Ucrania: una guerra generacional
El nuevo mundo ucraniano solo puede construirse sobre la verdad, mientras que el viejo mundo soviético-ruso está condenado a repetir su historia

(Ilustración: Nieto)
El conflicto entre la Rusia de Putin y la Ucrania de Zelenski no es una guerra tradicional entre naciones hostiles, ni entre un imperialismo y su vasallo; se trata del enfrentamiento entre dos generaciones que no logran reconocerse. Rusia encarna el viejo mundo, aquel por el que Putin siente nostalgia, ya que repite que la mayor catástrofe de la historia fue, en 1991, la desaparición de la Unión Soviética. En realidad, esa desaparición no es total: basta con escuchar a los dirigentes rusos para constatar que la URSS sigue presente en las costumbres y en su nomenclatura. Recordemos que aquella URSS se jactaba de contar con el Ejército más grande del mundo, aunque fuera mantenido a raya por los afganos. En realidad, el poderío militar ruso se basaba en su capacidad para sacrificar a millones de hombres, tal y como había hecho durante la Guerra Mundial: ningún oficial tenía la más mínima iniciativa, salvo la de obedecer a un mariscal envejecido y con estrategias obsoletas, que consistían en carros de combate en fila india, que lo arrasaban todo a su paso. La economía sufría el mismo estancamiento, reproduciendo modelos desfasados en inmensas fábricas con una jerarquía vertical: el pueblo obrero no tenía ningún poder, aplastado por la pretensión de la nomenclatura de saberlo todo. Esas fábricas de la Unión Soviética, al igual que su Ejército o su modo de gobierno centralizado, apenas han desaparecido. Gorbachov y, sobre todo, Boris Yeltsin, no fueron más que paréntesis en la historia de la URSS: un paréntesis cerrado por Putin, heredero directo del estalinismo y de su visión del mundo, cuya capital eterna –en términos de civilización, poder, influencia cultural y religiosa– sería Moscú. ¡Que Putin se tranquilice! La gran catástrofe que supuso la desaparición de la Unión Soviética no se produjo. Simplemente se reorientó hacia la Federación de Rusia, liberando a sus vasallos periféricos, como Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Asia Central y, sobre todo y ante todo, Ucrania, la perla del imperio.
Al comienzo de la guerra provocada por Putin, ¿nos preguntábamos si esa Ucrania existía realmente? Los destinos de Rusia y Ucrania parecían tan entrelazados que una separación resultaba impensable. De hecho, es difícil distinguir entre las culturas y las lenguas de Rusia y Ucrania; algunos de los más grandes escritores rusos eran de origen ucraniano, y los ucranianos hablan ruso a veces mejor que el ucraniano. Es cierto que Ucrania fue, en varias ocasiones, devastada por Rusia. Pero se trataba, por así decirlo, de una especie de reconquista utilitaria entre hermanos enemigos, pero hermanos al fin y al cabo. No es en la historia donde hay que buscar las raíces del conflicto actual y sus soluciones. Ambos enemigos representan menos a naciones distintas que a civilizaciones que ahora se enfrentan: los ucranianos se han mostrado individualistas y europeos, pero no los rusos. Todo había comenzado, recordémoslo, en noviembre de 2013, cuando la juventud de Kiev se levantó en la plaza del Maidan contra el poder de Yanukóvich, el hombre de Moscú. Ese presidente quería que todo siguiera como antes, con Ucrania dentro de Rusia, es decir, en la URSS. Mientras que la juventud del Maidan, que ahora tenía acceso –gracias a los viajes y a las redes sociales– al estilo de vida occidental, no tenía más deseo que dejar atrás el batiburrillo soviético. Fue precisamente porque el presidente de Ucrania, a las órdenes de Moscú, quiso romper toda relación con la Unión Europea por lo que la juventud de Maidan se rebeló.
Es significativo que Putin no haya comprendido el significado de esta revolución del Maidan. Como último de los líderes soviéticos, no podía entenderlo; por eso su reacción fue anexionar Crimea. Los europeos tampoco lo entendieron, al menos no de inmediato. ¿Acaso Crimea no había sido siempre rusa? ¡Qué error! Crimea fue tártara antes de que los tártaros fueran expulsados de allí por Stalin; además, la cuestión no era territorial, sino civilizacional: Crimea, bajo Putin, volvía a la civilización soviética, mientras que el resto de Ucrania miraba hacia Occidente.
Esta elección de Occidente por parte de la juventud ucraniana se manifiesta cada día: tanto en el ardor en el combate como en la fabricación de las armas que han frenado en seco las ambiciones de Putin. A diferencia del Ejército ruso, que solo opera en grandes formaciones jerárquicas y sacrifica a sus hombres, el ucraniano está descentralizado y formado por pequeñas unidades que toman iniciativas sin tener que consultar a los mandos superiores. Es significativo que el ministro de Defensa tenga 30 años. Huelga decir que estos jóvenes ucranianos saben por qué luchan, mientras que los rusos no lo saben, y son sacrificados como bestias. La transformación de la economía ucraniana, que ha pasado del modelo soviético al occidental, es otro factor decisivo de la resistencia. Los ucranianos han comprendido antes que los rusos que las guerras ya no requieren carros de combate pesados ni cañones de largo alcance, sino drones inteligentes, capaces de reconocer su objetivo. Cuando el Ejército ruso descubrió a su vez que la era de los tanques había quedado atrás, se inició la fabricación de drones, pero basándose en un único modelo, importado de Irán y producido en masa en grandes fábricas, fáciles de localizar. En Ucrania ocurre lo contrario: los drones son infinitamente variados, fabricados por pequeñas unidades independientes, generalmente privadas. Estas no dejan de perfeccionarlos, lo que explica el éxito de estos minúsculos aparatos, capaces de localizar una refinería o un camión a miles de kilómetros con un ‘smartphone’. Esta microindustria está cosechando tal éxito que Ucrania recibe solicitudes de países amenazados por sus vecinos, como Arabia Saudí o los países del Golfo, conscientes de que el futuro está en la inteligencia de la juventud ucraniana, mientras que el pasado pertenece a la gerontocracia de Moscú.
En otras palabras, la guerra en Ucrania enfrenta a una sociedad liberal con una sociedad totalitaria. Nos gustaría anunciar la victoria definitiva de la sociedad civil ucraniana frente a la militarizada rusa. Pero tal profecía sería peligrosa: como último recurso, Putin sería capaz, para no admitir su derrota, de desencadenar un espectáculo de fuegos artificiales nucleares. Y no idealicemos a la sociedad ucraniana: es evidentemente imperfecta, carcomida por la corrupción. Le cuesta reconocer que en el pasado perpetró grandes masacres, en particular contra sus ciudadanos judíos y polacos. La verdadera victoria de la juventud ucraniana frente a la vejez rusa consistiría en reconocer la compleja realidad de su propia historia. El nuevo mundo ucraniano solo puede construirse sobre la verdad, mientras que el viejo mundo soviético-ruso está condenado a repetir su historia, al no reconocerla.
