Democracia y Política

Carlos Granés: El estilo de Abelardo

De la Espriella juega a ser implacable e incorrecto, a estar en todas partes y al frente de todos los operativos militares, pero siempre parece estar actuando un papel ante las cámaras

El estilo de Abelardo

(Ilustración: Gabriel Sanz)

 

«De la Espriella style» fue la plataforma virtual con la que el ahora presidente de Colombia comercializó su fama. Abelardo aprovechó la notoriedad pública que había cosechado como abogado mediático para empezar a cantar y producir discos, escribir y publicar ficciones, y para comercializar su propia marca de ron, accesorios y prendas de vestir. Al estilo le dio mucha importancia cuando no sospechaba que esa fuente de riqueza contemporánea, la fama, también se podía transformar en capital político. Porque la fama es eso, un capital que se puede transformar en otros. Permite estrenarse en el mundo de las letras con un ‘best seller’ o en cargos públicos con la presidencia. A lo mejor De la Espriella tiene razón y todo es cuestión de cultivar un estilo taquillero. Aunque desde que se posesionó como presidente, el suyo ha sido poco original.

Como hermano menor de la familia de la nueva derecha, asomó a la vida pública con todo un arsenal de estrategias e iniciativas ya inventadas. No tuvo que esforzarse mucho. Copió de Milei su actitud de ‘outsider‘ y su apodo, y si el argentino se identificó con el león, Abelardo dijo ser un tigre. Copió el antiglobalismo, el uso de la IA y el odio a los inmigrantes de Trump, y emprendió una guerra contra los organismos internacionales, los extranjeros y el buen gusto. Copió las megacárceles y la estética de la crueldad de Bukele, y ahora produce sus propios vídeos abyectos en los que se pasea entre criminales dados de baja. Copió de Bolsonaro el fanatismo religioso, y en adelante decidió cerrar sus alocuciones con un militante «¡Viva Cristo Rey!».

De la Espriella juega a ser implacable e incorrecto, a estar en todas partes y al frente de todos los operativos militares, pero siempre parece estar actuando un papel ante las cámaras. Sale con ‘outfits’ adecuados a cada situación, adornado siempre con accesorios concordantes: un radioteléfono, una pistola, un chaleco antibalas, una gorra táctica. Aunque tiene mucho de espectáculo, esta puesta en escena puede ser eso, una cuestión de estilo. Lo que preocupa es que Abelardo también está demostrando inclinaciones autoritarias con la prensa y los gremios productivos.

Prefiere, y esto ya no es copia de la derecha sino del petrismo, aliados leales a tecnócratas con criterio, y usa sus garras para tumbar a quien no le cae bien o para impedir nombramientos, hacer despedir periodistas y acosar a los medios independientes. Los sectores que fueron indispensables para ejercer un control ciudadano al gobierno de Petro están recibiendo sus zarpazos, y esto, que ya no es teatro sino una deriva intervencionista, también resulta familiar. Es el guion de la ultraderecha contemporánea, que en lugar de remediar los males del populismo los replica, atacando a las instituciones que fiscalizan el poder.

 

 

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