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Ángeles Mastretta: Ciao Marcelo

PUBLICADA EN NEXOS EL 1 DE FEBRERO DE 1997

 

Encontré el periódico sobre la mesa en que me disponía a pelar castañas, disciplinada y contumaz, como quien cumple con un rito que su estirpe celebra desde hace siglos. Lo miré de lejos con el mismo gesto hostil con que el tiempo me ha enseñado a mirarlo. ¿Qué puede haber en los periódicos de íntimo, de imprescindible? Hace años que los trato con más indiferencia que asiduidad. Y no lo lamento. Vivo bajo la recomendación que no me deja leer las ocho columnas antes de beberme despacio el último trago de café. Sin embargo, esa mañana algo me acercó irreflexiva y sin defensa hasta la gran foto de un hombre caminando que abarcaba casi toda la primera plana del tabloide al que alguna vez fui adicta. 

El aire se hizo denso y una brusca tristeza se llevó mis deseos de café y navidades. El hombre que caminaba sobre el periódico, con la mirada redonda y cómplice que le conquistó el mundo, era Marcelo Mastroianni en la última escena de la película Sostiene Pereira. La cabeza del diario, que dirige una mujer brava, decía simplemente Ciao Marcelo. Todo de un golpe, no me quedó más remedio que sentarme a llorar: huérfana y viuda. Marcelo Mastroianni, decía la nota, murió de cáncer en el páncreas, sabía de su mal hacía más de un año, lo escondió para seguir trabajando. 

El resto del día lo pasé en busca de alguien con quien compartir la desolación. Mis hijos y su padre me miraron con más vergüenza que pesar, tragándose sus dudas sobre mi estado mental y dándose la complicidad que no podían darme. Llorar a un actor como si fuera un pariente, es algo que no se permitiría ni la precoz adolescencia de Catalina. No reírse de mí fue su más generosa concesión. Aún se las agradezco, no hubiera podido dar con las palabras que explicaran mi desafuero. Estaba tan maltrecha que habría recomenzado las páginas del diario privado que interrumpí hace quince años, cuando consideré que era un mal hábito llamar diario al cuaderno en que recalaba siempre que un lío del corazón o la cabeza me desquiciaba, pero del que huía en cuanto el trajín de la felicidad o el generoso desencanto me hacían interesante la existencia. 

-No quiero que mis nietos imaginen que su abuela era una atormentada de tiempo completo. Si no voy a contar las dichas -porque como bien creyó Borges nunca dan para hacer literatura-, mejor no contar nada -dije entonces, y creo que dije bien. 

No pasó mucho rato antes de que sonara el teléfono trayendo la voz de una amiga y luego la de otra y la de otra. Todas con el duelo común, rehicimos nuestra memoria y compartimos nuestra larga devoción. 

-Todo el día ha sido de teléfono -oí que Mateo mi hijo le contaba a su padre en cuanto lo vio entrar en la casa. 

-Era de suponerse -le contestó su padre. Tenía entre los labios el dejo de quien conoce lo esencial y lo da por sabido. 

El señor de mi casa sabe que aún no he acabado de llorar a mi padre, tan bien como yo sé que ninguna mujer acaba nunca de llorar a su padre y que si una viudez duele dos veces, ésa es la incomprendida viudez de las huérfanas. Dirán ustedes que qué tendrá que ver todo esto con Marcelo Mastroianni, con su muerte repentina y virtuosa, con los trozos intensos y heroicos que le dejó al cine como parte de su vida. No puedo prometer que se los explicaré, pero haré un intento. 

Mastroianni era de la generación de mi padre, de la misma generación de padres que añoran tantas mujeres. Pero era también, sigue siendo de la misma generación que fueron todos los novios que podamos llorar alguna vez. Penamos con su muerte tantas pérdidas, como fantasmas y fantasías haya querido darnos la vida. Ahí estaba su truco y su grandeza, en la serie inacabada de personajes que fue, que lo dejamos ser mientras la oscuridad y su maestría nos lo entregaban joven, ardiente, sabio, desencantado, hermoso, viejo, cien veces entrañable como el agua y los misterios. A la mayoría de los actores uno los mira, los aprecia, como a personajes lejanos que hacen bien, incluso muy bien un trabajo que consiste en fingir cercanía. Hay muchos de ellos que harían silbar a las mujeres, actores cuya sonrisa llevaría multitudes a una cama, hombres cuyos ojos, manos y piernas ayudan a fantasear cuando la tarde amenaza con tedio y se busca en el cine un afán con qué matarlo, seres con los que casi toda mujer agradecería un romance. Sin embargo, sólo Mastroianni tuvo la destreza y la sabiduría necesarias para hacerles creer a miles de mujeres que él estaría más que honrado de visitar su cama. No para hacer un favor, sino dispuesto a recibirlo. Por eso, nadie ha conseguido como él volverse parte de nuestra dicha y nuestros duelos, apropiarse de nuestra intimidad hasta el punto de hacernos creer que con su muerte hemos perdido más que a un actor a un amigo, a un representante oficial de nuestro padre en la tierra, a un amor que tuvimos quién sabe cuándo, pero nosotras sabemos cuánto. Hay pérdidas como agujeros, que uno puede rodear cuantas veces quiera, pero nunca evitarse, nunca enmendar. Hay presencias que nos marcan, que nos cambian, que nos mejoran, la de Marcelo Mastroianni lo fue. De ahí que lo lloremos con la certeza de que algo de nuestra índole, algo privadísimo y noble perdimos al perderlo. 

 

 

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