Carmen Posadas: De aquellas perplejidades, estas calamidades

El diccionario define la perplejidad como un estado de confusión o duda extrema ante algo inesperado que provoca indecisión sobre cómo actuar. El término, que viene del latín perplexitas (parálisis temporal del pensamiento frente a situaciones inéditas o complejas), ha adquirido un nuevo significado relacionado con la IA. Pero hoy quiero hablarles más bien de perplejidades muy humanas, esas que nos provocan las noticias con las que nos desayunamos cada mañana ante situaciones nunca antes vistas. Como las que protagoniza a diario Donald Trump: hoy pongo al mundo al borde del armagedón para doblegar a Irán; mañana decido levantar un arco de triunfo a mi mayor gloria y acuñar un billete de 250 dólares con mi efigie; y pasado mañana ya veremos qué nueva manera de conculcar todas las convenciones y de saltarme líneas rojas se me ocurre para estremeceros a todos, tontos terrícolas.
Otro ejemplo de situaciones igualmente inéditas de desdén democrático son aquellas con las que sorprende Pedro Sánchez. Aquí estamos todos pegados al móvil a ver qué nuevo material de pocería sale a la luz mientras él, impasible el ademán y repeinado el tupé, nos cuenta que todo es una conjura judeomasónica por ser el adalid del progresismo y el dique de contención contra los fascistas. Y luego están las perplejidades que produce el mundo virtual, ese territorio sin ley donde florece lo mejor, pero también lo peor del ser humano: ciberacoso, manipulación, suplantaciones, estafas, abusos, dark web, etc. Situaciones todas que nosotros, los nacidos en ese feliz oasis de paz y prosperidad que tuvo lugar tras el enorme trauma de la Segunda Guerra Mundial, observamos con ojiplático asombro. Porque no estamos acostumbrados. Porque nacimos y crecimos en un tiempo (rara avis en la convulsa historia de la humanidad) en el que se respetaban leyes, normas y convenciones. Un tiempo en el que los mandatarios no se comportaban como hooligans y, si tenían sus chanchullos (que, por supuesto, los tenían), eran rechazados y alienados por la sociedad.
La perplejidad, además de causar parálisis, genera amnesia
Pero para mí lo más difícil de asimilar de este territorio sin ley en que se ha convertido la actualidad no son tanto los mandatarios elegidos democráticamente que optan por sobrepasar todo límite y decoro: lo peor es la parálisis que su actitud produce en quienes la sufrimos. Es tal la estupefacción que quedamos como esos animalillos a los que sus depredadores hipnotizan antes de zampárselos. Porque ese es el efecto de la perplejidad. Dejarle a uno inoperante ante lo que ocurre a su alrededor, ante la degradación política, también la social y la que se produce en las redes. ¿Qué nueva línea roja o dique de contención saltará mañana por los aires? ¿Cuál será la nueva y aún más enorme rueda de molino con la que tendremos que comulgar? Manténganse atentos a sus alertas de Google. Porque la perplejidad, además de causar parálisis, genera amnesia; uno olvida la fechoría de ayer enterrada por la de hoy.
Y existe otro efecto aún más peligroso. En tiempos confusos en los que certezas y contrapesos parecen haber saltado por los aires, aparecen los caudillos, los salvapatrias. Eso lo sabe la ultraderecha, que solo tiene que sentarse a la puerta de su casa y ver pasar el cadáver no solo de la socialdemocracia desvirtuada, también los de conservadores y liberales.
Pero bueno, me estoy pasando de agorera y desde ya les aclaro que soy una pésima Casandra y mis negros vaticinios (casi) nunca se cumplen. Hablemos, por tanto, de las ventajas de la perplejidad, que también las tiene. Si bien la estupefacción causa en un primer momento parálisis y amnesia, más adelante, y por propia acción/reacción, engendra análisis y reflexión. Ha ocurrido siempre después de tiempos turbulentos. Está en nuestro ADN. El instinto de supervivencia es más fuerte que cualquier perplejidad. Por eso yo no sé cómo saldremos de este momento de eclipse paulatino y deliberado del Estado de derecho. Pero sí sé que lo haremos, es solo cuestión de tiempo.
Decía Kierkegaard que la perplejidad es el principio del conocimiento, porque solo ante la confusión empiezan los ciudadanos realmente a buscar respuestas y soluciones. Aunque en su obra dedica muchas páginas a la angustia, el asombro y la desesperación, el padre del existencialismo ofrece una salida positiva. Piensa que contamos con mecanismos para sobrellevar estas perplejidades y mucho más. Pero siempre, dice él, que la estupefacción actúe como revulsivo. No del modo en que reaccionan los extremistas de uno u otro signo, sino gracias a la ‘ponderación’, un término que no es exactamente un antónimo de ‘perplejidad’, pero casi. Porque la ponderación consiste en examinar una situación adversa con cabeza, juicio crítico y, sobre todo, con afán de cambiarla.