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Chitty La Roche: Breves del poder para hacerle fraude a la historia

Presidenta Delcy Rodríguez y el presidente Donald Trump afianzan la  diplomacia bilateral en histórico encuentro de alto nivel – Ministerio del  Poder Popular para la Mujer y la Igualdad de Género

 

«Solo hay dos poderes en el mundo: el ilegítimo es la coacción y el legítimo es la voluntad general».

— Benjamín Constant

«Nosotros sabemos que mienten. Ellos saben que mienten. Ellos saben que nosotros sabemos que mienten. Nosotros sabemos que ellos saben que nosotros sabemos que mienten. Y, a pesar de todo, continúan mintiendo».

— Apócrifo

«Estamos peor, pero estamos mejor… Porque antes estábamos bien, pero era mentira. No como ahora que estamos mal, pero es verdad».

— Mario Moreno, Cantinflas (Su Excelencia, 1967)

Lo siempre patológico del poder comienza cuando quien lo ejerce decide que los hechos acontecidos no pasaron como sucedieron, sino de otra forma. Desde allí aparece una suerte de bifurcación entre la realidad y la presentación que hace de la misma el detentador, así como las consecuencias de esa deformación que, por cierto, se proyectan invariablemente hacia el futuro.

Siempre recuerdo a Hugo Chávez Frías y los hechos que se convirtieron en una masacre el 11 de abril de 2002. Lo que pasó aquel día aún retumba en mi mente como un latido rebelde que no se ha marchado. El presidente Chávez renunció, pero no renunció, y los asesinos de Puente Llaguno pasaron a ser víctimas porque así lo dispuso el hoy difunto. Bastó su voluntad para que administrativamente se torcieran los relatos y unos policías metropolitanos inocentes cambiaran para ser reos de delitos de lesa humanidad; e investigadores, Ministerio Público y tribunales fueron solícitos instrumentos de un crimen de Estado aún impune.

Aplicado seguidor de la escuela cubana de Fidel —quien nunca dijo nada que no conociera el sesgo ideologizado y no trastocara la realidad sino en una versión útil a la revolución—, el de Sabaneta se hizo mitómano y, además, se regodeó en el poder cuasi absoluto que manejó. Con ello descalabró no solo las finanzas públicas, sino la justicia misma: disponiendo las decisiones judiciales, corrompiendo a la otrora Fuerza Armada Nacional y abriendo el boquete a los guyaneses para cogerse el Esequibo.

La actual experiencia venezolana pugna por legitimar una ilegalidad que, sin embargo, gobierna. El régimen de Maduro, cuyo origen es el golpe de Estado perpetrado el 28 de julio de 2024, permanece sin el dictador en la persona de sus colaboradores principales, aunque trata de mutar y simular mimetizarse como un gobierno democrático. Para hacerlo, recurre, con la ayuda del hegemón del norte, a la falacia según la cual es el garante de la estabilidad. ¿A cuál estabilidad se están refiriendo? ¿Será una mueca de inercia lo que los mantiene en el poder?

Ciertamente, hay acciones positivas que han sido presentadas como parte del inicio de un proceso de transición, pero precisamente se obvia el elemento más necesario: aquel que sitúa en la perspectiva una certeza, la legitimación del liderazgo.

¿Por qué no se determina de una buena vez la fecha de realización de elecciones libres, limpias y transparentes? Se habla de la reinstitucionalización de los poderes públicos como paso previo y se propone una planificación con base en fases indeterminadas en el calendario. Entretanto, el tiempo sigue pasando y el mal gobierno remanente de la tiranía se entroniza; la gente sigue sufriendo todas las carestías y, en especial, la desconfianza en los protagonistas del episodio.

Y allí se hace evidente el fraude en curso. El gatopardismo, que solo quiere asegurar la continuación en el mando de los ilegítimos, maniobra para mantenerse a punta de una facticidad que devendría paso a paso en «legalidad», y que niega, manipulando, la legitimación que el país quiere y, mejor todavía, necesita.

Ciertamente, devolverle al pueblo su desempeño soberano no parece estar inscrito como prioridad ni en el Departamento de Estado ni, mucho menos, en las personas que siguen ocupando las más altas dignidades nacionales. Cada discurso de Trump o Rubio trasluce opacidad; no obstante, la interacción entre los que gobiernan y la dirigencia nacional de empresarios, comerciantes y sindicatos transmite una amenaza real: la resignación. Y así llaman a Delcy Eloína «presidenta de Venezuela», sabiéndose, sin embargo, ilegítima e ilegalmente posesionada.

Elegir un TSJ digno de sus prestaciones constitucionales y legales, o la designación de un nuevo CNE imparcial, creíble y confiable, no puede ni debe distraer nuestra atención de lo más importante. Si bien toma algún tiempo, debe hacerse sin demoras ni dilaciones que vuelvan borroso el fondo de la cuestión, soliviantando el espíritu de la gente ansiosa de cambiar a quienes ya se desgastaron en una revolución de todos los fracasos y por ello hoy carecen de atisbo alguno de legitimidad.

¿Hay una lógica en la historia? Hegel y Marx pensaban que sí la había, y de allí que se aventuraron a predecir; pero Popper, crítico del historicismo, lo negaba: aducía que las tendencias no son leyes y que el conocimiento crecía, haciendo difícil adelantarse a los hechos y circunstancias.

La historia como ciencia no es buena o mala per se. Recoge lo que fuimos, somos y seremos, pero no por ello deja de mostrar también a los responsables en la perspectiva de nuestra incidencia en ella, por acción o por omisión.

Lo que muestran todos los estudios de opinión es una absoluta convicción de que hay que cambiar de dirección y superar estos 27 perniciosos años. Empero, allí también juegan aquellos que prefieren que todo siga igual. De eso se trata el dilema que nos desafía, y allí el fraude otrora exitoso enseña sus colmillos. Hay que tomar partido.

Nelson Chitty La Roche

nchittylaroche@gmail.com | @nchittylaroche

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