Pedro Méndez Dáger: Sembrar en tiempos inciertos

En las últimas semanas me he dedicado a revisar una parte de lo que se ha escrito sobre la vida y obra de Arístides Calvani, hombre a quien conocí muy niño y sobre quien escuché hablar desde mi infancia en la sobremesa familiar y en las tardes que pasaba en el IFEDEC al salir del colegio. Pero además porque era el papá de María, la amiga de mi mamá y abuelo de Leonardo Rivero Calvani, uno de mis más queridos amigos de la infancia. Ahora, 35 años más tarde, revisando y poniendo en orden lo que tengo a la mano sobre el legado de este prohombre venezolano, me encuentro inesperadamente no solo con un intelectual, sino con un hombre de acción que nos dejó a los venezolanos un enorme legado que nos convendría revisar, entender y aprovechar para acortar el camino, primero a la democracia y luego al desarrollo.
Y resalto la palabra acción para destacar la enorme cantidad de obras que construyó en diversos ámbitos de la vida política y social del país, del continente y del orbe. Organizaciones como el IFEDEC, la Universidad de los Trabajadores de América Latina, Prohombre, CIDAL, Humanismo integral, su trabajo en la Organización Demócrata Cristiana de América y su participación en infinidad de organizaciones religiosas laicas y sindicales, nos hablan no solo de un gran intelectual, de un eficaz abogado y de un prolífico educador, sino de un hombre que dejó un legado de instituciones y un entramado de organización y participación, todo fundamentado en sus convicciones, su fervor religioso y su vocación política.
Y es justo este aspecto el que quiero resaltar y sobre el que quiero llamar la atención de las nuevas generaciones que hoy luchan por la libertad de Venezuela, por ganar la República y por construir una economía libre y próspera. Y es que uno de los grandes ejemplos que nos ha dejado don Arístides Calvani es haber tenido la visión y disciplina de construir instituciones colectivas, llenas de significado, para hacer trascender sus ideas y sembrarlas en los corazones de miles.
Creo que el desierto que nos ha tocado cruzar en los últimos 26 años nos ha limitado, pero al mismo tiempo creo que estamos en la obligación de emular la energía y el empeño de Calvani para construir en el campo de las organizaciones que vayan más allá de nuestro grupo, de nuestro partido y busquen proyectarse en el tiempo y en las generaciones por venir.
La coyuntura hoy, en enero de 2026, se presenta con destellos de esperanza, pero más allá de las certezas creo que estamos en la obligación de construir incluso en el vacío, incluso sin certezas, en ámbitos como la educación, la participación ciudadana, la formación para el trabajo, el estudio de la sociedad, el medio ambiente, la historia y el futuro del país. Como decía Hannah Arendt: “el poder surge cuando las personas actúan juntas” , mientras Tocqueville afirmaba: “en los países democráticos, la ciencia de la asociación es la ciencia madre; el progreso de todas las demás depende del progreso de esta”.
Pero ese constructor que fue Calvani no solo emprendió estos proyectos sino que los llenó de ideas y valores, de contenido profundo que los hizo resistentes al óxido del tiempo y al olvido. Las instituciones que verdaderamente transforman sociedades son más que estructuras legales u organizativas: son depósitos de ideas, valores y sentido. Arístides Calvani entendió que sin contenido, sin pensamiento profundo y sin una visión ética clara, las organizaciones se vacían y se vuelven irrelevantes o fácilmente capturables. Su legado demuestra que construir instituciones es dotarlas de propósito, de una narrativa coherente y de principios capaces de resistir el paso del tiempo, las coyunturas políticas y el desgaste natural de los proyectos humanos. Hoy, más que nunca, Venezuela necesita instituciones llenas de ideas, capaces de formar, orientar y convocar a generaciones enteras en torno a un proyecto común de país.
Del mismo modo, resulta difícil imaginar a un hombre tan universal, curioso y moderno como Calvani ajeno a los desafíos y oportunidades que plantea la tecnología. Apoyar iniciativas tecnológicas, educativas y de innovación seguramente hubiese sido una extensión natural de su visión humanista: poner el conocimiento, las herramientas y el progreso técnico al servicio de la persona, de la democracia y del desarrollo integral. La tecnología, bien orientada, amplía capacidades, conecta talentos, democratiza el acceso a la información y acelera procesos de aprendizaje y organización social. Apostar por ella es coherente con una tradición que siempre buscó estar a la altura de su tiempo sin renunciar a sus valores.
Finalmente, quizás una de las lecciones más vigentes de Calvani sea la decisión de construir incluso cuando las certezas escasean. La historia rara vez ofrece condiciones ideales, y menos aún a quienes deciden actuar.
Construir en medio de la incertidumbre, del vacío institucional o de la fragilidad política no es ingenuidad, sino responsabilidad histórica. Es asumir que el futuro no se espera: se prepara. Seguir levantando instituciones, espacios de pensamiento y proyectos colectivos, aun sin garantías, es la única forma de acortar el camino hacia la democracia, la prosperidad y la reconciliación nacional. Como lo hizo Calvani, se trata de sembrar hoy para que otros, mañana, puedan cosechar.
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