CulturaÉtica y Moral

Aristóteles, filósofo griego: «Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos»

Aristóteles escribió hace 2.400 años una frase sobre el autocontrol que la neurociencia moderna acaba de confirmar. ¿Quién es el verdadero valiente?

Busto de Aristóteles en Roma
Busto de Aristóteles en Roma

 

 

Aristóteles, uno de los más grandes e influyentes filósofos de la historia escribió hace 2.400 años  en la Grecia del siglo IV a.C.: “Considero más valiente al que conquista sus deseos que al que conquista a sus enemigos”.  Y lo hizo en un contexto en el que la figura del guerrero era el modelo supremo de virtud cívica. Estatuas en honor a los generales atenienses o los de Olimpia que eran recibidos como semidioses era la tónica general de la figura heroica de la época. Y, sin embargo, el filósofo de Estagira —tutor del mismísimo Alejandro Magno, que conquistó medio mundo conocido— eligió señalar en otra dirección: hacia adentro.

El contexto en el que nació la frase

Aristóteles formuló esta idea dentro de su sistema ético, desarrollado principalmente en la Ética a Nicómaco, obra dedicada a su hijo y considerada uno de los tratados morales más influyentes de la historia occidental. En ese texto, el filósofo construye el concepto de enkrateia —traducido habitualmente como “dominio de uno mismo” o “templanza”— como una de las virtudes más complejas de alcanzar. No porque requiera fuerza física, sino porque el ser humano tendría que luchar contras sus propios impulsos.

Para el filósofo griego, tenía más valor esa capacidad que enfrentarse a los peligros de la época. Era, sobre todo, la disposición estable a actuar conforme a la razón incluso cuando los deseos, las emociones o las tentaciones empujan en sentido contrario. El símil que podríamos hacer en la actualidad es que no es más valiente quien sube a un ring, sino quien apaga el móvil cuando sabe que debe dormir.

Lo que dice la neurociencia 2.400 años después

La intuición aristotélica no era solo filosofía: era, sin saberlo, neurociencia anticipada. Los estudios modernos sobre autorregulación emocional y control de los impulsos han demostrado que la capacidad de posponer la gratificación inmediata es uno de los predictores más fiables de éxito académico, salud física y bienestar a largo plazo. Los niños que en ese experimento resistían la tentación de comerse una golosina durante quince minutos obtenían, décadas después, mejores resultados en prácticamente todos los indicadores de calidad de vida medidos.

La corteza prefrontal —la región del cerebro responsable del razonamiento, la planificación y el control de impulsos— es, precisamente, la última en madurar durante el desarrollo humano, alrededor de los 25 años.

Como bien señala la psicóloga Patricia Ramírez, existe una capacidad fundamental que hemos ido perdiendo: la habilidad de posponer la recompensa. Esta capacidad no es simplemente esperar, sino sostener el esfuerzo y mantener el compromiso incluso cuando los resultados no son visibles de inmediato. Es precisamente esto que anticipaba Aristóteles lo que se ha ido perdiendo con el avance de la civilización.

La paradoja del héroe externo y el héroe interno

Hay aquí una contradicción que Aristóteles detectó con precisión casi quirúrgica: las sociedades tienden a glorificar el valor que se proyecta hacia fuera —el del soldado, el del líder, el del campeón deportivo o el influencer de vida perfecta— mientras que el valor dirigido hacia adentro permanece invisible. Nadie levanta estatuas al hombre que decidió no responder con ira, al ejecutivo que rechazó el soborno o a la persona que mantuvo su dieta durante un año.

Y sin embargo, ese segundo tipo de valentía es estadísticamente más rara. Según datos de la Organización Mundial de la Salud, más de 2.500 millones de personas en el mundo tienen sobrepeso u obesidad, en gran medida como consecuencia de la dificultad para resistir patrones de consumo adictivos diseñados por industrias multimillonarias. El mercado global de las apuestas deportivas online supera ya los 90.000 millones de dólares anuales, alimentado por la incapacidad de millones de personas para gestionar el impulso del riesgo inmediato. Conquistar al enemigo externo, en estas batallas cotidianas, resulta incomparablemente más fácil que conquistarse a uno mismo.

Un consejo que Alejandro Magno no supo seguir

Hay un punto irónico que no debería pasarse por alto. El alumno más célebre de Aristóteles, Alejandro Magno, conquistó en apenas 13 años un territorio que se extendía desde Macedonia hasta el actual Pakistán —aproximadamente cinco millones de kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a toda la Unión Europea—. Fue, por mérito militar, el conquistador más exitoso de la Antigüedad. Y sin embargo, murió a los 32 años en Babilonia, probablemente como consecuencia del alcoholismo crónico y los excesos que su carácter impulsivo no supo frenar. Había conquistado el mundo, pero no a sí mismo. Su maestro lo había advertido.

No es el único caso en la historia. Marco Antonio, uno de los hombres más poderosos de Roma, vio desmoronarse su carrera política y militar por su incapacidad para dominar su relación con Cleopatra y con el vino. Napoleón Bonaparte, a quien sus contemporáneos describían como una máquina de disciplina en el campo de batalla, tomó la catastrófica decisión de invadir Rusia en 1812 impulsado por la soberbia y la impaciencia —dos deseos que no supo conquistar— y perdió en esa campaña más de 400.000 hombres. Todos ellos, valientes conquistadores, dieron la razón a Aristóteles.

La pregunta que deja abierta

Dos milenios y medio después de que Aristóteles la escribiera, la frase mantiene toda su vigencia porque señala una tensión que no ha desaparecido: la que existe entre lo que queremos en este momento y lo que queremos para nuestra vida. Entre el impulso y el propósito. Entre el placer inmediato y el bien duradero.

Las redes sociales, el consumo instantáneo, la cultura de la gratificación inmediata han hecho que esa tensión sea hoy más aguda que nunca. Nunca antes en la historia habían existido tantos estímulos diseñados específicamente para vencer la voluntad humana.

 

 

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