Villasmil: Juventud victoriosa

En momentos en que la democracia venezolana daba sus primeros pasos, las juventudes partidistas se hicieron presentes en la lucha política. Las lides liceístas y universitarias fueron fraguas de liderazgos que hicieron aportes importantes a la defensa de la democracia venezolana, enfrentados a las derivas marxistas influidas por el castrismo. En las décadas iniciales jóvenes copeyanos, comunistas, masistas y de otras organizaciones políticas criollas debatieron y confrontaron, con variada suerte y posibilidad (la juventud adeca sufrió una gravísima división en 1960, de la que surgió el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, el MIR, y de la juventud comunista surgió el Movimiento al Socialismo, MAS). La crisis juvenil adeca determinó que por algún tiempo las luchas estudiantiles enfrentaran a las diversas organizaciones de izquierda, por una parte y por otra, la juventud demócrata cristiana, la JRC, como baluarte principal en la defensa estudiantil de la naciente democracia.
Hoy, para lograr avanzar en una verdadera reconstrucción democrática no se trata de copiar fórmulas y estilos que se usaron hace más de medio siglo; algo se puede aprender de ese pasado lleno de éxitos y de nostalgias merecidas, pero sobre todo hay que saber encauzar las acciones dentro de un mundo lleno de cambios de todo tipo para en verdad comenzar a dejar atrás los 27 años de pesadilla autoritaria. Algunas preguntas se deben tomar en cuenta:
¿Puede acaso regenerarse la política democrática sin un esfuerzo especial hacia y con la juventud? ¿qué perfil de actuación social y política deben tener los jóvenes? ¿ante la crisis global de lo político, qué debe significar hoy un término lejanamente popular: «democracia participativa»?
Pensar en la regeneración de la política democrática sin un esfuerzo centrado en la juventud resulta inviable. No se puede renovar la democracia repitiendo las estructuras, prácticas y vocabularios tradicionales como si los jóvenes de hoy tuviesen los mismos anhelos, la misma formación, los mismos sueños y las mismas maneras de ver el mundo de las generaciones de sus padres o de sus abuelos “baby boomers”. Ello sería un tragicómico error.
Hay que empezar por ubicarse en el hoy, nos guste o no, más allá de nostágicos recuerdos gloriosos. Lectoras y lectores: la juventud de hoy es la de Bad Bunny, no la de los Beatles.
Los jóvenes han sido los primeros en experimentar los fallos del modelo socioeconómico y cultural vigente (inflación, precariedad laboral, crisis de la institución familiar, destrucción de las instituciones educativas, carencia de opciones habitacionales, inequidad socioambiental) y, al mismo tiempo, son quienes están desarrollando con asiduidad nuevos códigos de comunicación, organización y acción colectiva.
No debe sorprendernos que cuando los cauces democráticos tradicionales no ofrecen respuestas ni espacios reales de incidencia, el desencanto juvenil suele ser instrumentalizado por liderazgos populistas o antipolíticos. Y eso está pasando en muchas partes, incluyendo nuestro propio vecindario latinoamericano.
La democratización de una sociedad es un proceso continuo que exige incorporar la mirada juvenil para redefinir el pacto social en función de las exigencias del presente.
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La desinformación en redes sociales ha transformado radicalmente la cultura política, especialmente de la juventud.
El contexto latinoamericano impone dinámicas particulares.
En una región donde la mayoría de los jóvenes consume noticias e interactúa políticamente (cuando lo hacen) a través de plataformas como TikTok, Instagram, X (Twitter), YouTube, Telegram y grupos en WhatsApp, la desinformación opera alterando la percepción de la realidad social y minando los pilares de la deliberación democrática.
Por desgracia, cuando los jóvenes están expuestos de manera continua a datos falsos, teorías de la conspiración, acusaciones cruzadas sin sustento y narrativas manipuladas, el resultado suele ser la pérdida de confianza.
La desinformación fomenta la sensación de que es imposible acceder a la verdad objetiva. Esto conduce al cinismo político, donde el joven concluye que la política es inherentemente corrupta y engañosa.
La desconfianza en las instituciones electorales desmotiva el voto joven, alejándolos de los canales formales de participación.
Peor aún: hoy todos, y los jóvenes no son excepción, somos tentados a seguir salvadores, mesías, cantamañanas populistas que prometen oro y riquezas materiales y emocionales con tal de conseguir nuestro apoyo. Eso pasó, por cierto, en Venezuela, en 1998.
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El término democracia participativa, popularizado en las décadas de 1960 y 1970, especialmente por la juventud democristiana, como una promesa de descentralización y poder popular, perdió parte de su fuerza transformadora debido al desgaste institucional y al uso meramente discursivo por parte del Estado.
Hoy, resignificar la democracia participativa no consiste en añadir mecanismos consultivos superficiales sino en reconfigurar el ejercicio del poder público.
El impacto de la desinformación en la juventud de América Latina evidencia la urgencia de construir soberanía y alfabetización digital. Fortalecer la participación política juvenil no solo requiere incentivar el voto o la mera movilización, sino garantizar un ecosistema informativo donde los datos veraces, la deliberación respetuosa y la pluralidad de ideas vuelvan a ser la base de la vida democrática.
¿Y en la actual encrucijada venezolana cómo lograr incentivar a los jóvenes a participar activamente en la reconstrucción de las instituciones democráticas del país?
La verdadera reconstrucción exige transformar la apatía en una democracia participativa real y no meramente retórica. Esto se logra descentralizando la acción política: promoviendo un liderazgo juvenil cada vez más formado y mejor informado en universidades, partidos políticos, sindicatos, organizaciones civiles y gobiernos locales. Los jóvenes no deben ser espectadores ni meros instrumentos de movilización electoral, sino arquitectos del debate público, fiscalizadores de la gestión estatal y defensores del Estado de derecho.
Involucrar a las nuevas generaciones requiere crear espacios deliberativos donde la exigencia de transparencia, el mérito y el respeto a la pluralidad reemplacen la polarización manipuladora.
Solo cuando se motive y facilite a la juventud, a una juventud victoriosa, más motivada y mejor formada, a asumir el compromiso diario de ejercer sus derechos y deberes con creciente interés y responsabilidad, el país podrá edificar de verdad instituciones sólidas, libres e inclusivas capaces de resistir cualquier deriva autoritaria.
