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Isabel Coixet: Mi memoria está llena de fantasmas

Memoria humana: cómo creamos, recordamos y olvidamos los recuerdos | National Geographic | National Geographic

Encontré la postal dentro de un libro que no recordaba haber comprado: una guía de los jardines de la Villa Borghese, edición de 1991, con las esquinas mordidas por una humedad que pertenece a una casa en la que ya no sé si llegué a vivir. La postal era de Pompeya. Un fresco, una mujer de perfil con un pendiente. Por detrás, una letra clara inclinada hacia la derecha, bolígrafo negro: «No sabes lo que te echo de menos. El otro día comí en aquel sitio horrible que detestas (porque no había nada más abierto, Ferragosto en la ciudad… JA) y me acordé de ti todo el rato. Vuelve pronto, por favor, vuelve YA. Te quiero más de lo que sabes. M».

Estuve un rato largo intentando saber quién era M. Y aquí viene lo raro: no me acordaba. No de la cara, no del nombre completo, no de aquel sitio horrible, pero el único abierto en agosto, no de mí misma siendo alguien a quien M quería más de lo que yo sabía. Treinta años atrás, una persona me quería con una intensidad tal que se molestó en franquear y enviar esta postal, y yo la había archivado en el mismo cajón mental donde guardo las contraseñas viejas y la cara del actor que sale en aquella película de kung-fu.

 

Tendemos a pensar que la memoria es un archivo. Un sótano ordenado, con sus carpetas y sus etiquetas, donde lo vivido espera paciente a que bajemos a buscarlo. Mentira

 

Tendemos a pensar que la memoria es un archivo. Un sótano ordenado, con sus carpetas y sus etiquetas, donde lo vivido espera paciente a que bajemos a buscarlo. Mentira. La memoria es más bien una directora de casting con muy mal carácter y peores criterios, que decide quién entra en la película de tu vida y quién se queda haciendo de extra fuera de plano. Y no elige por amor ni por importancia ni por justicia. Elige por razones que no comparte con nadie, ni siquiera contigo. Recuerdas con precisión de forense el olor del abrigo de un señor que se sentó a tu lado en un autobús en 1994 y has perdido para siempre la voz de gente a la que juraste que ibas a recordar eternamente. Eternamente duró, en el mejor de los casos, hasta la mudanza siguiente.

Lo que más me inquieta no es lo que olvidamos, sino lo que creemos recordar. Porque no recordamos lo que pasó: recordamos la última vez que lo recordamos, una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia, cada vez con menos contraste y más manchas que rellenamos por nuestra cuenta. Estamos convencidos de que pensábamos esto, de que sentíamos aquello, de que éramos de tal manera, y lo decimos con la seguridad con la que Victoria Beckham asegura que nunca sonríe en las fotos por una decisión estética. Pero la mujer que recibió aquella postal pensaba cosas que yo ya no puedo ni imaginar. Era yo y no tengo acceso a ella. Está tan muerta como M, que a lo mejor ni siquiera se ha muerto, que a lo mejor está ahora mismo en una cocina cualquiera preparándose un bocadillo de atún.

Porque si yo he hecho esto, si he borrado a alguien que me quería más de lo que yo sabía, ¿quién me está borrando a mí en este momento? Las personas con las que comparto la vida –las que tengo ahora mismo en el sofá, en el móvil, en la agenda– guardan de mí una versión que no he supervisado, que no puedo corregir, que probablemente no reconocería. Para alguien soy un recuerdo tierno. Para otro, una anécdota que cuenta mal en las cenas. Para alguno, seguramente, un fresco de Pompeya en una postal dentro de un libro que ya no recuerda haber comprado.

Me consuela, no sé muy bien por qué, pensar que esto nos pasa a todos a la vez, en todos los idiomas, en todos los cajones del mundo. Que en este instante hay un hombre en Estambul, una mujer en Montevideo, alguien en un pueblo cuyo nombre no sabré pronunciar nunca, sentados en el suelo de un pasillo con una postal en la mano, intentando recordar una cara, y fracasando con la misma extrañeza con la que yo fracaso ahora. Y que en alguno de esos cajones, en alguna de esas casas con humedad y libros que nadie recuerda haber comprado, hay una postal mía. Y que alguien, dentro de treinta años, la encontrará, leerá «te quiero más de lo que sabes», mirará la firma y se preguntará, con un cariño enorme por una desconocida, quién demonios fui yo.

 

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