejó a su marido fuera del tablero y a ella en el trono, con la mirada fija en la modernización de un país que aún olía a feudalismo.
Su correspondencia con Voltaire y Diderot no era coquetería intelectual; era estrategia de Estado. Catalina entendió que el poder se talla. Y ella lo talló con la obstinación de un escultor que sabe que la piedra es dura pero no invencible.
La interina, en cambio, es vástago de un aparato que ya estaba oxidado y lleno de remiendos antes de que ella llegara. Su poder no es conquista: es concesión. No es arquitectura: Es mantenimiento del derrumbe. No es audacia: Es obediencia. La interina no derrocó a nadie (a ella le hicieron el trabajo). No reforma nada, no expande fronteras, no moderniza instituciones. Su gestión es un catálogo de urgencias escrito con pésima gramática y peor ortografía, un inventario de parches mal cosidos, una administración de ruinas. Se mueve dentro de un sistema que la tolera mientras sea útil, como una pieza intercambiable en una maquinaria que otros operan. Es reactiva, pero apaga incendios con un vaso de agua. No tiene proyecto, ni visión, no tiene idea de cómo moldear un país. Hay supervivencia burocrática, salvada de pellejo. Cero liderazgo.
Catalina gobernó un imperio que crecía. La interina administra un territorio que se encoge. Catalina expandió fronteras con tratados y guerras. La interina firma acuerdos para ganar tiempo. Catalina dejó reformas, instituciones, ciudades, academias. La interina deja comunicados, reuniones, fotos de protocolo. Catalina fue arquitecta de poder. La interina es marioneta.
Compararlas es como creer que es lo mismo un sable y un abrecartas. Catalina fue una fuerza histórica que empujó a Rusia hacia adelante. La interina es la escogida para cubrir la apariencia de un sistema que se desmorona. Catalina dejó huella. La interina como mucho deja constancia de la mediocridad. Lo de Catalina fue poder y autoridad; Lo de la interina es mamarrachada.
No. Catalina y la interina no se parecen ni en el blanco del ojo.
Soledadmorillobelloso@gmail.com – @solmorillob
