Villasmil: Castrismo, su fracasado «hombre nuevo» y el «homo cubanus»
Se acaba de cumplir el centenario del nacimiento de Fidel Castro. A nadie se le ocurrió celebrarlo —salvo, claro, a la camarilla que detenta el poder reflejado del Norte en la sufrida Venezuela—. Y en Washington a nadie se le movió ni una ceja para protestar.
En realidad, no había nada que celebrar del fracaso más rotundo de este lado del Atlántico del llamado marxismo de clara influencia soviética; sobre todo en economía, que es de lo que hablaré hoy.
El castrismo en economía ofreció una praxis enloquecidamente estúpida al servicio del objetivo político esencial: el mantenimiento del poder, aplicando en forma cruda y dura las lecciones del estalinismo.
Todo ello, con extrema crueldad, y poniendo bajo sosprecha a todo y a todos, como corresponde a todo régimen totalitario.
Nadie puede negar el histórico fracaso del esfuerzo económico de un régimen socialista dispuesto y deseoso de crear en tierras caribeñas un «hombre nuevo». La realidad es que, comparando números y resultados, la sociedad del hombre ¿viejo? precastrista derrota con creces todos los esfuerzos revolucionarios, los cuales incluyeron en sus inicios el nombramiento de uno de sus íconos —hoy especialmente convertido por el capitalismo en t-shirt de presencia global—, Ernesto «Che» Guevara, como presidente del Banco Nacional, director del Departamento de Industrialización del Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA) y ministro de Industrias. El Che tenía una varita mágica negativa: todo lo que impulsaba en asuntos económicos quedaba destruido en poco tiempo.
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Formulada por Ernesto «Che» Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba (1965), la tesis del «Hombre Nuevo» pretendía extirpar el interés material e individual, sustituyéndolo por estímulos morales y una dedicación abnegada al Estado colectivo. Más que una utopía, constituyó una horrorosa distopía, con líderes centrados en vivir y celebrar con placer la maldad, la cual exportaron a gran escala.
¿Cómo era el antes prerevolucionario? En 1958, con una población de seis millones de habitantes, Cuba tenía un producto interno bruto per cápita de 374 dólares, según el Atlas of Economic Development (1961) de Norton Ginsburg, o de 520 dólares, según otros autores (H. T. Oshima, Felipe Pazos, José F. Álvarez Díaz, Leví Marrero, José M. Illán). Ese mismo año, el ingreso nacional por habitante de España fue de 180 dólares, menos de la mitad del de Cuba en cualquiera de los dos cálculos.
El contrapunto entre el idealizado «Hombre Nuevo» promovido por la Revolución cubana y el emprendedor cubano del exilio representa uno de los contrastes sociológicos y económicos más marcados de la historia contemporánea de América Latina.
No puede culparse de los entuertos posteriores ni de los fracasos económicos del castrismo al «Homo Cubanus», cuya capacidad de emprendimiento, su disposición al trabajo y su creatividad en diversos campos se han podido ver en muchos países donde la diáspora cubana se asentó: Venezuela, México y España son buenos ejemplos; pero, sin duda alguna, el arquetipo histórico de tales esfuerzos, el modelo del único milagro económico generado por el castrismo, es Miami.
En los Estados Unidos se estima que residen entre 2,9 y 3,0 millones de personas de origen cubano. Esta cifra abarca tanto a las personas nacidas en la isla que han emigrado (aproximadamente 1,3 millones de personas) como a sus descendientes nacidos en territorio estadounidense que se identifican como tales. Florida concentra la inmensa mayoría de la comunidad cubana en el país (casi un 70 %), aproximadamente 1,6 millones de ciudadanos. El condado de Miami-Dade es el epicentro demográfico, cultural y político de la comunidad cubanoamericana.
El aporte a todo ello del «Homo Cubanus» es innegable; la combinación del «Homo Cubanus» con la tierra de oportunidades que había sido siempre Estados Unidos permitió que miles de ciudadanos de la isla, a lo largo de décadas, pudieran lograr el sueño de vivir en un orden social donde los seres humanos pueden alcanzar el máximo de lo que son capaces y obtener reconocimiento social por lo que son y han logrado.
Mientras, la sociedad cubana en la isla está enfrenta un estado extremo de orfandad económica bajo sesenta años de un antropológico pocas veces visto.
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Volvamos a la isla: luego del fracaso espectacular de los «planes de industrialización» en los primeros años del castrismo, se intentó volver a la producción de caña de azúcar con otro fracaso notorio: «la zafra de los 10 millones de toneladas», supuesta a producirse en 1970, fue un desastre estrepitoso. Considerada en otros tiempos como la locomotora económica del país, la industria del azúcar tocó fondo en 2025 con una producción de menos de 150 000 toneladas métricas, el peor resultado registrado por el sector en más de un siglo.
En realidad, lo que el castrismo ha producido en materia económica es una eterna dependencia: primero de la ayuda soviética (hasta la caída del Muro de Berlín) y luego de la venezolana. Por muchos años fue una base militar soviética, y en ese entonces lo que más exportaba Cuba eran soldados —en gran medida afroamericanos— para las guerras que el imperialismo soviético libraba en África. Era una forma de alquiler de fuerza de trabajo esclava que sería sustituida posteriormente —por ejemplo, desde que se inicia la dependencia del petróleo venezolano— por médicos cubanos, maestros y entrenadores deportivos, sometidos también a una relación de neoesclavitud y que han generado importantes ingresos al régimen.
Una característica es fácilmente reconocible después de más de medio siglo de destrucción: la exportación de las excusas. Para el castrismo fue el embargo gringo (al que ellos y sus amigos llamaron siempre «bloqueo», con toda una narrativa victimista a la que bastante provecho le sacaron).
La conclusión es que el «Homo Cubanus» isleño merece tener las mismas oportunidades e incentivos que han beneficiado a sus hermanos repartidos por el mundo.
¿Cuándo ocurrirá? La incertidumbre que hoy nubla los análisis y expectativas de la realidad venezolana parece acercarse también a la hermana isla. Por desgracia, ya van más de sesenta años de sufriente daño antropológico, producto de exportación que Chávez y Maduro copiaron fielmente para Venezuela.
En Cuba —como en Venezuela y en Nicaragua— gobierna un régimen que le niega a sus ciudadanos el derecho a tener derechos. Esa es la cruda y perenne realidad: la que, al final, derrota a las tiranías y da paso a la libertad.

