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Villasmil: Nuestro pedido al Niño Jesús

 

Me atrevo a pensar por todos mis compatriotas (por ello lo de “nuestro”) deseosos de libertad, de una vida realmente humana, del fin de la tragedia chavista, y me parece que un regalo que nos daría renovadas esperanzas para el 2021 es UNIDAD. Sí, la unidad opositora, la unidad de las instituciones partidistas, de las organizaciones de la sociedad civil, de cada venezolano en cada golpeado rincón de nuestra patria y fuera de ella, unidos todos en el objetivo primordial de salir de la tiranía, del cese de la usurpación.

Como viene insistiendo desde hace años Oswaldo Álvarez Paz: este país nuestro necesita una Unidad superior «por encima de partidos, ideologías, e intereses personales”.

Unidad porque es un hecho necesario y fundamental que seamos de nuevo un solo pueblo, una sola nación (no el pueblo dividido de la tiranía) dispuestos todos a aceptar intereses diversos, como ocurre en toda sociedad democrática, pero sobre todo, valores compartidos.

Valores que se expresan en una venezolanidad de la cual nos hemos enorgullecido siempre, heredada de nuestros padres y abuelos e incluso más allá en el tiempo, que nos hacía un pueblo de brazos abiertos a la llegada de seres humanos que huían de tragedias como la Segunda Guerra Mundial, o de las diversas dictaduras que por desgracia han abundado tanto en América Latina.

Unidad por encima de las diferencias naturales, con convivencia civilizada, incluso en la dura lucha política parlamentaria y electoral, entre adecos y copeyanos, socialdemócratas y demócrata-cristianos, que teníamos claro en qué se diferenciaban nuestras visiones sobre Venezuela, pero que teníamos más claro aún que nos hermanaba el amor por nuestra tierra.

Porque desde siempre, y hasta que llegó la plaga chavista (que ha intentado sin éxito negarlos), había muchos matices a la hora de definirnos como venezolanos, consecuencia de una geografía y una herencia cultural hermosas, variadas y amplias, generosas en su cariño y en su crianza de hijos que orgullosamente pueden sentirse maracuchos, andinos, margariteños, llaneros, larenses, cumaneses, caraqueños, corianos, valencianos, mirandinos, centrales, bolivarenses, amazónicos, deltanos, y precisamente por ello vivir con diferencias que no dividen sino que nutren nuestra venezolanidad.

Diferencias y matices enriquecedores que se expresan en aquellos usos diarios que, por comunes, asumimos sin más, como nuestra habla, que en palabras del escritor hispano Antonio Muñoz Molina “es un acento de tonalidad muy caribeña, una lengua con una gran riqueza de giros y expresiones singulares, con una flexibilidad que hace tan evidente la dulzura y la cortesía como el borbotón deslenguado del habla popular. Ahora, en Madrid, igual que desde hace ya bastantes años en Nueva York o en Miami, una diáspora venezolana masiva se encuentra en todas partes; y como está nutrida sobre todo de gente cualificada, instruida, luchadora, de convicciones democráticas, de un amor inquebrantable por el país en el que ya no podían seguir viviendo, es una diáspora de voces que se explican con mucha claridad y vehemencia y quieren ser escuchadas”.

Esa unidad que todos queremos que sea sentida y vivida para poder ser escuchada, se alimenta con las naturales rivalidades que se presentan en la cultura, en la forma de disfrutar la vida, en lo lúdico, en las preferencias deportivas y sociales, en la música, en el ser magallanero o caraquista, aguilucho, cardenal, tiburón, tigre, caribe o bravo. Todos unidos en el amor por los deportes que nos han enorgullecido y nos han representado con mucha honra y éxito en tierras extranjeras.

Se requiere Unidad necesaria para combatir la asfixia del mundo universitario y educacional, de la vida sindical, de la diversidad de las ideas, de los partidos políticos, del pluralismo, de la tolerancia, o de los derechos humanos, los ataques a las iglesias y credos religiosos, que todo ello no corresponde a una mera táctica electoral. Destruir la religiosidad y la cultura ha sido una piedra fundamental de toda la kafkiana concepción del poder chavista.

Unidad para el retorno de una República sin más adjetivos que libre y democrática; Unidad para que regrese el apego a las leyes y la constitución. Cuando esta última se aparta y no se respeta, el poder deja de ser constitucional para ser personal, expresado en un tirano. Primero Hugo Chávez, ahora Nicolás Maduro. Con ellos, como nunca en la historia patria, el crimen ha entrado a ser parte esencial, fundamental y central de la vida pública criolla.

Unidad, especialmente de los liderazgos partidistas, porque la denuncia de la destrucción moral, de la pérdida de meritocracia, del abandono de todo incentivo ético, de los horrores de la dictadura y de las crecientes violaciones a los derechos humanos, no puede mantenerse solo en los excelentes documentos, análisis, reclamos y ejemplos de solidaridad y convivencia de la Conferencia Episcopal y de sus representantes.

Unidad del liderazgo partidista porque ¿cómo creer en ustedes, en que ustedes nos defenderán eficazmente, nos liberarán de la tiranía, si ni siquiera entre ustedes pueden ponerse de acuerdo?

Y todos los ciudadanos, amigo lector, debemos hacer que nuestro reclamo sea oído: no importa si usted siente simpatía preferencial por las posturas y mensajes de Juan Guaidó (que, recordemos, es el presidente de todos, él junto a la Asamblea Nacional representa la Unidad), o de María Corina Machado, Leopoldo López, Henrique Capriles Radonski, Henry Ramos Allup, Julio Borges, o del liderazgo plural del Consejo Superior de la Democracia Cristiana.

Ellos deben entender, de una buena vez, que sin la indispensable Unidad la tarea de liberación es muy cuesta arriba; así lo han dado a conocer, en muchas ocasiones, nuestros amigos, aliados y defensores en los gobiernos democráticos del mundo.

Por eso, pidamos todos al Niño Jesús que ilumine y clarifique las conciencias de los liderazgos opositores, que los limpie de todo rasgo mesiánico o matiz egoísta. ¡Cuánto darían millones de venezolanos por verlos juntos, sonrientes, sin agendas egoístas, expresando una nueva estrategia unitaria para el año que comienza en pocos días, esta vez sí exitosa, porque no solo posee una meta clara, sino los medios necesarios para lograrla!

 

 

 

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2 comentarios

  1. Excelente llamado Marcos. ¡Unidad! De eso se trata, lo demás viene de suyo. Esa es la primera batalla que hay que ganar. sin esa no podremos librar ninguna otra. Es nuestro mantra, debemos repetirlo sin pausa. Que además del Niño Jesús te oigan los aspirantes a líder.
    Un abrazo,
    Ramon

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