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Armando Durán: Cambio de ciclo político en Venezuela

   Hace pocos días, un buen amigo que desde hace años vive en Madrid me mandó un mensaje de WhatsApp con una pregunta muy sencilla, pero a la vez terrible: “¿Qué está pasando en Venezuela?” Sintiéndolo mucho, le respondí más bien tendría que hacerme otra pregunta: “¿qué va a pasar en Venezuela el 28 de julio?”

   Para aproximarnos a una respuesta razonable, primero debemos tener muy presente que, dentro de nada, el próximo 28 de julio, se iniciará una nueva etapa del proceso político venezolano. Tanto como si en efecto se realiza la elección presidencial convocada para ese día, como si se pospone o se suspende. O sea, que pase lo que pase, que llueva, truene o relampaguee, irremediablemente, ese domingo decisivo de la historia nacional Venezuela comenzará a ser otra.

   Según todos los estudios de opinión con algo de credibilidad, si esa votación se llevara a cabo el día de hoy y se respetara la voluntad de los electores, Edmundo González Urrutia, candidato unitario de la alianza de las fuerzas políticas que se autoproclaman de oposición al régimen, derrotaría a Maduro, presidente de Venezuela desde abril de 2013, por una mayoría aplastante. Esta certeza la compartimos todos los que vivimos en Venezuela. Quienes apoyan con entusiasmo y optimismo la opción que representan González Urrutia y María Corina Machado, y quienes respaldan a Nicolás Maduro y al régimen. Una realidad que le imprime a este evento electoral un carácter de desafío político y existencial excepcional, de consecuencias inauditas: la instauración de un régimen finalmente dictatorial en versión nicaragüense, sin disimulos ni falsas apariencias, tal como el propio Maduro y los miembros del alto mando civil y militar del país nos han advertido repetidamente, al afirmar que jamás de los jamases, por las buenas ni por las malas, están ellos dispuestos a entregarle el poder a quienes califican de enemigos del pueblo y de la revolución; y quienes por el contrario, a punta de votos, están comprometidos con la tarea de propiciar ese día crucial la instalación en Venezuela de un régimen de democracia representativa y economía liberal. Es decir, que, desde esa fecha, ineludible punto de quiebre definitivo en la tortuosa marcha del país rumbo al día de mañana, Venezuela será otra.

   Hasta hoy, viernes 24 de mayo, ambos contrincantes saben que se lo juegan todo, el presente y el porvenir de Venezuela, de los deseos de unos y los delirios de otros, en esta encrucijada del 28 de julio, y hacen, desesperadamente, lo que creen que tienen que hacer. A sabiendas de que actúan en un escenario de desesperante incertidumbre. Para el oficialismo, porque está preso de una obsesión que a estas alturas del proceso es inviable, ya que no parece haber manera, tampoco por las malas, de frenar la avalancha que genera el  creciente liderazgo de María Corina Machado en la conciencia y el corazón de los venezolanos; y para la oposición, agrupada en torno a la inconmovible firmeza de Machado y a la sosegada candidatura unitaria de González Urrutia, porque nadie sabe a ciencia cierta cómo impedir que la acumulación de todos los poderes y recursos del Estado en las manos civiles y militares de quienes gobiernan Venezuela a su antojo desde hace 25 años, recurran una vez más a los artilugios y artimañas que han empleado desde la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, celebrada el domingo 25 de abril de 1999, para ganar todas las elecciones que han convocado desde entones y conservar el poder contra viento y marea.

   En otras palabras, ¿cómo transformar ese arrollador apoyo político a la opción no negociable de cambiar a fondo la insostenible realidad material y espiritual que sufre la inmensa mayoría de venezolanos, en una fuerza real y efectiva, que permita superar el abusivo ventajismo político y judicial del oficialismo, los incontables trucos de ingeniería electoral con el que siempre se han burlado de los electores, la grosera manipulación electrónica, el impuesto silencio informativo con que han propuesto oscurecer la visión y la vida de los venezolanos, la censura y la autocensura de los medios de comunicación, la desmesura del acoso y persecución de quienes activa o pasivamente han depositado toda su esperanza en la alternativa que encarnan María Corina Machado y Edmundo González Urrutia?

   Estas son algunas de las preguntas y reflexiones que nos hacemos los venezolanos a diario. Y al hecho de que a la vista de quien tenga ojos para ver cada día se agranda el abismo que separa la popularidad del dúo Machado-González Urrutia de Maduro, razón suficiente para que a todas luces sea imposible maquillar el resultado de la votación del 28 de julio sin violentar irremediablemente la sensibilidad y el juicio de los gobernantes democráticos de las dos Américas y de la Unión Europea. Tal como ocurrió con la fraudulenta reelección de Maduro en la elección presidencial celebrada el 25 de mayo de 2018, causa que originó las múltiples y costosas sanciones económicas y diplomáticas que a partir de entonces se le aplican al régimen venezolano. Una circunstancia que al fin le hizo comprender a Maduro y compañía que para superar ese obstáculo mayúsculo era indispensable negociar directamente con la Casa Blanca la celebración de una nueva elección presidencial, con el propósito de medio corregir el escandaloso fraude del 2018 aceptando la adopción de condiciones electorales no del todo libres y transparentes, pero sí medianamente suficientes para aquietar la conciencia internacional y devolverle a Maduro su legitimidad como presidente de Venezuela, que habían perdido en las urnas escandalosamente tramposas del 25 de mayo de 2018.

   ¿Se atreverá el régimen que preside Maduro repetir ahora el infausto golpe de mano de hace cinco años, a pesar de saber que ello acarraría penas y consecuencias incluso peores que las adoptadas entonces por la comunidad internacional? Muchísimo peores si no escucha los consejos de sus únicos aliados naturales en el continente, los presidentes socialistas Gustavo Petro, Luiz Inácio Lula da Silva y Gabriel Boric, y si se deja llevar por la tentación de profundizar militarmente el conflicto fronterizo con Guyana para “justificar” un eventual aplazamiento y/o suspensión de la elección presidencial del 28 de julio, acción que por otra parte crearía una contradicción insoluble del régimen con las naciones caribeñas miembros del Caricom, y con Cuba, “gran hermano” de todas ellas?

   Preguntas, dudas y temores que elevan peligrosamente la temperatura política venezolana.

   ¿Amanecerá y veremos?

   Esa es, querido amigo, la pregunta nos la hacemos los venezolanos cada noche.

 

 

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