¡Vergüenza de feminismo caviar!
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Se me revuelven las tripas con el silencio atronador del feminismo caviar ante la masacre de mujeres iraníes, asesinadas por exigir derechos tan elementales como llevar la cabeza descubierta. Me hierve la sangre al constatar la desvergüenza de Irene Montero, Ana Redondo, Yolanda Díaz, Ada Colau y demás apesebradas del sistema, que viven opíparamente de reclamar y obtener privilegios, empezando por los legales, mientras desprecian el sacrificio de las persas que arriesgan el cuello en demanda de igualdad. Es vomitiva su hipocresía, flagrante su cinismo, inmoral su negativa a responder a la llamada desesperada de auxilio que lanzan las perseguidas a través de las redes sociales, repugnante esa ‘sororidad’ falsaria predicada a los cuatro vientos de la que quedan excluidas quienes no comulgan con sus dogmas o no sirven a sus intereses.
En realidad el desdén por la lucha heroica del pueblo iraní es generalizado en todo el mundo y especialmente en esta España ensimismada en su propia podredumbre. Algún día lo pagaremos. La izquierda, cada vez más extrema, convive sin despeinarse con la flagrante contradicción inherente a autoproclamarse ‘progresista’ y defender al mismo tiempo a los regímenes islámicos que abrazan la religión como única guía política y sitúan a la mujer en un plano varios escalones inferior al del hombre, excluyéndola de la vida pública además de recluirla en siniestras cárceles de tela. En el lado opuesto del arco ideológico se sitúan los partidarios de la teocracia, declarados nostálgicos del absolutismo, casi tan misóginos como esos clérigos chiitas que equiparan a las hembras humanas con cabras, ovejas o vacas. La libertad exige un ejercicio de responsabilidad que a muchos les resulta aterrador, por lo que prefieren entregarse a un código de conducta estricto que nada deje a su albedrío. Y luego está el miedo, claro. Miedo a represalias brutales como el intento de asesinato que sufrió Alejo Vidal Qadras en pleno centro de Madrid, contrapunto dramático a las prebendas económicas obtenidas por Pablo Iglesias y señora a través de Hispan TV.
Desde hace dos semanas largas, cada noche salen a las calles de Teherán y otros enclaves de la antigua Persia millares de personas decididas a recuperar la ciudadanía que les arrebató el imam Jomeini hace ya medio siglo. Se enfrentan solos y desarmados a la sangrienta represión de unos guardias revolucionarios que disparan a matar y ya han causado incontables víctimas. Trump les prometió ayuda, pero la ayuda no llega y ahora parece que se inclina por negociar. ¿Negociar qué? ¿El control del petróleo iraní? ¿El grosor del chador impuesto a las féminas como símbolo de su humillación? La indiferencia del mundo democrático ante el levantamiento de una nación reducida a la esclavitud por los ayatolás resulta tan desoladora como peligrosa. La del movimiento feminista, prostituido hasta el tuétano, constituye una traición infame a la causa que lo vio nacer. Una ignominia.
